Vivir con lo que nadie ve


Carmen Prieto.

Mayo/26.

 

 

Hay heridas que no sangran hacia fuera. Se quedan dentro, en un lugar donde nadie mira, donde el lenguaje no llega. No porque no existan palabras, sino porque ninguna parece suficiente. Nombrarlo lo haría real de una forma insoportable.

Callarlo lo mantiene difuso, pero constante, como un eco que nunca termina de apagarse. No siempre es el recuerdo lo que duele, a veces es todo lo que viene después. La forma en que el cuerpo deja de sentirse propio. La sospecha permanente de uno mismo. La sensación de haber sido invadido en un territorio que no tenía nombre hasta que fue atravesado. Y entonces, de pronto, todo cambia. El mundo sigue igual, pero ya no se habita de la misma manera. Hay una ruptura invisible. Nadie la ve desde fuera. No hay marcas que puedan enseñarse, no hay pruebas que se sostengan en la piel el tiempo suficiente como para convencer a otros. Pero dentro, algo se ha desplazado para siempre.

Algo que no vuelve a su sitio. Y sin embargo, el silencio no es solo miedo, es también una forma de supervivencia.

Denunciar no es posible.

No siempre es seguro. No siempre es comprensible siquiera para quien lo ha vivido. Porque antes de enfrentarse al mundo, hay que enfrentarse a una pregunta más difícil. ¿Qué ha pasado realmente conmigo? ¿Cómo se denomina a algo que todavía no se entiende del todo?

El dolor no es lineal. No aparece cuando debería ni desaparece cuando se espera. Se filtra en gestos cotidianos, en momentos aparentemente neutros, en detalles que nadie más percibe. Una mirada, un tono de voz, un espacio cerrado, y de repente, el cuerpo recuerda lo que la mente intenta mantener a distancia.

Hay días en los que parece que todo ha pasado, y otros en los que todo vuelve, intacto.

Lo más duro no es solo lo ocurrido, sino la soledad que lo rodea. La sensación de que el mundo exige claridad, pruebas, coherencia, cuando lo que hay dentro es fragmento, confusión, contradicción. Como si el dolor tuviera que organizarse para ser válido.

Pero el dolor no entiende de estructuras. Existe, sin más.

Y en ese existir hay una forma de resistencia que no se ve. Seguir adelante no siempre es un acto heroico. A veces es simplemente no detenerse del todo. Encontrar pequeños espacios donde respirar sin que el pasado lo invada todo. Eso también es sobrevivir.

Tal vez algún día llegue el momento de hablar. O tal vez no. Y eso no hace la herida menos real, ni menos legítima, porque hay historias que no se cuentan en voz alta, pero que siguen siendo verdad. Y vivir con esa verdad, ya es en sí mismo, un acto profundamente humano.


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