Victoria Silenciosa


Carmen Prieto.

Julio/26.

 

Es inevitable compararme y frustrarme.

Siempre empiezo desde atrás.

La menos preparada físicamente.

Y no será por las veces que lo he intentado.

Hay quien llega al gimnasio con la sensación de estar dando un paso más en su evolución; yo, en cambio, muchas veces siento que vuelvo a empezar desde el mismo lugar. Como si el punto de partida nunca terminara de moverse. Es una sensación difícil de explicar a quien nunca ha tenido que hacer las paces con un cuerpo que, en demasiadas ocasiones, ha decidido imponer sus propios límites.

He entrado por la puerta de un gimnasio más veces de las que puedo recordar. También he tenido que salir de él antes de lo que habría querido. No por falta de disciplina, ni por desinterés, ni porque la motivación se hubiera agotado. La vida, la enfermedad y el propio cuerpo han ido marcando pausas que jamás elegí.

Durante mucho tiempo interpreté esas interrupciones como derrotas. Pensaba que abandonar significaba fracasar. Con los años he comprendido que hay abandonos que no son una elección, sino una necesidad. Y aceptar esa diferencia también forma parte del aprendizaje.

Las veces que me he apuntado a un gimnasio nunca han tenido como único propósito perder peso. Esa es la explicación más sencilla, la que suele entender todo el mundo, pero nunca ha sido la verdadera. Cada persona cruza esa puerta por una razón distinta. Algunos buscan salud, otras, estética; otros, desconectar del trabajo o superar una ruptura.

Yo siempre he buscado algo mucho más difícil de medir: encontrar un lugar donde reconstruirme.

Quizá sea de las pocas personas que entra en un gimnasio intentando no mirarse demasiado en un espejo. No porque me avergüence de mi reflejo, sino porque durante demasiado tiempo confundí mi valor con mi apariencia. Hoy sé que un espejo solo devuelve una imagen, nunca una historia. No refleja las cicatrices invisibles, las noches difíciles, los miedos que uno ha vencido ni las veces que ha tenido que empezar de nuevo. Por eso intento mirar menos el cristal y escuchar más a mi cuerpo.

Entrenar, para mí, no consiste en transformar mi apariencia. Consiste en demostrarme que el cuerpo todavía es capaz de sostener aquello que la mente decide. Hay una diferencia enorme entre querer cambiar por rechazo y querer mejorar por amor propio. Durante años confundí ambos caminos. Hoy solo quiero recuperar aquello que la vida, la enfermedad y el tiempo me fueron arrebatando poco a poco: la confianza en que mi cuerpo todavía puede responder, todavía puede adaptarse y todavía puede sorprenderme.

Es cierto que compararse resulta casi inevitable. Basta con levantar la vista para encontrar a alguien que corre más rápido, levanta más peso o ejecuta los ejercicios con una facilidad que parece inalcanzable. En esos momentos la frustración aparece sin pedir permiso. Uno se pregunta por qué todo parece costar el doble, por qué hay personas que progresan mientras uno siente que simplemente intenta mantenerse en pie.

Sin embargo, con el paso del tiempo también he comprendido que las comparaciones casi siempre son injustas. Porque solo vemos el resultado de los demás, nunca el camino que los ha llevado hasta allí. Y, al mismo tiempo, ellos tampoco conocen el nuestro. Cada cuerpo es el resumen de una historia diferente. Algunos llegan con años de deporte; otros llegan después de haber sobrevivido a enfermedades, operaciones, pérdidas o batallas silenciosas que nadie puede ver. Comparar dos cuerpos sin conocer su historia es como juzgar dos libros leyendo únicamente la portada.

El verdadero ejercicio tampoco está siempre en las máquinas. A veces ocurre mucho antes de entrar. Empieza cuando decides levantarte del sofá sabiendo que el cuerpo pesa más de lo habitual. Continúa cuando atraviesas la puerta del gimnasio mientras una voz interior insiste en que no vas a poder. Sigue cuando aceptas hacer menos repeticiones que la persona de al lado sin sentirte menos valiosa por ello. Y termina cuando vuelves a casa sabiendo que ese día no has vencido a nadie más que a tus propios miedos.

Hay personas que entrenan para ser más fuertes. Otras entrenan para ser más rápidas, más resistentes o más atléticas. Yo entreno, sencillamente, para no rendirme. Porque he descubierto que la fuerza más importante no siempre se desarrolla en los músculos. Existe otra fuerza, mucho más silenciosa, que aparece cada vez que uno decide volver después de haber tenido que detenerse. Esa fuerza no se mide en kilos, ni en kilómetros, ni en series completadas. Se mide en la capacidad de seguir creyendo en uno mismo cuando las circunstancias invitan precisamente a lo contrario.

Quizá el mayor músculo que he fortalecido nunca haya sido el del cuerpo, sino el de la esperanza. Ese músculo invisible que nadie puede fotografiar y que, sin embargo, sostiene todo lo demás. Es el que me obliga a regresar incluso cuando la experiencia me recuerda que quizá vuelva a tener que parar. Es el que me susurra que empezar otra vez nunca es perder el tiempo. Porque cada intento deja una huella, aunque el resultado no siempre sea el que uno esperaba.

Hoy ya no sueño con ser la persona más fuerte del gimnasio. Tampoco la más rápida ni la que más peso levanta. Aspiro a algo mucho más humilde y, al mismo tiempo, mucho más difícil: seguir regresando. Seguir creyendo que mi cuerpo merece otra oportunidad. Seguir tratándolo con respeto incluso cuando me decepciona. Seguir entendiendo que el verdadero éxito no consiste en llegar antes que nadie, sino en negarse a abandonar el camino.

Porque, al final, la mayor victoria nunca ha sido transformar mi cuerpo. La mayor victoria ha sido impedir que las derrotas transformaran mi manera de mirarme a mí misma


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