Cuando el tumbao me encontró.
Junio/26.
Luis Poyatos.
Hablar de salsa no es hablar de un género musical cualquiera; para mí, hablar de la música afrocubana es hablar del pulso de mi corazón, del idioma que aprendí a tocar con las manos y a sentir con el alma.
Si cierro los ojos, todavía puedo sentir el frío marfil de las teclas bajo mis dedos antes de que empiece el fuego. El piano ha sido mi confidente, mi espada y mi voz. Cuando me sentaba frente a él no buscaba únicamente ejecutar notas; buscaba provocar. La música afrocubana exige precisamente eso: respeto absoluto por la tradición y una saludable dosis de atrevimiento para evitar que la rutina se apodere de ella.
A lo largo de casi cuatro décadas tuve el privilegio de dirigir una banda donde, paradójicamente, el último de la fila era yo. Lo digo con toda sinceridad. Mi única obsesión era aprender aquella música que descubrí junto a Carlos Cano y que, por esas extrañas vueltas de la vida, terminó llegando a Granada sin necesidad de que yo tuviera que cruzar el Atlántico. Eso sí, llegó acompañada de una exigencia enorme. Cada arreglo que transcribía, cada montuno que descifraba y cada tumbao que intentaba comprender parecían recordarme que aún estaba en primero de afrocubanismo.
Por entonces compaginaba esta pasión con mi trabajo en La Guardia, grupo de pop-rock, donde las guitarras tenían un papel protagonista. Sin embargo, fue en la música afrocubana donde descubrí el auténtico significado de “las blancas y las negras”. Nunca unas teclas habían tenido tanto que decir.
Mucha gente piensa que la salsa es simplemente música para bailar, pero quienes la hemos vivido desde dentro sabemos que es una arquitectura sonora de extraordinaria precisión. Es una herencia africana transformada en lenguaje universal, una tradición que viajó por el Caribe y terminó conquistando las calles de Nueva York.
"La salsa es el lenguaje de la calle hecho poesía, y la clave es el eje sobre el cual gira el mundo entero."
Durante años escuché comentarios pintorescos sobre este género. Un conocido periodista me dijo una vez que la salsa era música “para mojar”. Años después terminó convertido en ferviente admirador de aquellos músicos veteranos del Buena Vista Social Club a quienes antes miraba con cierta distancia. Así son las cosas: la música tiene la mala costumbre de acabar convenciendo incluso a los escépticos.
Reconozco que el concepto de la clave fue una de mis mayores dificultades. Venía de una formación autodidacta y del universo pop-rock, donde los acentos y las subdivisiones se entienden de otra manera. Tardé en comprender que la corchea latina tiene una forma de caminar distinta. Los músicos de jazz hablan del swing; en la música afrocubana ocurre algo parecido, aunque con reglas propias y ancestrales.
No pretendo resumir aquí toda una vida de estudio sobre la clave. Baste decir que esos cinco golpes aparentemente sencillos han conseguido desvelar a generaciones enteras de músicos. Algunos incluso seguimos negociando con ellos de vez en cuando.
Y luego está el tumbao. Si la clave es la ley, el tumbao es la calle. Es el corazón, el esqueleto y la columna vertebral del son, la salsa, el mambo y el latín jazz. Lo producen las congas, el bajo y el piano mediante patrones sincopados que convierten una estructura rítmica en algo casi físico. No se escucha solamente: se siente.
Fuera de la música, en el Caribe, tener tumbao significa tener gracia, estilo, una forma especial de caminar por la vida. En realidad, la definición musical no está tan lejos de la cotidiana. Ambas hablan de movimiento. No por casualidad Miles Davis comentó en una ocasión que los niños africanos parecían caminar en compás de 6/8.
Guardo recuerdos imborrables de los músicos cubanos y caribeños con los que he compartido escenario y aprendizaje. Poseen una riqueza musical extraordinaria y, afortunadamente, son plenamente conscientes de ella. Por un lado está la tradición popular, nacida en los solares donde la música se comparte y se transmite de forma natural; por otro, una sólida formación académica heredada en gran medida de los modelos pedagógicos implantados durante décadas en sus conservatorios.
El resultado es fascinante: músicos de altísimo nivel que parecen surgir de la isla con una naturalidad desconcertante. Cuando uno se encuentra con ellos suele tener dos opciones: aprender o volver a la escuela. Yo elegí ambas.
Hay cantidad de tremendos pianistas en este género pero si nos centramos en aquellos que han sabido crear tumbaos y que han sido memorables diría que Papo Lucca , Eddie Palmieri, Rubén González, Chucho Valdés, Frank Emilio. Pero si hablamos de piano afrocubano en sentido amplio, donde entran jazz, composición, improvisación y técnica, diría Chucho Valdés, Emiliano Salvador, Gonzalo Rubalcaba, Eddie Palmieri, Michael Camilo.
Por experiencia propia, al final el mejor tumbao no siempre es el más difícil. A veces cuatro notas colocadas en su sitio, respetando la clave y dejando respirar al cantante, valen más que cien fusas por segundo. Como decía un viejo músico cubano: "si el bailador no mueve los pies, el pianista está estudiando demasiado y escuchando demasiado poco”.
Lágrimas negras.
Nací moreno.
Ran Kan Kan
Hoy miro hacia atrás con un orgullo humilde. Me alegra haber aportado mi pequeño grano de arena: algunos arreglos, muchas noches de desvelo, incontables transcripciones y la búsqueda constante de ese acorde o ese montuno capaz de emocionar al público.
Llegué muy tarde a la música afrocubana pero me lo ha dado todo: amigos, viajes, escenarios y una identidad musical que después he podido trasladar a otros territorios, especialmente al latin jazz, género que he tenido la fortuna de desarrollar durante más de treinta años junto a CuBop y su Latin Music.
Amanecer Guajira.
El Vuelo de Ícaro.
A todos los que siguen manteniendo viva esta tradición —a quienes afinan los cueros, pulen los metales o simplemente cierran los ojos y se dejan llevar por el ritmo— solo puedo decirles una cosa: Que nunca muera el son, porque ahí sigue latiendo la vida y a seguir estudiando.
Con el sabor de siempre.
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