Trump y el Mercado


Specula.

Julio/26.

 

La paz baja el petróleo, la guerra lo vuelve a subir. Petróleo y guerra vuelcos en el contexto internacional ante cada giro entre Washington y Teherán

Con Trump, la paz tiene precio y la guerra también. Cuando anuncia que se acerca un acuerdo con Irán, el petróleo respira y baja. Cuando se rompe la tregua, siempre por los mismos, y se  amenaza con nuevos ataques o se dan por muertas las negociaciones de manera interesada, el barril vuelve a dispararse. Entre una declaración y la siguiente, el mercado mundial de la energía se convierte en una especie de marcador electrónico de la política exterior de la Casa Blanca.

Así aparece la gran paradoja: cuanto más imprevisible es Trump, mayor es su capacidad para mover el mercado.

No parece difícil atribuirle una estrategia deliberada de manipulación de precios para entender que el mecanismo puede resultarle extraordinariamente útil. Trump habla de paz y puede presentarse como el presidente capaz de detener una guerra. El petróleo baja y puede atribuirse, además, el mérito de contener la inflación. Después endurece el discurso, amenaza con reanudar los ataques y vuelve a aparecer como el líder dispuesto a enfrentarse a Teherán sin titubeos, entonces el petróleo sube y aquellos que compraron barato, se benefician de manera extraordinaria.

Pacificador por la mañana. Hombre fuerte por la tarde. Recogiendo beneficios por la noche.

Los dos personajes cotizan y él y su equipo acumulan capital y poder.

El ejemplo más reciente es revelador. A comienzos de agosto, Trump volvió a aplazar nuevos ataques contra Irán ante la posibilidad de alcanzar un acuerdo sobre el estrecho de Ormuz. El petróleo reaccionó a la baja mientras los mercados comenzaban a descontar una normalización del suministro. Pero unas semanas antes había ocurrido exactamente lo contrario. El 8 de julio, después de que Trump declarara muerto el acuerdo de alto el fuego, el petróleo se disparó ante el temor de nuevas interrupciones en el tráfico del estrecho de Ormuz.

Es difícil encontrar una demostración más gráfica del poder que puede tener una palabra presidencial sobre el precio de una materia prima. Y aquí está la cuestión verdaderamente llamativa: ¿a quién beneficia esta montaña rusa interesada?

A Trump, por supuesto en lo económico desde luego, y él que no suele acertar piensa que también puede beneficiarle políticamente.

Si habla de paz, puede presentarse como el presidente que consigue detener una guerra. Si el petróleo baja, puede venderlo como una victoria económica. Si torpedea las negociaciones y estas fracasan, puede volver al lenguaje de la fuerza, señalar a Irán como culpable y presentarse ante su electorado como el dirigente que no cede ante nadie.

Es un juego de posiciones extraordinariamente eficaz: Trump puede ocupar simultáneamente el papel de pacificador y el de hombre fuerte y hacer caja con todo.

El petróleo es particularmente sensible porque cualquier esperanza de reapertura estable del estrecho de Ormuz reduce la prima de riesgo. Cualquier amenaza de cierre, ataque o bloqueo vuelve a introducir el fantasma de una crisis energética mundial.

Trump no necesita controlar el mercado. Le basta con convertirse en el acontecimiento que el mercado está esperando.

Una frase suya puede hacer caer el petróleo. Otra puede hacerlo subir. Una promesa de paz puede aliviar las expectativas de inflación. Una amenaza militar puede devolver inmediatamente la prima de riesgo.

Y mientras Washington y Teherán hablan de guerra y de paz, los mercados escuchan cada palabra.

Quizá la verdadera peculiaridad del trumpismo no sea haber descubierto que la guerra mueve los mercados. Eso ya lo sabíamos. Lo nuevo es haber convertido la incertidumbre sobre la guerra en una herramienta política permanente. Hoy paz. Mañana amenaza. Después negociación. Y entre cada giro, el petróleo sube o baja.

Nunca la geopolítica se había parecido tanto una negociación en tiempo real con el precio del barril.


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