Tom Jones: la voz que sigue rugiendo
Luis Poyatos.
Agosto/26.
A la memoria de mi querido amigo Pecos Beck, compañero de conversaciones, de música y de vida.
Llevaba años diciéndome que tenía que ir a verlo. No quería que la parca se me adelantara y me dejara con la amarga sensación de no haber escuchado en directo una de las grandes voces de la música popular. Por fin, este verano, cumplí ese viejo deseo.
Pero esta no es solo la crónica de un concierto. Es, sobre todo, una remembranza. Un homenaje a esas voces que han acompañado mi vida desde la juventud y que han moldeado mi forma de entender la música, al margen de los grandes cantantes de jazz.
Si tuviera que elegir un podio de voces, junto a Tom Jones colocaría a Joe Cocker y a David Clayton-Thomas. Y, junto a ellos, aunque nunca alcanzara la fama internacional, siempre estaría mi querido compañero de viaje, Pecos Beck. Cuántas horas pasamos hablando de estos tres gigantes de la canción, analizando sus registros, sus matices y su fuerza interpretativa. También compartíamos nuestra admiración por «los Luises», Armstrong y Prima, dos artistas irrepetibles que, como los anteriores, formaban parte de ese universo musical que tanto nos apasionaba.
Todos ellos, junto a las grandes figuras del blues, fueron una fuente de inspiración para Pecos. Ahora, cuando se cumplen dos años de su partida, quiero dedicarle estas líneas. Porque, de alguna manera, este concierto también lo viví con él.
Cuando supe que Tom Jones regresaba a España para actuar únicamente en A Coruña, Madrid y Málaga, no tuve la menor duda. Había que ir. Las oportunidades no son eternas y la vida se encarga de recordárnoslo con demasiada frecuencia.
“Hitchcock Railway” es un tema publicado originalmente por José Feliciano en 1968, que popularizó después Joe Cocker, en una versión que es la más conocida .
“With a Little Help from My Friends” es una de las canciones más apreciadas de The Beatles, escrita por John Lennon y Paul McCartney es una de las canciones más versionadas de la historia, y Joe Cocker la borda.
“You’ve Made Me So Very Happy” es una canción interpretada por Blood, Sweat & Tears, que pasó de ser un lamento soul a convertirse en un estallido de brass‑rock.
Joe Cocker nos dejó en 2014, con apenas setenta años. Pecos se marchó en 2024. Y este pasado mes de junio recibimos otra triste noticia: fallecía David Clayton-Thomas, la voz inconfundible de Blood, Sweat & Tears, aquella mítica formación de jazz-rock cuya impresionante sección de metales revolucionó la música a finales de los años sesenta.
Los tres habían nacido en Inglaterra, aunque Clayton-Thomas desarrolló su carrera en Canadá. David Henry Thomsett —su verdadero nombre— vino al mundo el 13 de septiembre de 1941. Su padre, militar canadiense destinado en Londres durante la Segunda Guerra Mundial, regresó después con la familia a Toronto. Su juventud estuvo muy lejos de ser fácil. Reformatorios, pequeños delitos y estancias en prisión marcaron unos años difíciles. Sin embargo, encontró en la música una salida. Se curtió en pequeños clubes nocturnos, empapándose del blues de maestros como Brownie McGhee y Sonny Terry, hasta construir una personalidad vocal absolutamente inconfundible.
Cuando sustituyó a Al Kooper al frente de Blood, Sweat & Tears, la banda ya gozaba de prestigio. Pero fue con Clayton-Thomas cuando alcanzó su mayor dimensión artística y comercial. Llegaron los premios Grammy, entre ellos el de Mejor Interpretación Vocal Masculina, y canciones que hoy forman parte de la historia de la música.
Entre ellas destaca Spinning Wheel, escrita por él mismo y convertida en uno de los grandes éxitos de 1969, al alcanzar el número dos de la lista Billboard Hot 100.
Siempre recordaré también una curiosa anécdota. En el Festival Internacional de la Canción de Río de Janeiro de 1972 empató con nuestro Nino Bravo. Sin embargo, el premio terminó en manos de Clayton-Thomas después de que el presidente del jurado, estadounidense, incumpliera la norma que impedía votar al representante de su propio país. Una decisión que todavía hoy sigue siendo recordada.
“Spinning Wheel” es uno de los grandes himnos del brass‑rock de finales de los 60 y una de las canciones que mejor representan el estilo expansivo, teatral y sofisticado de Blood, Sweat & Tears.
La canción fue escrita por Clayton‑Thomas como una reflexión irónica sobre la obsesión de la época por la iluminación espiritua.
David Clayton-Thomas nos dejó el pasado mes de junio, a los ochenta y cuatro años. Descanse en paz.
Con Joe, David y Pecos ya convertidos en recuerdo, no quedaba otra que acudir a la llamada de Tom Jones.
FOTO 4 / AUDIO 5 y AUDIO 6
Y qué acierto.
El concierto tuvo lugar en el Málaga Forum, dentro del Moonlight Málaga Festival. Un recinto magnífico, con capacidad para diez mil personas, cuatro mil de ellas sentadas, y una acústica sencillamente espectacular.
La puntualidad fue tan británica como cabía esperar.
Tom apareció lentamente sobre el escenario. Sin prisas. Caminando con esa seguridad que solo proporcionan más de seis décadas de oficio. Antes incluso de cantar una sola nota, transmitía serenidad. Bastaba una sonrisa para entender que seguía disfrutando exactamente igual que el primer día.
La primera canción fue toda una declaración de intenciones. Acompañado únicamente por el pianista Paddy Milner, interpretó I'm Growing Old.
Una letra emocionante que habla, sin artificios, del paso del tiempo, de la vejez, de la memoria y de la aceptación. Mientras la escuchaba, no podía evitar pensar en los amigos que ya no estaban y en todas aquellas voces que habían puesto banda sonora a mi vida.
Y entonces ocurrió lo extraordinario. Terminó aquella confesión íntima y la voz rugió limpia, potente, afinada y con una fuerza impropia de un hombre de ochenta y seis años. Por algo lo llaman el Tigre de Gales.
No hubo un solo falsete. No apareció una sola duda. El dominio del fraseo, de las dinámicas y de los cambios de tesitura resultaba admirable. Era imposible no recordar por qué compartió durante tantos años el trono de Las Vegas con su amigo Elvis Presley. Después llegaron los clásicos.
Sex Bomb levantó literalmente al público, aunque con una sorpresa deliciosa. La canción abandonó su carácter eminentemente bailable para convertirse en un contundente blues-boogie que sonó espectacular. Gran parte del mérito correspondía a la dirección musical del batería Gary Wallis, responsable de una banda compacta, elegante y tremendamente eficaz.
Hubo rock, hubo blues, hubo funk, hubo sonidos latinos. Y, sobre todo, hubo buen gusto.
Sir Tom posee esa rara cualidad reservada únicamente a los grandes artistas: hacer que cualquier estilo parezca sencillo cuando detrás existe toda una vida de oficio. No faltaron Delilah, interpretada con un acordeón que evocaba los corridos mexicanos; It's Not Unusual, compuesta por Les Reed; ni la inolvidable What's New Pussycat?, firmada por el genial Burt Bacharach.
Si Tom Jones es la voz que sigue rugiendo, detrás hay una banda de extraordinario nivel. La dirección musical de Gary Wallis consiguió un sonido compacto, elegante y lleno de matices. Los guitarristas Matt White y Scott McKeon ofrecieron una auténtica exhibición de calidad, especialmente en If I Only Knew y en la poderosa versión de Kiss, de Prince. Dos estilos diferentes, pero perfectamente complementarios.
Y sosteniendo todo ese entramado sonoro apareció la figura imprescindible del bajista Dave Bronze, auténtica columna vertebral del grupo. Sin estridencias ni protagonismos innecesarios, su solidez permitió que toda la maquinaria funcionara con una precisión admirable, demostrando la experiencia de un músico que ha acompañado a algunas de las grandes figuras del rock británico, como Procol Harum, Eric Clapton o Paul Carrack.
Estamos hablando de un artista de ochenta y seis años que, durante el concierto, dejó caer una frase que arrancó la sonrisa del público. Confesó que le gustaría seguir los pasos de su amigo Willie Nelson y continuar cantando con más de noventa años. Ojalá lo consiga. Su esposa, antes de fallecer, solo le pidió una cosa: que nunca dejara de cantar. Y parece dispuesto a cumplir aquella promesa.
Cuando terminó el concierto comprendí que no había asistido únicamente a una actuación musical. Había presenciado una lección de profesionalidad, de pasión y de respeto por un oficio que exige entrega absoluta. También comprendí otra cosa: con los años, uno ya no acude a los conciertos solo para escuchar canciones. Va para dar las gracias. Las gracias a quienes, sin saberlo, han acompañado nuestra vida con sus voces.
Mientras abandonaba el Málaga Forum pensé que había saldado una vieja deuda conmigo mismo. Había escuchado, por fin, a una de las voces que marcaron mi juventud. Pero, sobre todo, tuve la sensación de no haber estado solo durante todo el concierto.
FOTO 5 / AUDIO 7 y AUDIO 8
A mi lado, aunque invisible para todos, seguía sentado mi querido Pecos Beck, disfrutando de cada nota, de cada solo y de cada rugido del Tigre de Gales.
Hay personas que nunca terminan de irse. Permanecen donde fueron felices. Y, para nosotros, ese lugar siempre será la música. Porque los seres humanos terminan marchándose, pero las grandes voces no conocen la muerte. Permanecen en los discos, en la memoria y en el corazón de quienes un día hicieron de ellas la banda sonora de su vida.
Larga vida a todas ellas. Porque, mientras las sigamos escuchando, seguirán estando vivas.