La Tomatina: salsa de Buñol 


Marta Hoyos.

Agosto/26.

 

Viajeros de medio mundo llegan a Buñol para participar en la “mayor batalla de comida del planeta”, como la describen los medios internacionales.

 

El último miércoles de agosto, Buñol se transforma en el epicentro turístico de la Comunidad Valenciana, un escenario dispuesto para mancharse la camisa de tomate. No es metáfora: es la Tomatina, una fiesta popular que comenzó a raíz de un arrebato juvenil en 1945 y ha terminado convertida en un fenómeno global, declarado Fiesta de Interés Turístico Internacional en 2002 .

La historia es conocida, pero vamos a recordarla porque, como ocurre con las buenas tradiciones, siempre se cuenta con un matiz distinto. En 1945, durante el desfile de gigantes y cabezudos, unos jóvenes intentaron colarse en la comitiva. El ímpetu provocó la caída de uno de los participantes, que respondió con furia. El azar quiso que allí mismo hubiera un puesto de verduras. El resto es casi coreografía: tomates al aire, gritos, confusión y la intervención de la policía para frenar una locura iniciada en un ataque de ira que derivó en ataque de risas y diversión.

Al año siguiente, los jóvenes volvieron —esta vez traían los tomates de casa— y así nació una tradición que sobrevivió incluso a la prohibición de los años cincuenta. La fiesta fue vetada por el régimen franquista debido a su falta de carácter religioso, pero Buñol respondió con creatividad: en 1957 organizó el célebre “entierro del tomate”, un cortejo fúnebre con ataúd y marcha solemne que obligó a las autoridades franquistas a devolver la celebración al calendario popular.

Con el tiempo, la fiesta dejó de ser un "secreto" local. En los años setenta y ochenta, reportajes televisivos y crónicas periodísticas la proyectaron al resto de España, convirtiendo a la Tomatina en un aliciente turístico y cultural de primer nivel en el que participan anualmente más de 20.000 personas, límite establecido en  2013 con un sistema de entradas para evitar que la población —unos 9.000 habitantes— quedara desbordada .

Pero más allá de la postal turística, la Tomatina es también un ejemplo de cómo una comunidad puede transformar un gesto espontáneo en un ritual con reglas precisas. La batalla dura exactamente una hora, de 12:00 a 13:00, marcada por dos carcazas que señalan el inicio y el final del combate. Los tomates —unos 120.000 kilos, variedad pera— se cultivan expresamente para el evento: demasiado ácidos para el consumo, pero perfectos para ser lanzados sin causar daño.

Antes del estallido rojo, Buñol celebra otro rito: el palo jabón, un poste engrasado del que cuelga un jamón. Quien consiga trepar y alcanzarlo se lo lleva. Es el prólogo perfecto para una fiesta que combina humor físico, resistencia y un punto de absurdo mediterráneo.


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