El Silencio, la especie en peligro de nuestro tiempo.
Carmen Prieto.
Junio/26.
Resulta curioso que en una época capaz de enviar información a cualquier rincón del planeta en cuestión de segundos tenga tanto miedo de quedarse a solas consigo misma. Como si el silencio hubiera dejado de ser un espacio para convertirse en una amenaza.
Hay extinciones que ocupan portadas y otras que ocurren sin que apenas las notemos. Hablamos de bosques que desaparecen, de animales que dejan de existir y de glaciares que se derriten lentamente. Pero existe otra desaparición, más discreta y quizá más cercana: la del silencio. El mundo contemporáneo parece haber declarado una guerra silenciosa contra el vacío. Cada instante debe estar ocupado por algo. Una canción durante el trayecto al trabajo. Un vídeo mientras esperamos el autobús. Un mensaje que responder antes de que termine el semáforo. El ruido ya no es únicamente un fenómeno acústico; se ha convertido en una forma de vida.
Resulta curioso que en una época capaz de enviar información a cualquier rincón del planeta en cuestión de segundos tenga tanto miedo de quedarse a solas consigo misma. Como si el silencio hubiera dejado de ser un espacio para convertirse en una amenaza.
Los antiguos filósofos buscaban momentos de aislamiento para pensar. Los poetas paseaban sin auriculares. Los enamorados podían permanecer largos minutos sin hablar, convencidos de que la presencia era suficiente. Hoy, en cambio, parece existir la obligación de llenar cada hueco. El silencio incomoda porque nos enfrenta a aquello que intentamos evitar: nuestros pensamientos. Quizá por eso el silencio posee algo profundamente romántico. No porque sea bello en sí mismo, sino porque permite escuchar lo que normalmente queda oculto. En el silencio aparecen los recuerdos que creíamos olvidados. Surgen preguntas que la velocidad cotidiana consigue mantener dormidas. El silencio nos devuelve a nosotros mismos.
Las tecnologías actuales han logrado algo extraordinario: eliminar casi por completo la espera. Pero en ese proceso también han reducido los espacios donde la reflexión podía crecer. Antes existían trayectos vacíos, tardes aburridas y momentos de contemplación involuntaria. Hoy esos tiempos son colonizados inmediatamente por una pantalla.
La paradoja es que cuanto más conectados estamos con el exterior, más difícil parece escucharnos por dentro. Vivimos rodeados de voces, opiniones y contenidos, pero rara vez encontramos un lugar donde nuestra propia voz pueda hacerse audible.
No se trata de realizar el progreso ni de idealizar épocas pasadas. La tecnología ha ampliado nuestras posibilidades de conocimiento y comunicación de formas extraordinarias. Sin embargo, toda conquista tiene un precio. Y quizá uno de los costes menos visibles de nuestro tiempo sea la pérdida del silencio. El silencio no es ausencia. Es una presencia distinta. Es el espacio donde las ideas maduran, donde las emociones encuentran forma y donde la experiencia adquiere profundidad. Sin silencio, la vida corre el riesgo de convertirse en una sucesión interminable de estímulos que apenas dejan huella.
Tal vez dentro de algunos años el lujo más exclusivo no sea un objeto ni una tecnología avanzada. Tal vez dentro de algunos años el lujo más exclusivo no sea un objeto ni una tecnología avanzada. Tal vez sea algo mucho más sencillo: un lugar donde no suene nada.
Un instante donde nadie reclame nuestra atención. Un momento en el que podamos escuchar el viento, nuestros pasos o simplemente el ritmo de nuestros propios pensamientos.
Porque hay cosas que sólo existen cuando el ruido se aparta. Y entre ellas se encuentran algunas de las más importantes: la memoria, la imaginación, el amor y la conciencia de estar vivos.
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