Sermones doy...
Josemi Montalbán.
Agosto/26.
Hay un momento en el postureo político que resulta casi litúrgico: ese instante en el que un prócer patrio, con el ceño fruncido y la voz impostada, decide hablar de la <<productividad de los trabajadores. Es un sermón tan previsible como hipócrita -como todos los sermones- que casi nos sabemos de memoria, porque es siempre el mismo, con ligeras variaciones, dependiendo del político que nos dé la brasa con la letanía de nuestro absentismo: cada vez que la economía se tambalea, cada vez que un gobierno necesita justificar un recorte, cada vez que una reforma laboral amenaza con empeorar la vida de quienes realmente sostienen el país con su esfuerzo diario, aparece la palabra mágica que lo justifica: productividad.
La novedad de Alberto Núñez Feijóo en esta ocasión es que nos da el coñazo sin motivo, porque la economía va como un cohete, y el gobierno de la nación no tiene intención de recortarnos el salario, sino todo lo contrario. Y si nos sermonea con ello es porque ya nos está vendiendo el recorte salarial que su desgobierno nos va a encasquetar en cuanto cambie el colchón de Moncloa, como premio a nuestra irresponsabilidad a la hora de ejercer nuestro derecho al voto y elegirlo a él y a su banda de malhechores para gobernar un país con el criterio de Ali Babá. Productividad. En cambio, ninguno de los predicadores del liberalismo nos aburre con sermones sobre las miles de horas extraordinarias que los trabajadores se curran y los patronos no pagan, o los sacrificios familiares que el trabajador hace.
Pero lo más fascinante no es la palabra «productividad»; es la descomunal hipocresía con la que la utilizan los gurús de la política y la economía. Porque, cuando un político habla de productividad, rara vez se refiere a lo que él produce.
Créditos a quien corresponda.
Nunca, nadie, jamás, se ha preguntado por la productividad de los ministerios, de los parlamentos, de las eternas comisiones de lo que sea que no producen más que informes que nadie lee. Nunca nadie se ha cuestionado la productividad de los cargos duplicados, de los asesores que asesoran a otros asesores, de los organismos administrativos que existen para justificar la administración, de los organismo que dan paso a otros organismos. No: la productividad es un problema exclusivo de los trabajadores, como lo es la explotación laboral.
Cuando un político habla de absentismo o baja productividad, no está haciendo un análisis técnico. Está impartiendo un sermón moral. Está diciendo que los trabajadores no trabajan lo suficiente, que somos perezosos y no rendimos lo que deberíamos, que no nos esforzamos como exige la patria, repare usted que en estas homilías nunca hace referencia al interés del patrón, santo y abnegado que sufre la pereza y el absentismo del trabajados, no, siempre lo hace aludiendo al mercado o la competitividad global.
La retórica es siempre la misma: “Tenemos que mejorar la productividad”. Pero nunca se explica qué significa exactamente “mejorar”. ¿Trabajar más horas? ¿Cobrar menos? ¿Renunciar a derechos? ¿Aceptar la precariedad como condición natural? ¿No enfermar nunca?
Cuando el político habla de productividad, suele olvidar que la productividad no es tangible, solo un indicador económico que depende de factores que los trabajadores no controlan: inversión, tecnología, organización empresarial, formación, infraestructuras, innovación, estabilidad institucional... Pero es más fácil culpar al trabajador que a los político, al fin y al cabo ellos nunca nunca se recortan su salario.
Productividad. Y debe de ser cierto, cuando millones de trabajadores aplauden este discurso de los liberales.
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