Semos los mismos, solo que más viejos.
Josemi Montalbán.
Septiembre/26.
Mientras la ciudad dormía, mi estimado Pérez, el insomnio me llevaba a pensar en aquella España que pudo haber sido, pero no permitimos que fuera, dejándonos engañar, como siempre y por los de siempre.
Tras la muerte del asesino Francisco Franco, España trató de dar al mundo la imagen de ser un país que caminaba unido hacia un futuro en libertad, sanado de la sarna fascista, pero para que el mundo comprara la mentira, primero debíamos creérnosla los españoles, y nos la vendieron hábilmente con un letrero de chollo: Transición.
La imagen adjunta, tomada en Barcelona en 1978, es descripción exacta e impoluta de aquel periodo en el que a los españoles nos tomaron el pelo de muy mala manera, haciéndonos creer que el franquismo había ido a la basura y estaba en marcha una profunda y radical reforma política, en la que los pilares del régimen genocida estaban siendo dinamitados mediante voladuras controladas para no derruir la nación, e ir sustituyéndolos por bases sólidas que permitieran edificar en el solar patrio una España unida, en libertad y democracia, sustentada en maravillosos conceptos e ideales que se plasmaban en un texto constitucional al que en el futuro no le iba a prestar atención ni quienes lo redactaron, pero al que todo el mundo recurriría para justificar abusos y tropelías.
Todo fue mentira, Pérez, todo. La mal llamada Transición no derivó en una España unida, moderna y democrática, como nos aseguraron; jamás tuvieron intención de construir la nación que nos vendían. Toda aquella puesta en escena, todo aquel espectáculo taumatúrgico, todo aquel derroche de ilusionismo político solo sirvió para hacer un truco de prestidigitación sociológica que evitó que volviera a correr la sangre, pero el experimento, ideado para contentar a todo el mundo, no dejó a nadie contento, cambiando el régimen franquista por el régimen del heredero de Franco, con un jefe de Estado del que no se fiaban ni unos ni otros, y todos tenían razón.
En aquel reluciente y nuevo escenario de España, la vieja tramoya, los viejos retratos del sátrapa ya no servían, hacían feo; el genocida estaba muerto. Era el momento de que los palmeros más espabilados, de que el claquero y los directores de orquesta se adaptaran a los nuevos tiempos, arrojaran a la basura el viejo y rancio ropaje de pana y se vistieran con el traje de lana a medida europea que requería la función de magia democrática.
De este modo, mi querido Pérez, fue como los de siempre siguieron aferrados al poder, con otro jefe de Estado, con otra bandera, con otras caras en televisión, pero defendiendo los mismos intereses, con los mismos usos y distintos modos, pero tan gañanes como siempre.
Mientras mirábamos embobados cómo una paloma echaba a volar desde una chistera, alguien se cocinó el conejo que estaba oculto en el sombrero, dejándonos a los españoles, otra vez, sin almuerzo.
Se cambiaron algunas cosas para que no cambiara nada. Se dio una manita de pintura blanca democrática sobre las paredes grises de la dictadura fascista, se sustituyeron los lamparones imperiales por lámparas Art Déco que, además, en nuestra ancestral ingenuidad nos vendieron como el colmo de la modernidad.
Tampoco se lo curraron mucho más, Pérez, les bastó con cambiar el retrato de Franco por el de Juan Carlos I para que todo siguiera igual no en las formas pero sí en el fondo. Por eso, hoy seguimos siendo los mismos, solo que «semos» más viejos.
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