Rufián, el aglutinador.


El Comunero.

Marzo/26.

 

"La aritmética no es ideológica, pero tiene consecuencias políticas"

 

Una de las caras más conocidas del foro de completos desconocidos que es el Parlamento español, es la del republicano independentista Gabriel Rufián, un hombre sin pelos en la lengua que está más de actualidad que nunca debido a la reciente propuesta lanzada para articular un frente común que aglutine a todas las fuerzas de la izquierda en España, una idea que ha vuelto a poner sobre la mesa el viejo remedio del "Frente Popular" ante un contexto de fragmentación parlamentaria, con el auge de la extrema derecha y la polarización política que se ha instalado en la sociedad empujada por las fuerzas reaccionarias de la derecha. Lo que impulsa la idea de unidad en la izquierda, no es solo consigna ideológica, ni un gesto parlamentario, es, esencialmente, una necesidad política que pretende frenar el previsible acceso al poder de VOX, no solo una formación de extrema derecha sino la franquicia del trupismo en España.

Gabriel Rufián, figura destacada de Esquerra Republicana de Catalunya, formación independentista catalana, ha planteado la conveniencia, a nivel nacional, de superar la competencia electoral entre formaciones progresistas para construir una candidatura amplia, plural y coordinada, que aspire a mantener la agenda de transformación social emprendida por el actual gobierno de coalición progresista. No se trata de diluir identidades ni de borrar matices ideológicos, sino de comprender que, bajo el actual sistema electoral, la división penaliza más a quienes comparten espacio que a quienes lo disputan desde bloques claramente diferenciados.

El sistema electoral español, está sujeto al modelo de proporcionalidad corregido que se establece en la fórmula D’Hondt, y circunscripciones provinciales, lo que favorece a las fuerzas más votadas en cada territorio. Este diseño implica que cuando varias candidaturas del mismo signo concurren por separado, especialmente fuera de las grandes capitales, los votos pueden quedar repartidos entre otras formaciones y traducirse en una menor representación parlamentaria, una circunstancia que es bastante frecuente en las formaciones de izquierda, mientras que el bloque conservador, que, tradicionalmente es más compacto, suele beneficiarse de esa singularidad electoral.

La aritmética no es ideológica, pero tiene consecuencias políticas.

Rufián ha comprendido muy bien que la competencia entre partidos progresistas por un electorado generalmente responsable y de castigo, no solo divide el voto, sino que arruina el esfuerzo común, en lugar de confrontar contra las fuerza de derecha y extrema derecha, compitiendo por delimitar espacios en vez de ampliarlos. Y en ese proceso, el adversario ideológico sale beneficiado.                                                                (Foto: EFE)

Frente a ello, un frente común permitiría varias ventajas estratégicas. En primer lugar, maximizaría la representación parlamentaria del conjunto de la izquierda, evitando que el voto progresista pueda ir a engrosar la saca de escaños de algún candidato conservador. Otra importante consecuencia de esa unidad de izquierda, es la que se derivaría en una imagen de responsabilidad histórica ante un electorado que, en muchos casos, demanda cooperación y altura de miras, sin olvidarnos de la ventaja que supondría la elaboración de un programa compartido que priorice los puntos de convergencia progresista, del estado del bienestar y la defensa de lo público, ante las políticas más reaccionarias y de defensa de lo privado de la derecha y ultra derecha.

No se trata de ignorar las tensiones internas que existen entre sensibilidades territoriales, corrientes ideológicas o liderazgos diversos. La pluralidad es consustancial a la izquierda. Pero precisamente por ello, es necesario articular mecanismos de coordinación estable que puedan fortalecer esa diversidad, un rasgo que Rufián ha entendido y, en lugar de un factor de debilidad, pretende convertirlo en una de las bases del movimiento aglutinador de izquierda, porque la unidad no necesariamente ha de suponer uniformidad; puede perfectamente ser capacidad para actuar conjuntamente cuando el contexto lo exige.

La propuesta de Rufián, no debería leerse únicamente como un movimiento táctico, sino como una estratégica para rediseñar el espacio progresista, un movimiento de urgencia para salvar a una izquierda que aspira a seguir influyendo en la política española.

En España, por desgracia, hay pocos políticos con la capacidad de anteponer los intereses partidistas al interés del país, Gabriel Rufián parece ser uno de ellos, y su propuesta, si se perfila adecuadamente y llega a tomar forma, puede ser el revulsivo que España está necesitando para seguir siendo una de las naciones que más progresan en el mundo.


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