La mujer como arma de guerra


Abril/26.

Jaime Tenorio.

 

En todas las guerras la mujer suele ser víctima de los contendientes, y en no pocas ocasiones trofeo para los vencedores. La guerra Civil española no fue en absoluto ajena a esa repugnante regla.

 

Aunque durante la contienda fratricida que ensangrentó España entre 1936 y 1939 ambos bandos se emplearon con crudeza, fue el de los autodenominados nacionales, el que se empeñó en el sadismo y la crueldad. La represión franquista durante aquel periodo de enfrentamiento bélico, pero también después de concluido el mismo, alcanzó cotas impensables para el pensamiento racional,  donde no solo se buscó eliminar al enemigo; también desplegó una violencia tan injustificada como cruel y muy específica contra las mujeres, una agresión concebida como frente emocional contra los combatientes republicanos durante el conflicto y más tarde como mecanismo de control social, que investigaciones recientes de historiadoras como Ángela Cenarro, o  Mary Nash han puesto sobre el paño del análisis histórico tras medio siglo de vergüenza y silencio, llegando incluso a permitir la elaboración de un mapa de abusos de género que durante décadas permaneció oculto bajo el silencio impuesto por la dictadura.

Siguiendo un patrón de violencia contra la mujer persiguiendo un fin político y desmoralizante para el enemigo, la violencia sexual, los castigos públicos como el rapado de cabeza, la ingesta forzada de aceite de ricino, la humillación callejera al obligar a las mujeres a caminar casi desnudas, o desnudas, y los fusilamientos formaron parte de un repertorio represivo que buscaba “purificar” a las mujeres asociadas al bando republicano. Aquellas salvajadas no fueron casos aislados, no se trató de hechos perpetrados por un loco, sino que eran prácticas sistemáticas, auspiciadas en muchos casos por los mandos fascistas, como el general Queipo de llano en Andalucía con sus célebres arengas radiofónicas en las que invitaba a sus tropas a violar a la s mujeres de las ciudades eran ocupadas por las tropas sublevadas.

Estudios de memoria histórica estiman que fueron entre 100.000 y 150.000 las mueres que sufrieron algún tipo de represión franquista durante la guerra y la posguerra, desde detenciones arbitrarias hasta violencia sexual o castigos públicos. Aunque las cifras exactas de violaciones son imposibles de determinar —por el silencio forzado, el estigma y la falta de registros—, los testimonios recogidos por asociaciones memorialistas y archivos provinciales muestran que fueron bastante más numerosas y mucho más frecuentes de lo que durante décadas se ha venido admitiendo.

Desde luego la violencia sexual fue utilizada como arma de guerra y como mensaje político. Los historiadores coinciden en que las violaciones se producían generalmente durante la entrada de tropas en pueblos y ciudades, que estas solían tener lugar en el domicilio de las propias mujeres y eran con frecuencia perpetradas en grupo, por patrullas falangistas, que utilizaban a madres, esposas, hijas, de los republicanos para saciar su sed de venganza contra el enemigo.

Aunque no existen estadísticas oficiales sobre aquellas violaciones en masa, investigaciones independientes permiten dimensionar el fenómeno. En provincias como Sevilla, Córdoba, Granada o Navarra, en las que los archivos orales recogen decenas de miles de casos documentados en la provincia lo que sugiere una cifra total en todo el país extraordinariamente elevada.

Uno de los castigos más extendidos fue el rapado de cabeza, acompañado en muchos casos de la ingesta forzada de aceite de ricino, que provocaba diarrea y debilitamiento en unas mujeres que eran obligadas a "desfilar" mientras las heces le recorrían las piernas, por las calles de sus ciudades entre insultos, risas y agresiones de sus vecinos, en un tipo de violencia que buscaba destruir su dignidad como personas al someterlas al escarnio público.

sabemos que en ciudades como Salamanca, Valladolid, Zaragoza o Málaga, los registros municipales y testimonios recogidos por investigadores describen miles de casos de humillación pública entre 1936 y 1939, en una practica habitual tras la toma de las ciudades por las fuerzas franquistas.

Aunque la represión fascista se centró mayoritariamente en hombres, miles de mujeres fueron fusiladas tras consejos de guerra sumarísimos y sin ninguna garantía. La cifra más citada por los historiadores ronda las 5.000 mujeres asesinadas tras estos "juicios" durante la guerra y la inmediata posguerra, pero son muchísimas más las que perecieron a manos de verdugos que, simplemente las hicieron "desaparecer" tras torturarlas, violarlas y "silenciarlas" para que se llevaran con ellas a la tumba, el secreto de la villanía de unos asesinos degenerados.


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