La religiosidad del franquismo


Alberto Granados.

Agosto/26.

Oíamos la campanilla del viático y salíamos a la puerta. Ante la petición de los familiares de que se le administrara la extremaunción (los llamados santóleos) a un moribundo, salía de la iglesia una comitiva que incluía un par de monaguillos, dos fieles con unos faroles y un cura revestido para el rito. Los monaguillos tocaban una campanilla y la gente salía de sus casas a ver pasar al Santísimo, santiguarse y pedir por la salud del enfermo o por su muerte dulce e indolora. Más adelante, tal vez tras el Concilio, el mismo rito pasaba desapercibido y solo era cosa del cura, sin hachones ni campanillazos. A veces lo veías pasar, muy concentrado, e intentabas saludarlo, pero te encontrabas con una mueca extraña, una absoluta falta de expresividad, y comprendías que le llevaba el santóleo y la comunión a un enfermo.

La parroquia desplegaba una serie de asociaciones en las que nuestros padres nos sugerían que nos inscribiéramos. Visto con la perspectiva de tantos años, me parece una paradoja que el asociacionismo estuviera prohibido y, por el contrario, perteneciéramos a tantas asociaciones. Yo estaba apuntado a los Niños Reparadores, que organizaban un par de parroquianas y tenía como finalidad reparar las ofensas de otros niños que, esos sí, eran unos pecadores de tomo y lomo. Menos mal que estábamos allí los reparadores, con nuestro aburrimiento a cuestas, hablando todos los domingos de los santos más infantiles del santoral, que eran, si no recuerdo mal, Santo Domingo Savio, modelo para los varones, y santa María Goretti, su equivalente para las chicas. No recuerdo qué azarosos tormentos sufrieron, pese a que nos los contaban todos los domingos.

Por aquella época, un cura católico norteamericano, el padre Peyton, había puesto en marcha una campaña para rezar el rosario en familia. Con el lema «La familia que reza unida permanece unida», había lanzado a los púlpitos de todo el mundo católico su visión de los beneficios de rezar el rosario por las tardes, todos reunidos. Y el nacionalcatolicismo hizo de correa de transmisión y llevó a las casas aquella tediosa devoción de rezar cincuenta avemarías, distribuidas en cinco misterios de diez oraciones cada uno, divididos en tres categorías: los misterios gozosos, dolorosos y gloriosos. Para mí, el mayor misterio era qué utilidad podía tener un rezo largo, monótono y automático en que cada orante estaba pensando en sus cosas, al margen de devociones o sentimientos religiosos.

Que con ocho, diez o doce años te sometan cada noche a semejante tortura es una aberración, tal como lo veo ahora. Nadie me preguntó si yo estaba de acuerdo. En esa época se nos imponían las obligaciones sin más diálogo ni más contemplaciones: incluso el seno cálido de la familia estaba impregnado de ribetes dictatoriales que nadie criticaba: se tragaba y a pasar página.

En mi casa, cuando estábamos a punto de cenar, mi padre sacaba el rosario y empezábamos a rezar. Mi madre terminando la cena, mi padre sentado también en la cocina tomándose una copa de vino y pasando las cuentas. Y mis hermanos y yo sentados en la mesa camilla, al lado, repitiendo el rito de cada noche y dándonos algún cogotazo disimuladamente. Era frecuente que nos pusieran una tarea mientras rezábamos aquella repetitiva monserga: limpiar las lentejas o garbanzos del día siguiente sobre un hule extendido en la mesa en el que aparecía el mapa de España. Yo separaba los pequeños chinorros o los gorgojos de las lentejas o los garbanzos y me entretenía siguiendo los ríos de la vertiente cantábrica si al extender aquel plástico era la parte del mapa que me había caído delante. Estaba claro que la geografía me gustaba mucho más que el rezo.

Con frecuencia, mi padre se distraía y se olvidaba de pasar las cuentas hasta que alguno de nosotros se lo advertía:

—Papá, que te has despistado y este misterio va a ser eterno. Llevamos lo menos diecisiete avemarías ya.

Y mi madre lo miraba con cierto aire de reconvención, porque aquella falta de recogimiento podía ser un mal ejemplo para los cinco hermanos.

Muy pocos años después, la televisión llegó a los hogares y se acabaron el padre Peyton, las familias que rezan unidas y el santo rosario y sus inexplicables misterios. Se cambió el dogma por el tubo catódico y las avemarías por el Teleprograma. Desde luego, el nuevo credo era mucho más divertido.


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