La verdadera prioridad nacional
Alberto Granados.
Julio/26.
Tal vez la verdadera prioridad histórica sea restituir, en la medida de lo posible, lo que les birlamos en nombre de la religión, de algún monarca o emperador durante más de trescientos años, que no fue poca cosa: si la riqueza esquilmada se hubiera mantenido en sus países de origen, probablemente seríamos los occidentales quienes soñaríamos con emigrar a los países de donde proceden nuestros migrantes.
Durante las últimas semanas y, coincidiendo con la extenuante visita papal, varias comunidades autónomas han culminado su proceso electoral de la forma más peligrosa e indigna, la menos igualitaria y social: pactando con Vox y abrazando, aparentemente sin el menor sonrojo, las tesis xenófobas de los cromañones de Torre-Pacheco: la llamada prioridad nacional, concepto este que encierra una realidad que puede convertirse en la desgracia de muchas familias, solo por la xenofobia que conlleva.
Hay que empezar por recordar el discurso que explotó el PP cuando Pedro Sánchez pactó con los separatistas de Junts o con los proetarras de Bildu (los énfasis son de los corifeos de Feijóo, no míos). El eterno candidato y las autorizadas voces de Tellado, Semper, Gamarra, Bendodo, etc. deslegitimaron el gobierno que Sánchez consiguió formar. Lo que no vieron venir estos desleales populares fue que las mayorías absolutas parecen haberse extinguido y que gobernar exige pactos más o menos asumibles. Desde luego, pactar con Vox y sus planteamientos neonazis me parece mucho peor que hacerlo con Sumar, PNV, Bildu y Junts, que al menos son demócratas.
Que Vox plantee su esquema de esa bazofia llamada «prioridad nacional» resulta vomitivo, pero entra dentro de su lógica. Que lo asuma el PP es mucho más difícil de tragar, pues es un partido que lleva décadas simulando creer en la democracia, pero, cuando vienen mal dadas, se quitan la máscara y caen en los tics más repugnantes del racismo. Ahora la prioridad nacional les parece un engendro asumible con tal de gobernar y maquillar su falta de vergüenza con el nuevo comodín: el arraigo.
Es posible que alguien me llame buenista, pero soy de los que creen antes en el ser humano que en los inventos de la geopolítica (nacionalidad, fronteras, pasaportes, visados, permisos de residencia, etc.). Para mí es mucho más importante el cúmulo de circunstancias que impulsan a alguien a dejar su terruño, sus costumbres, su gente y sus sueños y buscar un futuro en otro lugar y, ante esa realidad, la doctrina de Vox me parece una lamentable muestra de racismo, una execrable cadena de falacias extendidas sin ninguna justicia. He tenido ocasión de oír una conversación que enfatizaba lo de la delincuencia y los subsidios de los migrantes. He tenido a alguien muy cercano migrante en un país de nuestro entorno durante trece años, un país lleno de prestigio que le ha ofrecido a los migrantes las prestaciones sociales que corresponden a un país del s. XXI enclavado en la Unión Europea: sistema sanitario, paro, enseñanza, etc.
Pero es que hay otra realidad: los países de donde proceden nuestros migrantes han sido las víctimas de la voracidad colonial mientras fueron colonias de los países europeos. Eso quiere decir que sufrieron la rapiña de las metrópolis. Si, al descolonizar estos territorios, Occidente dejó detrás de sí pobreza, endeblez política, golpismo y una clase política corrupta y asesina, entiendo que los migrantes latinos y marroquíes tienen derecho a migrar a países que tienen buena parte de lo que fue suyo y se les robó.
Tal vez la verdadera prioridad histórica sea restituir, en la medida de lo posible, lo que les birlamos en nombre de la religión, de algún monarca o emperador durante más de trescientos años, que no fue poca cosa: si la riqueza esquilmada se hubiera mantenido en sus países de origen, probablemente seríamos los occidentales quienes soñaríamos con emigrar a los países de donde proceden nuestros migrantes.
Y, puestos a señalar prioridades reales (repito que la propuesta de Vox es solo una miserable falacia, una estupidez en la que, inexplicablemente, cree demasiada gente sin el menor sentido crítico), yo intentaría recuperar el espíritu plural de nuestra democracia, en la que durante varias décadas cabíamos todos, fueran cuales fueran las ideas, sin insultos, descalificaciones ni fango, como hay ahora. Con ello, términos como comunista o rojo dejarían de denotar algo inadmisible y peligroso para limitarse a describir dos líneas ideológicas. Con ello, Ayuso tal vez se callaría de una vez.
También me parece una verdadera prioridad nacional reformar la Justicia, porque el sesgo parcial que se aprecia es un verdadero escándalo: hay una asimetría en velocidades, órdenes de investigar, calendarios de actuaciones judiciales, etc., que indican que hay jueces que están al servicio de determinados partidos políticos; es decir, que son parciales, y por ello son los principales protagonistas del desmantelamiento de la Justicia, que ha dejado de serlo para convertirse en pasteleo y componenda. Oír a portavoces del sistema judicial quejarse de las críticas que han provocado ellos mismos es una burda mascarada: que recuperen la imparcialidad, arreglen la judicatura y la gente les devolverá el crédito.
Y otra prioridad nacional es poner en su sitio a una serie de falsos profetas que juegan a ser periodistas, expertos, técnicos y que solo son manipuladores de la opinión pública. Que no se hayan frenado las maniobras de gente e instituciones tales como Vito Quiles, Hazte Oír, Abogados Cristianos, Ndongo, etc., que se ahorque en efigie al presidente Sánchez y nadie haga nada indica el deterioro al que se está sometiendo nuestra democracia. Salvarla es una verdadera contingencia nacional. Lo de Vox es una estupidez.
Nuestra democracia, hecha unos zorros por quienes necesitan gobernar por encima de las urnas y de la aritmética parlamentaria, está cayendo en la trampa del desprestigio institucional. Si alguna vez el amasijo formado por PP y Vox llega al gobierno, se encontrará con unos cuerpos de seguridad que juegan a la policía patriótica, una justicia descaradamente escorada a la derecha, unos medios y unos comunicadores dispuestos a escribir más sobre lo que haga falta que sobre la realidad y unas redes sociales donde se vierten bulos que siempre encuentran eco en quienes deberían salvaguardar la honesta realidad. Incluso a ese engendro PP-Vox le resultará muy difícil gobernar un país que ellos mismos se han encargado de demoler durante los años en que han estado en la oposición, siguiendo esa desleal consigna de «el que pueda hacer que haga», que es en sí misma una indecente llamada al obstruccionismo, si no al golpismo, a la que ningún fiscal ha puesto límite.
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