De Prefesión Señorita
Alberto Granados.
Junio/26.
Hubo un tiempo en que a la mujer no se le había ocurrido aún pensar en labrarse un porvenir, mejor o peor, pero suyo, y surgió una clase social muy específica y hoy casi extinguida: la señorita. Se trataba de una mujer que empezaba a dejar de ser joven, de una familia que gozaba de prestigio social, sin demasiados recursos como para ser tentadora por su dote y que solo contaba con la perspectiva de esperar a su príncipe azul, que debería aparecer en un plazo aceptable, no se le fuera a pasar el arroz, lo cual supondría invalidarla como mujer y, casi, como persona. Un aspecto secundario era que ese príncipe fuera menos azul de lo deseado y saliera un adúltero, un maltratador, un vicioso o un canalla, que se dieron variados casos en que la esposa sufrió su particular calvario que solo podía contar a su madre y a sus amigas más directas.
Las señoritas fueron un arquetipo ampliamente representado en la literatura de diferentes épocas. Fueron las dueñas del Siglo de Oro, que se veían abocadas a atender a una damisela, acompañarla, orientarla y controlar que no se saliera del carril que su estatus social y familiar exigía. Quevedo o Góngora escribieron bastante literatura destinada a degradar al personaje. Por su parte, Jane Austen ofreció la versión inglesa de la chica que se ve desposeída de la posición social para la que ha estado preparándose toda la vida. Posiblemente su ejemplo más claro sea «Sense and sensibility» (Sentido y sensibilidad, 1811), novela en que, a la muerte del padre, las tres hermanas Dashwood se ven humilladas por su falta de recursos y tienen que vivir un tipo de vida muy por debajo de los sueños que han ido forjando desde su niñez. En «La tía Tula» (1921), Unamuno se ocupa de la señorita que a la muerte de su hermana se hace cargo del marido y los hijos de la fallecida. En una sociedad siempre cruel con los más débiles, la señorita fue siempre objeto de bromas crueles, de chistes procaces sobre sus necesidades, de comentarios degradantes. Arniches retrató esta situación en su «La señorita de Trevélez» (1916). El personaje se repite en una de las primeras canciones de Serrat «La tieta», en que la señorita no encuentra más sentido a su vida que ocuparse de los sobrinos.
En todos estos ejemplos literarios, la señorita, la solterona, aparece como la mujer frustrada, un poco histérica y que acusa una grave carencia. Incluso se ve sometida a la maledicencia, la sospecha de una naturaleza desviada o algo siempre pervertido y culpable, lo opuesto a los casos en que es el hombre el que no tiene pareja, que aparece con la aureola de vividor, disfrutón y astuto, que ha sido capaz de resistir las acometidas de su emotividad y organizar su vida sabiamente.
Si este fue el destino de la señorita hasta la primera mitad del s. XX, en la segunda mitad se produjo un enorme cambio, cuando las mujeres empezaron a estudiar carreras con la firme determinación de ejercer una profesión y obtener una seguridad personal, una independencia económica, una simple afirmación de sí mismas, sin tener que esperar a ese príncipe que, lo habían visto en su entorno, ni siempre era tan azul, ni siempre merecía la pena.
Y empezaron a llegar a la sociedad chicas jóvenes con su titulación académica bajo el brazo y las señoritas vieron con horror que se desvanecía su brillo de oropeles mustios con aquellas advenedizas que ocuparon su puesto de abogada, maestra, ingeniera, médico, técnico agrícola o juez. Los hombres habían soslayado a las señoritas bien asentadas y ahora llegaban las jóvenes a ponerse por delante en la escala social, como si sus raíces familiares, su estirpe y su preparación según los criterios de la Sección Femenina no valieran nada. Tras el desconcierto inicial, percibieron que se había impuesto una nueva realidad: sus valores habían dejado de tener la vieja solera nobiliaria. Ya no eran nadie. De nada les servía saber organizar una mesa, ni el lenguaje de los cubiertos, ni saber hacer inmejorables compotas y piezas de bollería al horno, ni la esmerada caligrafía aprendida en su colegio de monjas. Cantar habaneras o arias de ópera había dejado de interesar y solo se les seguía dando oportunidades en las misas solemnes de la parroquia para cantar un aria de alguna misa clásica o el «Ave María» de Schubert.
Surgió un nuevo tipo de mujer que estaba dispuesta a hacer con su vida lo que le diera la gana, desde crear una familia monoparental, a trasladarse a su antojo u organizar sus vacaciones sin consultarlo con nadie, en tanto que de aquellas señoritas solo queda alguna fotografía, las viejas partituras de habaneras que tocaban al piano sin demasiada soltura y la vieja mantelería que empezaron a bordar cuando sintieron por última vez que aún tenían un futuro como de cuento de hadas.
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