La política de decorado


Julio/26.

Josemi Montalbán

Mientras la ciudad dormía, mi estimado don Suintila, pensaba yo en la mala suerte que tiene España con sus políticos de pedigrí y pensaba en cómo el líder —cuando lo deja ejercer de tal una choni que vive en un ático dúplex de lujo— Alberto Núñez Feijóo ha convertido la política española en un lodazal en el que chapotea un grupo de niños ricos y consentidos que juegan a la representatividad, practicando trucos de prestidigitación: juegos de manos donde nunca aparece lo razonable y siempre desaparece lo que incomoda. La trayectoria reciente de Albertiño está marcada por una constante: la distancia sideral que existe entre lo que dice y lo que hace.

Feijóo llegó a Madrid envuelto en la mentira de la «magnífica gestión gallega», un cuento para adeptos que los datos desmontan, y aterrizó en la capital del reino para encubrir el crimen perpetrado contra un líder, Pablo Casado, defenestrado, por orden de su divina divinidad Ayuso, por los verdugos de la organización de extrema derecha Partido Popular por denunciar precisamente la corrupción que rodea a la virreina de Madrid, Isabel Díaz Ayuso.

Pero Feijóo tampoco llegó a Madrid inmaculado. Además de su estrecha y más que probada relación con uno de los principales capos del narcotráfico europeo, durante su gobierno la Xunta adjudicó más de 4.000 millones de euros en contratos sanitarios externalizados —ya sabe, ese eufemismo que fascistas y liberales utilizan para referirse a todos los servicios públicos que van privatizando— buena parte de ellos firmados con miembros de su familia, durante la última década, según las fiscalizaciones del Consello de Contas, mientras los indicadores de listas de espera sanitaria crecían por encima de la media estatal. Aun así, el líder de la banda franquista Partido Popular insiste en presentarse como un personaje honesto, centrado, moderado; un verdadero adalid de la eficiencia.

Su discurso sobre el narcotráfico es otro ejemplo de esa política del simulacro. Tras la trágica muerte de guardias civiles en acto de servicio, Feijóo ha acusado al Gobierno de <<falta de humanidad>>, pero ha evitado mencionar que la Xunta por él presidida recortó en 2013 el presupuesto de los planes de prevención del narcotráfico, según datos oficiales del propio Ejecutivo gallego-igual y tomó la decisión mientras disfrutaba de la hospitalidad de su buen amigo Marcial-. La indignación selectiva es rentable y seguramente da votos; la coherencia... ¿a quién le importa la coherencia?

En Madrid, su estrategia es aún más evidente: oposición a todo, pero sin propuesta alguna, sin ninguna alternativa; ruido sin soluciones. En lo absurdo, ha prometido bajar impuestos mientras exige más gasto en seguridad, sanidad y vivienda; ha denunciado pactos que él mismo intentó tejer; ha clamado contra la polarización mientras alimenta cada día la idea de un país fracturado y dibuja un futuro grotesco. Todo depende del momento, del titular, del cálculo. De si le llegan o no a tiempo las instrucciones de José María Aznar desde FAES.

Feijóo no hace política, la defeca: se mueve entre la mediocridad y lo absurdo, sin visión de Estado ni proyecto reconocible. Su liderazgo es reactivo, táctico, completamente dependiente del trending topic, del bulo, y del discurso que emane desde la presidencia de la Comunidad.

Feijóo no se quiere enterar de que España necesita debates serios, diagnósticos rigurosos y soluciones coherentes. Por eso Feijóo va a continuar, a pesar de todo su inmenso poder mediático, sin querer ser presidente del Gobierno de una nación que necesita un recambio, si. Pero no a Feijóo ni a sus cómplices del clan troglodita VOX. No está España para decorados.


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