La Institución mata al Evangelio.

Carmen Prieto.

Julio/26.

 

Reflexiones ante la visita del Papa

Tengo sentimientos encontrados con la visita del Papa. Y quizá eso diga más de mí que de él. Hace años me alejé de la Iglesia por una forma de actuar que sigo considerando demasiado arcaica y, en muchos aspectos, profundamente machista. Nunca he conseguido reconciliarme con la institución.

Sin embargo, cuando escucho algunos discursos del Papa, no puedo evitar detenerme y reflexionar. Habla de dignidad, de empatía, de justicia social, de cuidar a los más vulnerables y de construir una sociedad más humana. Son palabras que encuentran eco en mí; quiero pensar que son sinceras. Y, aun así, ahí aparece mi contradicción.

La desconfianza hacia la autoridad

No puedo con el Papa. Ni con este ni con ninguno. En realidad, tampoco puedo con casi nadie que ocupe una posición de autoridad. No es una cuestión de ideología, de religión o de simpatías personales: es algo más profundo.

El Papa es, al mismo tiempo, jefe de Estado y líder religioso; una figura revestida de una autoridad inmensa, capaz de influir en millones de personas. Y es precisamente esa condición la que despierta en mí una profunda desconfianza.

La misma sensación me producen presidentes, ministros, alcaldes, jueces, generales, policías, directores de empresa o líderes políticos. Incluso en contextos más modestos —un capitán de equipo, un delegado de clase— percibo el mismo fenómeno a pequeña escala. Siempre me ha inquietado la idea de que unas personas puedan situarse por encima de otras para dirigirlas, corregirlas, organizarlas o decidir por ellas.

El Papa León XIV bendijo e inauguró la Torre de Jesucristo de la Sagrada Familia durante su visita a Barcelona.

Kike Rincón/Europa Press

El problema no es la autoridad: es el deseo de ejercerla

Sé que toda sociedad necesita algún tipo de organización. No soy tan ingenua como para creer que podemos convivir sin normas ni responsabilidades compartidas. Pero hay una diferencia entre aceptar la necesidad práctica de ciertas estructuras y admirar a quienes las encarnan.

Lo que verdaderamente me inquieta no es la existencia de la autoridad, sino el deseo de ejercerla. Me cuesta comprender qué impulsa a alguien a buscar una posición desde la cual pueda influir sobre la vida de los demás. Sospecho que, detrás de muchas vocaciones de liderazgo, se esconden necesidades humanas menos nobles de lo que solemos admitir: reconocimiento, prestigio, control o la necesidad de sentirse importante.

Por eso desconfío de los líderes carismáticos, incluso cuando dicen cosas con las que estoy de acuerdo.

Un bebé recibe la bendición de Su santidad León XIV durante su visita a España.

Javier Lizón | EFE

El mensaje y el mensajero

Escucho al Papa hablar de humanidad y encuentro valor en sus palabras, pero al mismo tiempo no puedo olvidar que las pronuncia desde una de las instituciones más jerarquizadas del planeta. Quiero creer en el mensaje, pero desconfío del mensajero. Quiero valorar las ideas, pero me incomoda la autoridad desde la que son pronunciadas.

Quizá esa contradicción sea inevitable. Tal vez forme parte de lo que significa ser humano: vivir atrapados entre nuestras convicciones y nuestras dudas, entre lo que rechazamos y aquello que, pese a todo, nos interpela.

Yo misma critico a la Iglesia y, sin embargo, algunas de las reflexiones del Papa me parecen necesarias. Desconfío del poder, pero reconozco que ciertas voces pueden invitarnos a pensar. Rechazo la jerarquía, pero valoro la coherencia cuando la encuentro.

La pregunta que queda en el aire

Por eso no me interesa tanto el Papa como persona ni como símbolo. Me interesa la pregunta que deja flotando. Si sus palabras son ciertas, quizá la propia Iglesia debería aprender más de ellas y aplicarlas con hechos en lugar de limitarlas a los discursos. Y quizá nosotros también deberíamos hacer lo mismo.

Al final, mi conflicto no está entre creer o no creer, ni entre estar a favor o en contra del Papa. Está en otro lugar: en esa tensión permanente entre la necesidad de escuchar ideas valiosas y la desconfianza hacia cualquier forma de poder. En la incomodidad de reconocer algo de verdad en la voz de alguien a quien, por principio, me resisto a admirar.

Supongo que esa es mi dualidad. Y también, de alguna manera, mi forma de seguir pensando.


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