Un país conservador


Alberto Granados.

Septiembre/26.

 

"El neoliberalismo económico está dispuesto a arramblar con las conquistas sociales".

 

Quienes vivimos en plena juventud la muerte de Franco y el proceso de cambios conocido como «Transición democrática» llegamos a asumir el espejismo de que el conservadurismo estaba definitivamente superado tras el fracaso del golpe de Estado de Tejero (1981) y la llegada al poder de Felipe González (1982). Todo parecía indicar que íbamos a ser un país cada vez más progresista: llegaron el divorcio, las alcaldías democráticas y el Estado de las autonomías; tuvimos acceso a películas, revistas, libros y espectáculos que la censura franquista jamás habría permitido; nos metimos en la OTAN y en la entonces llamada Comunidad Europea, y todo se nos aparecía como un futuro incontestable, con una comunidad internacional que nos acogía con los brazos abiertos tras la tiniebla del franquismo.

Tras la intentona golpista del asalto al Congreso, la ciudadanía tomó las calles y manifestó inequívocamente su voluntad democrática, mientras el Ejército y los cuerpos de seguridad parecían haber pasado al servicio de la democracia de forma clara y contundente: teníamos motivos para pensar que al final se había conseguido convertir a España en una democracia. Al menos, teníamos motivos para soñarlo.

Sin embargo, proyectando aquella época hacia nuestros días, el análisis resulta demoledor: dentro de una corriente mundial, España parece haber vuelto a unas coordenadas conservadoras que asustan. Se defiende el franquismo, se insulta al presidente en cualquier aparición pública o se le ahorca en efigie; un general, Francisco Beca Casanova, asegura que los problemas de España se resolverían «pegándole un tiro a 26 millones de hijos de puta» y no pasa nada; los agitadores, incluso estando en busca y captura, se pasean abiertamente por los sucesos de Ceuta y ningún policía se toma la molestia de pedirles el DNI ni hacer una comprobación. Aquellos cuerpos de seguridad de los que no dudábamos se parecen cada vez más a los de la época franquista, algo que hemos podido comprobar repetidamente en la manifestación de docentes de Valencia o en la acogida de los miembros de la flotilla antisionista que llegó al aeropuerto de Bilbao. No quiero vérmelas con esta policía que vuelve a ser cada vez más injusta y brutal. No es la policía con la que me identifiqué durante una época.

Si hablamos de la justicia, todo parece indicar un sesgo que aborda los casos de la izquierda —en buena medida urdidos por agrupaciones como HazteOír o Manos Limpias— con una celeridad y un rigor procesal que han condenado ya al fiscal general y al hermano del presidente Sánchez (y veremos qué ocurre con la sentencia de su esposa). Mientras estos juicios son rápidos y con sentencias de dudosa solvencia, los casos de la derecha se perpetúan en larguísimos períodos de instrucción sumarial o se acomodan las fechas al calendario electoral sin ningún problema.

Que nuestro Gobierno se haya alineado contra Putin y contra Netanyahu le ha parecido a nuestra derecha una elección equivocada y contra natura, como el encontronazo Sánchez-Trump al negarse nuestro presidente a aumentar la aportación a la OTAN. El conservadurismo suma cada vez más líderes (Milei, Trump, Meloni, De la Espriella…) y el neoliberalismo económico está dispuesto a arramblar con las conquistas sociales previas. Ya se cuestiona que un trabajador enfermo tenga derecho a la baja médica o a la pensión, e incluso un político de cuarta fila dentro del PP (Marcos de Quinto) propone que no haya sueldo ni derecho alguno, ni siquiera el de votar, para los enfermos. Y no pasa nada. Antes hubiéramos ocupado la calle. ¿Qué pasa ahora?

Mientras tanto, las redes sociales se llenan de contenidos xenófobos y bulos fascistoides sin que parezca que nadie esté dispuesto a controlar esa situación. Ver a miles de bots repetir contenidos fachas, bulos y tergiversaciones de la realidad cuesta mucho, como debe de haber costado una fortuna fletar un montón de autobuses acusando de corruptos al presidente y a otros políticos de izquierda. ¿Quién financia ese costoso disparate? ¿Es posible que agitadores como Vito Quiles, Ndongo o Alvise hagan lo que quieran y amenacen a periodistas (en esto se parecen al asesor de la Sra. Ayuso) con la más absoluta impunidad?

La irrupción de 70 000 migrantes en Ceuta ha sido un pretexto para apelar a rancios sentimientos patrios y llamar al incidente con el peligroso nombre de «invasión». Ha habido una casi exigencia de tomar las armas contra esa turba de desposeídos, pues ya se sabe que el patriotismo de la derecha cuenta con esa épica de garrafón y de contenidos militaristas: nuestra derecha sueña con tanques; otros soñamos con arreglos diplomáticos.

¿Qué puede suceder en España en un futuro inmediato? Me he planteado muchas veces esa pregunta y todas las respuestas me desazonan: si en unas elecciones gana esa derecha formada inexplicablemente por el PP plegado a las exigencias nazis de Vox, retrocederíamos décadas en conquistas sociales y políticas. ¿Y si ganara el centroizquierda del PSOE y sus socios? Para mí sería una alegre noticia pero, tal como veo la realidad, no me extrañaría otra intentona golpista en respuesta a esa burda petición (que tampoco nadie ha investigado) de que «el que pueda hacer, que haga».


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