El sumiso orgullo de Europa


Josemi Montalbán

Abril/26.

 

La agresión militar imperialista contra Irán ha vuelto a colocar a Europa en una posición incómoda: la de actor internacional cada vez más irrelevante en términos  políticos y diplomáticos, profundamente dependiente de Estados Unidos estratégica y energéticamente.

 

La falta de unidad política, las declaraciones contradictorias, los cambios de rumbo, el donde dije Diego, quise decir digo, los intereses nacionales en detrimento del interés común han vuelto as poner de relieve la falta de criterio y tensiones internas que, desde la llegada de los movimientos conservadores, están poniendo en peligro el proyecto europeo, máxime cuando de encontrar una postura común ante la política de Estados Unidos, una nación de la que Europa depende completamente en pilares tan fundamentales como la defensa.

Desde el inicio de nueva guerra desencadenada por estados Unidos y su aliado en Israel en Oriente Próximo, la retórica europea ha oscilado entre el acatamiento debido a los intereses estadounidenses, aceptando la ilegalidad de acciones de terrorismo de Estado contra países soberanos,  y la defensa de los Estados europeos discrepantes con la política norteamericana, en aras del multilateralismo, la diplomacia y el respeto al derecho internacional, en una tambaleante política exterior que no resulta ninguna novedad, pero en el contexto actual se aprecia especialmente preocupante.

En los primeros momentos de la agresión bélica contra Irán, varios líderes europeos, encabezados por el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, insistieron en la ilegalidad, de acuerdo con el Derecho Internacional, de la acción, así como en la necesidad de evitar una escalada del conflicto, apelando a la contención, al diálogo y a la recuperación de canales diplomáticos con Teherán. Sin embargo, apenas unos días después, algunas de esas voces respaldaban sin matices la posición estadounidense, para desdecirse a medida que crecía el rechazo a la guerra en sus respectivos países, enviando un mensaje ambiguo tanto a la comunidad internacional como a su propia opinión pública.

El problema no radica tanto en la dependencia de Europa de su relación estratégica con Estados Unidos —una realidad estructural desde el final de la Segunda Guerra Mundial— sino en la absoluta falta de coherencia en el contexto político/social europeo y su gestión supranacional, con la forma en la que se gestiona políticamente, cuando los dirigentes europeos parecen debatirse entre dos narrativas incompatibles: la de una Europa autónoma, capaz de actuar como potencia geopolítica independiente, y la de una Europa sumisa y servir a los intereses estadounidenses.

La relación entre Europa y Estados Unidos suele presentarse como una alianza entre iguales, basada en valores compartidos y una larga historia de cooperación política, económica y militar. Sin embargo, cuando se analizan con detenimiento algunos de sus pilares fundamentales como defensa, finanzas, estrategia o comercio, nos percatamos de la desigualdad de esa alianza.

a dependencia más evidente es la militar. Desde la creación de la OTAN en 1949, la seguridad europea ha descansado prácticamente sobre la capacidad militar estadounidense, y, aunque varios países europeos han incrementado su gasto en defensa en los últimos años, especialmente tras la invasión rusa de Ucrania en 2022, la arquitectura de disuasión sigue estando dominada por Washington. La superioridad tecnológica, la inteligencia estratégica y la proyección militar global de Estados Unidos continúan siendo elementos sin los cuales Europa difícilmente podría sostener su propia seguridad.

Pero esta dependencia no se limita al terreno militar. También existe una profunda interconexión financiera con un dólar en el papel de actor principal frente a un euro secundario compitiendo por destacar en el sistema monetario internacional, donde la influencia de las instituciones financieras estadounidenses otorgan una considerable ventaja a a Washington, además de una capacidad de presión considerable sobre sus socios europeos.

En el plano estratégico, la situación es igual de reveladora, a pesar de los frecuentes discursos sobre la “autonomía estratégica europea”, la realidad es que las decisiones europeas en materia de seguridad global siguen estando sujetas al criterio de la agenda política estadounidense que le permite a Europa participar y pagar, pero jamás liderar.

El lo relacionado con ámbito comercial nos encontramos un interesante contraste de beneficio mutuo en el que Estados Unidos y la Unión Europea mantienen uno de los mayores intercambios comerciales del mundo, con inversiones cruzadas masivas y cadenas de suministro profundamente integradas. Sin embargo, incluso en este contexto de mutuo interés, las tensiones entre los socios son frecuentes, y, como estamos sufriendo en los últimos meses, las disputas arancelarias, están a la orden del día, como un modo de extorsión del socio fuerte hacia el débil de la sociedad.

Europa parece no darse cuenta de que la alianza transatlántica no debe seguir siendo un pilar del orden occidental, porque dista mucho de ser una relación equilibrada, en la que Europa continúa debatiéndose entre la comodidad estratégica, y la necesidad vital de volver a ser un actor principal en el escenario global.


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