Oltra, el Fénix valenciano
El Comunero.
Abril/26.
Tras años de un asedio coordinado que combinó la saña mediática, la estrategia política de tierra quemada y una instrucción judicial sin cimientos, la que fuera vicepresidenta de la Generalitat Valenciana regresa al primer plano. Su vuelta no es solo un acto de resiliencia personal, sino una enmienda a la totalidad contra los mecanismos de la "política sucia" en España.
Existen forma de silencio realmente ruidosos, y el de Mónica Oltra ha sido uno de ellos, un silencio que ha durado casi cuatro años, un tiempo de calvario, de agotador acoso personal diseñado con tiralíneas para propiciar el cambio de gobierno en la Comunidad valenciana, enfrentada a una de las grandes vacas sagradas de la sanidad privada, Mónica Oltra fue obligada a retirarse de la primera línea políticas, señalada por acusaciones, jueces, fiscales, políticos y periodistas, expuesta al escarnio público, en un proceso que resultó ser de barro.
Oltra fue víctima del juego sucio político en el que el Partido Popular basa desde hace casi una década ya, toda su estrategia para recuperar el poder, una campaña de difamación, un verdadero complot político que acabó con la carrera de una mujer honesta, o eso pensaron quienes la detestan, sin embargo, Oltra ha demostrado que es también una mujer valiente y fuerte anunciando que vuelve al primer plano político presentando candidatura para la alcaldía de valencia, y con su regreso, sin duda, el panorama político español se va a ver obligado a mirarse en un espejo incómodo: el de una democracia capaz de permitir que una "campaña de infamia" pueda interferir en el desarrollo normal electoral.
El caso contra Mónica Oltra nunca fue una cuestión exclusivamente jurídica; fue un manual maestro de lo que hoy conocemos como lawfare. Todo comenzó con una premisa tan dolorosa como instrumentalizable: la gestión de un caso de abusos cometido por su exmarido a una menor tutelada. Lo que en cualquier otra circunstancia habría sido un proceso administrativo o una depuración de responsabilidades técnicas, se convirtió, gracias a la intervención de la extrema derecha y sus satélites mediáticos y judiciales, en una auténtica cacería contra Oltra.
El objetivo era claro: descabezar a la figura más carismática de Compromís, la mujer que había sido la cara de la lucha contra la corrupción del PP valenciano. Para lograrlo, se activó una verdadera operación de estado, pinza perfecta. Por un lado, políticos de la oposición que elevaron el "chisme" a categoría de conspiración criminal; por otro, jueces que decidieron prolongar una instrucción que buscaba una "mano negra" que nunca existió; y, finalmente, un ecosistema de medios de comunicación que dictó sentencia mucho antes de que se redactara el primer auto.
Durante meses, se alimentó la patraña de que Oltra había urdido un plan desde la Vicepresidencia para encubrir a su exmarido. Se publicaron portadas incendiarias, se organizaron y pagaron muy bien decenas de tertulias en los medios tanto locales como nacionales, se expusieron supuestas tramas de ocultación y colaboración con el supuesto delito, sometiendo a la rival política a un escarnio público que buscaba su ruina personal y política. El 21 de junio de 2022, cumpliendo con un código ético que hoy parece de otro planeta comparado con la resistencia numantina de otros líderes, Mónica Oltra dimitió.
Cuando en abril de 2024 el juez decidió el sobreseimiento libre de la causa, el estruendo de los titulares desapareció. Todo el ruido mediático provocado por la acusación, de repente se convirtió en silencio abrumador ante el sobreseimiento.
El auto fue demoledor: "No existe un solo indicio de que se dictara orden o instrucción alguna emanada de los cargos directivos de la Conselleria dirigida a ocultar los hechos". El magistrado admitía, tras investigar hasta el último rincón de los correos electrónicos y las comunicaciones de Oltra y su equipo, que no había nada. Cero.
Sin embargo, para entonces, el daño ya estaba hecho. Oltra ya no estaba en las instituciones, el Gobierno del Botànic había caído en las elecciones y la salud democrática de la autonomía había sufrido una herida profunda. ¿Dónde están hoy los que pidieron perdón? ¿Dónde están los periodistas que dedicaron minutos de oro a una infamia que carecía de base legal? El silencio de los que impulsaron la querella —financiada por figuras vinculadas a la extrema derecha— es la prueba definitiva de que la verdad nunca fue el objetivo. El objetivo era el poder, y ese poder derivó, por la irresponsabilidad de quienes, con trampas, alcanzaron un cargo político que les venía grande, en la muerte de 223 personas.
La vuelta de Mónica Oltra a la arena política, confirmada tras este largo exilio forzoso, es un acontecimiento que trasciende las siglas de su partido. Es un acto de higiene democrática. Su figura se alza como un ave Fénix político, sobre los escombros de una campaña de desprestigio que pretendía ser un aviso para cualquiera que desafíe el statu quo establecido por la extrema derecha, una advertencia seria, de que puede ser triturado por la maquinaria fascista.
Oltra regresa en un momento en que la desinformación y el uso partidista de los órganos de justicia se han convertido en la norma y su caso es el más claro ejemplo de lawfare que se ha vivido en España, por encima incluso del de la esposa del presidente del gobierno, con procesos judiciales creados artificialmente para ganar de manera corrupta en los juzgados lo que los ciudadanos han negado en las urnas.
No debemos olvidarnos: el precio que ha pagado Mónica Oltra es incalculable. Nadie le devolverá los años de angustia, la presión sobre su entorno familiar ni el estigma social que, aunque judicialmente borrado, siempre deja una cicatriz en la percepción pública de los menos informados, o más desinformados. Pero el coste también es colectivo. España ha perdido durante años a una de sus voces más potentes en la defensa de los derechos sociales y la protección de la sanidad pública.
España entera, y sobre todo la Comunidad Valenciana tiene una enorme deuda pendiente con Mónica Oltra, y una buena forma de saldar esa deuda puede ser auparla hasta la alcaldía de Valencia.
Añadir comentario
Comentarios