El mundial y otras realidades


Alberto Granados.

Agosto/26.

 

         El hecho de que nuestra selección nacional haya conseguido el campeonato mundial de fútbol, con jugadores de distintos orígenes, lenguas maternas, razas y culturas ha sido interpretado como el culmen de una sociedad abierta y tolerante. Se ha hablado hasta la saciedad de un país capaz de integrar tantas diferencias sin el menor problema, pero hay otras realidades.

Empezaré por señalar ese hábito muy nuestro de ser gregarios, al margen de las contradicciones que ello conlleve, especialmente en acontecimientos de gran trascendencia mediática. Si los demás se echan a la calle a aplaudir, parece casi obligado no quedarse atrás y hacer lo que hagan los demás, aunque no coincida con los intereses o percepciones propias. Resulta ilustrativo ver, hace solo unas semanas, a un país entero aplaudiendo al Papa mientras duró su visita y tan pronto como el avión papal abandonó nuestro suelo, nada de lo que nuestra borrega sociedad había aplaudido quedó como un concepto sólido, sino como un breve espejismo capaz de crear una falsa realidad. Se aplaudieron las palabras del Pontífice sobre la inmigración, sobre la fraternidad de todos los seres humanos. Todos aplaudieron, sin excepción, pero solo horas después el espectro derecha-extrema derecha aprobó ese engendro llamado prioridad nacional, justo lo opuesto de lo aplaudido cuando León XIV estaba delante. Y no fue un caso aislado: van ya cuatro comunidades autónomas en que el PP ha pactado con Vox lo que haga falta, por repugnante que sea, con tal de conseguir el poder constitucional necesario para gobernar y ya se están empezando a las legislaciones autonómicas el efecto de esos pactos.

Muy recientemente, la prensa se ha deshecho en alabar el grado de unanimidad alcanzado durante las distintas fases del Mundial: todo el mundo alabó la grandeza de esos jugadores que han obrado el milagro. Ha sido espectacular la soba que se le ha dado el origen migratorio de las familias de Nico Williams y de Lamine Yamal, ambos procedentes de familias llegadas en situación irregular. Me parece perfecto que se recuerde el origen de ambos, tan parecido, tan necesitado, porque partiendo de la nada han alcanzado un éxito incontestable, pero no me parece suficiente ni exclusivo de ambos jugadores. Quedarse ahí, es quedarse a medias.

Quero decir que hay otros miles de migrantes que llegaron a nuestro país buscando un futuro que sus países de origen no podían ofrecerles. Esos migrantes anónimos, que forman parte de nuestro paisaje urbano desde hace años y ocupan puestos de trabajo necesarios, merecen a mi entender la misma consideración que los dos jugadores africanos. Eso sí es justo. Lo contrario es convertir el Hola en código civil, es decir, consagrar a los famosos soslayando a los que cumplen su trabajo sin abandonar el anonimato: los camareros y taxistas colombianos, la limpiadora ecuatoriana, el teleoperador argentino, el médico boliviano, etc.

Limitar la aceptación a los famosos es como aceptar, del mundo gitano, solo a Camarón o a Diego el Cigala, o del mundo negro a algún cantante famoso de reguetón o a un as del baloncesto.

Yo, por mi parte, me enorgullezco de que España, el país de mis antepasados, de mis hijos y nietos, mi país, sea capaz de ofrecer a los migrantes una forma de conseguir sus metas, de alcanzar sus esperanzas y de salir adelante.  


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