Miles, y el embeleso de su música.
Luis Poyatos.
Julio/26.
Julio y noviembre son, por antonomasia, los meses de esa maravillosa "cosa" llamada jazz; y este año se cumple el centenario del referente más grande que ha dado este género musical .
He querido dedicar este mes de julio al recuerdo de una leyenda que hizo evolucionar este género musical durante décadas gracias a sus inolvidables cuartetos y quintetos: Miles Davis.
Se ha escrito mucho sobre su vida y que podemos encontrar en internet, en libros, es decir hay ríos de tinta que han tratado de explicar su genio y su revolución musical. Pero, fiel a mis propias remembranzas, prefiero recordar una experiencia muy personal: la visita que realicé en enero de 2010 a la Cité de la Musique de París.
Aquella visita llevaba años rondándome la cabeza. En mis frecuentes viajes familiares a París siempre tenía anotado este lugar en mi lista de pendientes. La Cité de la Musique, dependiente del Ministerio de Cultura de Francia y situada en el distrito XIX de la capital francesa, es un auténtico templo para cualquier amante de la música.
Sus cinco plantas permiten recorrer la historia de los instrumentos musicales desde los primeros huesos utilizados por el ser humano para producir sonido hasta auténticas joyas de la luthería y la innovación tecnológica. Allí pueden contemplarse los primeros prototipos de saxofón construidos por Adolphe Sax, clavecines, espinetas, los pianos originales Pleyel y Érard utilizados por Chopin y Liszt, sintetizadores analógicos, instrumentos africanos, violines Stradivarius y una de las piezas más sorprendentes del museo: el octobajo, un gigantesco contrabajo de tres metros y medio de altura.
En definitiva, una auténtica ciudad de los instrumentos donde uno puede pasar una mañana entera... o incluso más. Además, una de sus plantas está destinada a exposiciones monográficas dedicadas a grandes artistas. Y precisamente el día de mi visita me encontré con una de las sorpresas más hermosas que un aficionado al jazz puede recibir. Faltaban apenas unos días para que finalizara la exposición más impresionante que he visto jamás dedicada a un músico. Era un monumental recorrido biográfico por la vida y la obra de Miles Davis.
Nada más entrar, el visitante se encontraba con una amplia introducción sobre su juventud y sus primeros años. Pero lo verdaderamente extraordinario llegaba después. La exposición se dividía en pequeñas salas organizadas cronológicamente según las distintas formaciones —cuartetos y quintetos— con las que Miles fue revolucionando el jazz década tras década.
Allí estaban representadas algunas de sus agrupaciones más legendarias: el cuarteto con Red Garland, Oscar Pettiford y Philly Joe Jones; el inolvidable quinteto de mediados de los cincuenta junto a John Coltrane, Red Garland, Paul Chambers y Philly Joe Jones; o el célebre segundo quinteto de los años sesenta con Wayne Shorter, Herbie Hancock, Ron Carter y Tony Williams, una formación que cambió para siempre la historia del jazz moderno.
Era fascinante contemplar las boquillas que utilizó durante su carrera, sus famosas trompetas Martin Committee y las legendarias Gustavsson, junto a sus inseparables sordinas Harmon, responsables en buena medida de ese sonido íntimo, contenido y melancólico que convirtió en una seña de identidad. Según diversos testimonios, las últimas palabras antes de fallecer en septiembre de 1991 fueron “I want to sound like a kiss” (quiero sonar como un beso”. También podían verse partituras originales, arreglos manuscritos, fotografías inéditas y proyecciones audiovisuales de las grabaciones de sus discos.
Lo que iba a ser una visita de apenas unas horas terminó con el personal del museo pronunciando aquella frase que ningún visitante desea escuchar: "S'il vous plaît, nous allons fermer…" Era sábado y cerraban a las ocho de la tarde. En otras palabras, había pasado allí prácticamente todo el día sin darme cuenta.
Además de la enorme documentación expuesta, había zonas de descanso con grandes pantallas donde se proyectaban conciertos memorables. Recuerdo especialmente el celebrado en el Festival de Vienne, el 1 de julio de 1991, con Kenny Garrett, actuación que quedó inmortalizada en el álbum póstumo y en el aclamado documental Merci, Miles! Live at Vienne.
Pero si hubo un privilegio que siempre guardaré en la memoria fue haber podido verlo en persona cuando el inolvidable "Papá" Chema Ojeda lo llevó al Festival Internacional de Jazz de Granada. Tuve la acreditación para cubrir todas las jornadas de aquel magnífico festival celebrado en el Palacio de Deportes. Fueron, como titulo, "cuatro días de música que dejaron un excelente sabor de boca”.
Algunos éxitos de Miles Davis en Youtube
Corría el año 1988. Apenas tres años después, Miles Davis emprendía su último viaje hacia ese Olimpo reservado para los dioses del jazz. A propósito del Festival Internacional de Jazz de Granada, enlazo esta remembranza con un artículo que escribí hace ya algunos años. Al día siguiente de su actuación, Miles Davis fue investido Caballero de la Orden de Malta en la Alhambra. Genio y figura hasta la sepultura.
De aquel momento conserva una entrañable documentación mi querido compañero de batallas, Mateo, quien tuvo la gentileza de enseñárnosla. Entre aquellas imágenes hay una que resume perfectamente la personalidad de Miles: en pleno acto protocolario, se saca tranquilamente el chicle de la boca, lo guarda con absoluta naturalidad en el bolsillo del pantalón... y continúa la ceremonia como si nada hubiera ocurrido.
Puro Miles Davis.
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