Miedo
Fernando Alés.
Noviembre/26.
"Seres tristes y patéticos que buscan desesperadamente el reconocimiento de otros seres tan tristes y patéticos, o incluso más que ellos"
Estamos estos días consternados por el trágico accidente ferroviario ocurrido en Urda (Toledo) el 28 de octubre y en el que, hasta el momento de finalizar este artículo, conocemos el trágico balance de 69 fallecidos.
Yo, personalmente, me puedo ir haciendo una idea aproximada de las circunstancias que rodean a este, como poco, inverosímil accidente, con las informaciones que voy recogiendo de aquí y de allí. Pero no voy a entrar en especulaciones conspiranoicas hasta tener ciertas certezas que todavía no se pueden asegurar, respecto a posibles errores, tanto técnicos como humanos.
Otra cosa es que hable de la sensación que producen este tipo de sucesos, tanto ahora como cuando, en enero de este mismo año, ocurrió también otro accidente ferroviario. Primero, inseguridad, porque nos podía haber pasado a cualquiera; después, con el tiempo, insensibilidad, normalizando estos hechos, como tantos otros, para ocultar nuestros miedos.
En el común de la población, este tipo de cosas producen una sensación de miedo y de inseguridad que, poco a poco, van quedando grabadas en el subconsciente colectivo y que van mermando nuestras defensas, dejándonos a merced e insensibles, ante tales situaciones.
En la mayoría de los casos, con informaciones promovidas y potenciadas por verdaderos conspiranoicos, capaces de decir idioteces como que la Luna va a caer mañana sobre nosotros o que del mar van a salir miles de alienígenas a comerse todos los Bollycaos del mundo, para dejar a nuestros niños sin merienda, solo por el enfermizo afán de tener un poco de notoriedad.
Seres tristes y patéticos que buscan desesperadamente el reconocimiento de otros seres tan tristes y patéticos, o incluso más que ellos.
(Pero eso es otra historia).
Otra cosa es el interés político, y más aún en plena campaña electoral, donde se ve hasta dónde es capaz de llegar la miseria humana cuando, ante grandes tragedias como la que estoy refiriendo, en vez de arrimar el hombro y aportar su granito de arena para esclarecer y, en lo posible, evitar futuros sucesos de este tipo, aprovechan para manipular, tergiversar y/o despotricar directamente sobre el adversario.
Cuando, desde el primer momento, desde la oposición están señalando y pidiendo responsabilidades antes incluso de haber iniciado ningún tipo de investigación del accidente, porque no buscan la verdad: buscan el derribo de quien les estorba.
Los accidentes, las víctimas, son meros elementos para rentabilizar sus objetivos.
O como es el caso del dirigente de la ultraderecha, que directamente carga contra cualquiera de los miembros del Gobierno, criminalizándolos y tratándolos de asesinos, sin ningún tipo de pudor ni prueba que lo justifique.
Un personaje, o mejor dicho, una verdadera escoria humana, tan abyecto que no encuentro calificativos suficientemente peyorativos para definirlo.
Pero, a lo que iba, estos seres utilizan estas malas artes para crear inseguridad en nuestra sociedad y, por ende, miedo.
Porque el miedo nos somete, paraliza nuestro entendimiento y se incrusta en nuestro subconsciente como una espina imposible, o cuanto menos muy difícil, de sacar. Tenemos la experiencia de las religiones, que desde el principio de los tiempos cultivan el miedo a una eternidad en los infiernos si no seguimos sus premisas, si no hacemos su voluntad, con la misma indiferencia con la que se cultiva un campo de hortalizas.
Y el ser humano, sin poder evitarlo, es un envase lleno de miedos e inseguridades, inculcados en nuestra educación, en nuestra sociedad y, por lo tanto, en nuestro ADN...
Un psicólogo lo explicaría mucho mejor que yo.
Tenemos como prueba de ello los siete pecados capitales que nos señala una religión inmisericordemente: soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia o pereza... Debilidades que están dentro de nosotros y que alguna vez han aflorado, voluntaria o involuntariamente, y que la religión ha sabido canalizar en la dirección de crearnos el miedo al infierno por cometerlos.
Pues con los grupos socialmente dominantes y sus acólitos políticos pasa lo mismo.
Desde pequeños tenemos miedo al monstruo que hay debajo de la cama. Con la edad nos damos cuenta —o quizás no— de que los monstruos están alrededor nuestro. Que manipulan nuestras emociones a su favor: el orgullo, la soberbia, la envidia, el egoísmo, para enfrentarnos unos con otros.
La ansiedad, la tristeza o cualquier inseguridad sirven para debilitar nuestra integridad y autoestima. Tanto en un caso como en el otro, ya somos manejables; ya somos la arcilla en su punto para moldearnos.
En definitiva, siempre que hay un monstruo acechando, y cuando hay un monstruo, no ya debajo de la cama, sino a nuestra espalda, siempre hay indefensión y miedo.
Es difícil vencer al miedo, porque no es un adversario que esté enfrente de nosotros, sino dentro de nosotros mismos.
Y los monstruos, tanto religiosos como laicos, saben muy bien cómo entrar en nuestro subconsciente, con suavidad y sutileza, como si fueran garrapatas que, mientras pican, te inoculan un analgésico, de forma que no te das cuenta de que te han sacado la sangre o, como es el caso, te han inculcado esos miedos hasta que ya es tarde.
No existe vacuna ni varita mágica contra esto; si acaso, conocer a estos monstruos, saber lo que pretenden y no darles la oportunidad de envenenarnos. Es un ejercicio continuado de alerta ante estos peligros y, aun así, hay veces que se saltan nuestras alertas y se cuelan dentro de nosotros.
Y con esto damos por terminado el artículo, no vaya a ser que al final descubra mis propios fantasmas y también me dé miedo.
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