LOS LUGARES DE MEMORIA Y LA MUJER, LOS ETERNOS OLVIDADOS DE LA HISTORIA
Luis S. Fernández Contreras. (Presidente Asociación “Mesa de Memoria Histórica Distrito de Latina”. Madrid)
Septiembre/26.
La recuperación de la memoria histórica no consiste únicamente en recordar nombres. También implica generar herramientas que permitan comprender el pasado. Por eso, la creación de espacios de interpretación y programas educativos vinculados a los lugares de memoria son vitales.
los espacios de interpretación deben ser lugares en los que las nuevas generaciones puedan comprender qué ocurrió tras el golpe militar de 1936. Lugares donde los nombres de aquellas y aquellos dejen de estar confinados a expedientes judiciales o trabajos académicos. Lugares donde la memoria tenga una presencia visible, porque, en realidad, el debate trasciende al propio edificio o lugar. La cuestión de fondo es ¿qué relación desea mantener la ciudad o entorno con su propio pasado?
Noventa años después del inicio de la Guerra, la mayoría de esos lugares siguen en pie, aunque, otros muchos, emblemáticos (Como la cárcel de Carabanchel por poner un ejemplo), no. Y la mayoría de los que siguen en pie están deteriorados, silenciados y silenciosos y cada vez más vulnerables al paso del tiempo. Mientras tanto, sus muros, continúan desmoronándose frente al mar, la montaña, la contaminación… menos mal que su historia y las historias de quienes pasaron por allí comienzan, poco a poco, a regresar gracias, sobre todo, a archivos, investigadores y asociaciones de memoria.
Quizá la verdadera paradoja de estos lugares sea que durante décadas sirvieron para encerrar personas y silenciar ideas, y que hoy sea precisamente el silencio, el principal enemigo contra el que todavía siguen luchando.
El olvido también es una forma de relato, ya que la ausencia de una memoria pública sobre lo ocurrido en esos lugares de memoria preocupa especialmente a quienes llevan años investigando estos capítulos de la historia. El problema ya no es únicamente el desconocimiento de los hechos, sino la normalización de ese desconocimiento. Hay generaciones enteras que no saben qué fue ese lugar ni quiénes estuvieron encerradas/dos ahí. Y cuando una sociedad desconoce su pasado, corre el riesgo de aceptar relatos simplificados o directamente falsos sobre lo que ocurrió.
La memoria tiene que luchar frente al intento de “blanqueamiento” del pasado. El deterioro físico de los lugares de memoria es también el reflejo de una falta de compromiso colectivo con la memoria histórica.
Hay una tendencia muy peligrosa a banalizar o blanquear determinados episodios del pasado. Cuando desaparecen los lugares de memoria y desaparecen también los relatos que explican lo que ocurrió en ellos, se crea un terreno muy favorable para la tergiversación histórica.
Las democracias europeas han entendido desde hace décadas la importancia de conservar espacios vinculados a la represión y a las violaciones de derechos humanos. En muchos países estos lugares se protegen porque ayudan a comprender el valor de la democracia. Aquí todavía seguimos discutiendo si merece la pena recordar.
El debate no debería centrarse en si conservar o no estos espacios, sino en cómo utilizarlos para construir ciudadanía. No se trata de levantar monumentos a nadie. Se trata de explicar qué pasó allí. De enseñar que hubo mujeres y hombres que fueron encarceladas/os por defender ideas democráticas, por reclamar derechos laborales o simplemente por no encajar en el modelo social que imponía la dictadura.
La preocupación por el desconocimiento de las nuevas generaciones aparece también ya que muchos jóvenes desconocen hechos fundamentales relacionados con la Guerra y la represión posterior.
Cuando se visitan estos espacios, muchos alumnos se sorprenden porque nunca habían escuchado hablar de estas mujeres ni de estos hombres. La falta de conocimiento histórico genera una enorme vulnerabilidad frente a discursos simplistas que circulan con facilidad en redes sociales. Cuando no conoces la historia, es mucho más fácil aceptar mensajes que relativizan o justifican determinadas vulneraciones de derechos. Por eso hay que insistir en que la memoria histórica debe entenderse también como una herramienta educativa. No se trata únicamente de recordar el pasado. Se trata de comprender cómo se pierden los derechos y cómo se conquistan.
Hay que poner rostro a quienes fueron borradas y borrados, es imprescindible.
Una de las ideas que más se repite entre quienes investigan este periodo es la necesidad de humanizar las cifras.
Detrás de los expedientes no hay únicamente documentos judiciales. Hay hombres y mujeres concretas. Mujeres y hombres con nombre y apellidos. Hombres y Mujeres con familias. Mujeres y Hombres que tenían profesiones, proyectos y unas vidas que quedaron absolutamente truncadas.
Necesitamos ponerles rostro, necesitamos que la gente sepa quiénes fueron porque cuando hablamos de números corremos el riesgo de deshumanizar lo que ocurrió.
La memoria empieza cuando somos capaces de identificar a las personas. Cuando dejamos de hablar de forma abstracta y comprendemos que detrás de cada expediente había una vida. Esto resulta especialmente importante en el caso de las mujeres, cuya experiencia quedó durante décadas relegada a un segundo plano incluso dentro de los estudios sobre la represión franquista.
Durante mucho tiempo se investigó qué les ocurrió a los hombres. Era necesario hacerlo. Pero las mujeres aparecían casi siempre como personajes secundarios, cuando en realidad sufrieron una represión específica por el simple hecho de ser mujeres.
Durante décadas la historia, especialmente la de las mujeres represaliadas, quedó reducida al ámbito familiar. Sus nombres apenas aparecían en los libros, no existían espacios dedicados a ellas y muchas de sus vivencias permanecieron confinadas a la memoria privada de hijos y nietos. Durante mucho tiempo, por no decir todo el tiempo, se habló de generales, de batallas y de acontecimientos militares, pero apenas se habló de las mujeres que fueron encarceladas, humilladas o expulsadas de sus trabajos. Parecía que no hubieran existido. Recuperar estas historias no responde a una cuestión ideológica ni partidista, sino a una necesidad democrática.
Hay una reflexión que atraviesa todo el debate sobre la memoria histórica: los derechos actuales no surgieron de manera espontánea, no nacieron solos.
Las libertades políticas, la igualdad jurídica, el acceso de las mujeres a la educación o la participación pública son conquistas que tuvieron detrás generaciones de personas que asumieron riesgos y sufrieron persecución.
Muchas de las mujeres que estuvieron encarceladas defendían cuestiones que hoy consideramos normales. Defendían mejores condiciones laborales, acceso a la educación, participación política o igualdad de derechos. Por eso es especialmente importante rescatar sus historias. No estamos hablando únicamente de víctimas. Estamos hablando también de mujeres que contribuyeron a construir una sociedad mejor y más democrática.
Si hoy disfrutamos de determinados derechos y libertades es porque hubo personas que lucharon por ellos. Conocer esa historia no es mirar hacia atrás. Es entender de dónde venimos para saber qué queremos conservar en el futuro. Se trata de conocer la verdad de lo que pasó. No de reabrir heridas, sino de entender cómo se produjeron determinados acontecimientos y qué consecuencias tuvieron para esos cientos de miles de personas.
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