Latinoamérica extrema


Daniel Martín.

Julio/26.

 

Las democracias mueren cuando se empieza a desacreditar al adversario, a describirlo como enemigo, cuando se utilizan las instituciones del Estado para perseguir al contrario, cuando la prensa pasa a ser considerada un obstáculo o está prisionera de unos intereses determinados, cuando los jueces son utilizados como instrumentos políticos y cuando cualquier límite institucional es presentado como un impedimento para gobernar. 

 

América Latina vuelve a virar hacia la derecha. En algunos países hacia una derecha democrática y liberal; en otros, hacia proyectos que no esconden su admiración por el autoritarismo, el nacionalismo excluyente y la demolición sistemática de los contrapesos institucionales. No se trata de un fenómeno uniforme ni responde a una única causa, pero sería una ingenuidad monumental ignorar el peso que Estados Unidos continúa ejerciendo sobre el continente, mediante su influencia económica, política, cultural y mediática. 

La historia, además, no admite demasiadas discusiones. Durante más de un siglo, Washington ha considerado América Latina como su área natural de influencia. Desde la Doctrina Monroe hasta las intervenciones de la Guerra Fría, pasando por el respaldo a dictaduras militares en Chile, Argentina, Brasil, Guatemala o Nicaragua, el objetivo ha sido recurrente: impedir la consolidación de gobiernos considerados contrarios a los intereses estratégicos estadounidenses, independientemente de que hubieran llegado al poder mediante elecciones democráticas. 

Javier Milei, presidente de Argentina, el perfecto ejemplo de político populista de extrema derecha, permanentemente  instalado en la hipérbole política.

No es absurdo afirmar que la realidad de 2026 es idéntica a la de 1973. Ya no hay golpes de Estado patrocinados con la misma impunidad ni desembarcos de marines para imponer gobiernos afines, es cierto. Sin embargo, la injerencia sigue existiendo, aunque adopte formas mucho más sofisticadas: financiación de programas de fortalecimiento democrático, presión diplomática, apoyo a determinadas organizaciones civiles, influencia empresarial, grandes fondos de inversión, redes sociales dominadas por corporaciones estadounidenses y un poder financiero difícilmente comparable con el de cualquier otro actor internacional.  

José Antonio Kast, presidente de Chile, combina conservadurismo social, mano dura, la reducción del Estado, y la  liberalización económica, 

Lo verdaderamente preocupante no es esa capacidad de influencia exterior, sino el terreno fértil que encuentra en sociedades profundamente desencantadas. La corrupción endémica, el aumento de la inseguridad, el estancamiento económico y la incapacidad de buena parte de las élites políticas para ofrecer soluciones han abierto la puerta a dirigentes que prometen orden, mano dura y soluciones simples para problemas extraordinariamente complejos. 

Los datos de Latinobarómetro llevan años advirtiendo del deterioro del respaldo ciudadano a la democracia representativa. La confianza en las instituciones democráticas continúa descendiendo y una parte creciente de la población considera aceptables fórmulas de gobierno menos democráticas si prometen eficacia frente al crimen o la crisis económica. Ese desgaste constituye el verdadero caldo de cultivo del auge de opciones radicales.  

En este contexto resulta especialmente inquietante observar cómo determinados sectores políticos latinoamericanos reproducen casi miméticamente el discurso de la nueva derecha estadounidense: guerras culturales permanentes, negacionismo climático, ataques sistemáticos contra la prensa independiente, demonización de las minorías, desprecio hacia las organizaciones internacionales y una utilización constante de la desinformación como herramienta política. 

Afirmar que Washington diseña cada victoria electoral de la derecha latinoamericana sería una simplificación, más próxima a la conspiranoia, que a un análisis serio sobre la responsabilidad que del auge del fascismo tienen las propias sociedades y de sus dirigentes nacionales.  

Las urnas no son aparatos manejados a distancia desde un despacho en Washington, desde luego. Pero tampoco puede negarse que existe una poderosa infraestructura económica, tecnológica, comunicativa y política que favorece la circulación de determinadas narrativas y modelos ideológicos procedentes de Estados Unidos, amplificando su capacidad de influencia mucho más allá de sus fronteras.  

La paradoja es devastadora. Muchos de las figuras políticas de extrema derecha alcanzan el poder prometiendo defender la soberanía nacional frente a supuestas injerencias extranjeras, mientras abrazan sin demasiados reparos recetas económicas, discursos políticos y estrategias comunicativas importadas casi íntegramente desde Estados Unidos, porque estamos tan influenciados por la “cultura estadounidense” que no percibimos a Estados Unidos, como el “extranjero”. 

La democracia latinoamericana no se fortalecerá sustituyendo unos populismos por otros. De nada servirá cambiar a Maduro por maría Corina Machado, son igual de perniciosos para la libertad de los venezolanos. Tampoco cambiando el color ideológico del caudillo de turno.  

Las democracias mueren cuando se empieza a desacreditar al adversario, a describirlo como enemigo, cuando se utilizan las instituciones del Estado para perseguir al contrario, cuando la prensa pasa a ser considerada un obstáculo o está prisionera de unos intereses determinados, cuando los jueces son utilizados como instrumentos políticos y cuando cualquier límite institucional es presentado como un impedimento para gobernar. Es un hecho objetivo que la democracia, a nivel global, se está deteriorando a velocidad supersónica. 

Los principales indicadores internacionales muestran que la calidad democrática en Iberoamérica continúa siendo desigual y, en numerosos países, frágil. Ese deterioro exige reconocer que las grandes potencias siguen ejerciendo una influencia considerable sobre los equilibrios políticos latinoamericanos y que los extremismos —sean del signo que sean— encuentran el terreno abonado cuando las instituciones dejan de ofrecer respuestas eficaces a los ciudadanos.  

La verdadera amenaza no proviene de la derecha o la izquierda. La amenaza aparece cuando cualquier proyecto político, parapetado tras banderas patrióticas o intereses geopolíticos, convierte la democracia en un simple instrumento para conquistar el poder y en lugar de en un sistema de límites destinado precisamente a impedir que nadie pueda apropiarse de ella. 


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