Las 8:12, eternas.


Carmen Prieto Gómez.

Abril/26.

Todos los días salgo a pasear y hoy me senté en el andén como quien se sienta a esperar a alguien.

No esperaba a nadie en concreto, pero me senté con esa postura antigua de quien todavía confía en que algo llegue.

La estación de tren de mi pueblo está cerrada y abandonada. Las ventanas tienen los cristales empañados de polvo y telarañas, como ojos que decidieron no volver a mirar.

El cartel con el nombre del pueblo apenas se sostiene; las letras, despintadas por el sol y el invierno, parecen querer borrarse del mundo.

Las vías, oxidadas, se pierden en el horizonte como dos líneas que ya no conducen a ninguna parte.

Aquí ya nadie espera a nadie.

Nadie consulta horarios.

Nadie se despide agitando la mano desde la ventanilla.

El silencio es tan espeso que parece tener peso propio. Solo el viento se atreve a cruzar el andén, arrastrando hojas secas y algún papel olvidado que insiste en moverse, como si todavía tuviera un destino.

Las cosas cuando no son miradas, se pudren con educación, sin hacer ruido.

Miré el reloj de la estación, que marcaba las 8,12h, y en realidad eran las 18,00.

Como si el tiempo hubiese decidido quedarse atrapado en un instante que nadie recuerda.

Quizá fue la hora del último tren.

Quizá la última despedida.

Quizá el momento exacto en que alguien prometió volver.

Pensé que tal vez el tiempo no se detuvo de golpe, sino que se fue ralentizando poco a poco.

Quizá en esta estación, el tiempo no pasa: se queda esperando.

Esperando a que alguien vuelva a necesitarla.

Esperando a que alguien vuelva a mirar el reloj y decida que todavía no es tarde.


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