La invasión no llega desde el Magreb.  


Josemi Montalbán.

Junio/26.

 

Insiste mucho nuestro patrioterio en difundir el miedo al inmigrante hablado de “invasión”, de cambio racial en España, naturalmente por culpa del pérfido sanchismo que todo se lo consiente a esa gente que nos invade desde África, otra vez, dispuesta, otra vez, a conquistar la Hispania cristiana y no musulmana, que los “moros” solo deben invadir España si lo hacen para violar y degollar republicanas a las órdenes de asesinos como Queipo o Franco, si no, pues no. 

El pueblo español, en sus epígrafes, indolente, inculto, y servil, acepta mayoritariamente la idea de que, en efecto estamos siendo invadidos por gente de tez tostada que, sin embargo, viene a ganarse el pan honestamente, y a los que los necios están ya combatiendo con violencia, solo porque rezan a un Dios distinto del Dios de los necios. No se dan cuenta los necios de que la verdadera invasión, el cambio poblacional, no está llegando en patera desde África para ganarse la vida en España, sino que llega a España a bordo de aviones y en primera clase, para traernos un mensaje, su mensaje divino, porque, aunque rezan a un mismo Dios, los evangelistas que han proliferado como setas al calor del oro público que se derrama en Madrid para cualquier estupidez fascista, sí son peligrosos para la España tradicional, aunque sean aliados de los tradicionalistas españoles, siempre partidarios de la involución, el fanatismo, y la superstición que adormece a los pueblos, porque con ellos llega envuelto en demagogia y "milagrismo", el "terraplanismo", el “iluminatismo”, la creencia a ultranza en unos evangelios que se predican con histerismo dese la secta evangélica, pero que después no se practican ni por los propios predicadores, exactamente lo mismo que ocurre con la secta católica, pero sirve para sumar adeptos y cambiar la sociedad española, haciéndola más fanática en la creencia de un mito que, de momento, solo es eso, mito. 

Esos críos, los MENAS (MEnores No AcompañadoS), tan peligrosos, que asustan tanto a nuestros patriotas, molestan lo justo, armando bulla en la calle cuando los dejan salir de los centros donde están acogidos, mientras un Estado moderno y rico, se piensa que coño va a hacer con ellos, o como endosarles el marrón a otros. En cambio, los evangelistas nos dan el coñazo, nos asaltan, en el tren, en el metro, en el autobús, y sin pedir permiso comienzan a largar su retahíla de chorradas divinas, entre gritos y promesas de los peores infiernos y castigos para aquellos pobres desgraciados que incumplan los preceptos que enumera el charlatán que le da la brasa, y que ha allanado el transporte público sin que la presencia de la pública policía haga acto de presencia, como sin duda lo haría si uno de esos africanos que nos invaden se pusiera a cantar salmos del Corán en mitad del trayecto de doña Virtudes al cine o al trabajo. 

La invasión nos llega desde las muy bien surtidas cuentas corrientes de unos iluminados, de otros vividores del cuento, que, aprovechando la superstición, la bisoñez humana con la que cargamos desde el momento mismo de nuestro alumbramiento, aprovechando el completo desconocimiento que, de nuestra naturaleza, de nuestra propia esencia, de nuestra existencia, padece la especie humana, se hacen millonarios vendiendo humo, lo mismo que cualquier otra Iglesia, solo en que la Iglesia evangélica, en lugar de amasar la fortuna en modo institucional, el oro v a parar a los bolsillos de unos sacacuartos con más morro que Ayuso comentando como corrió peligro de muerte tumbada en una hamaca de la Riviera Maya.  


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