El laboratorio social.
Fernando Alés.
Septiembre/26.
Cada vez que empiezo a escribir esta columna, tengo la duda de si estaré escribiendo algo que pueda ser relevante, o al menos más relevante que otros asuntos.
En esta ocasión no me cabe ninguna duda de que el tema a tratar es, no ya relevante, sino de la máxima importancia por su complejidad y su peligro, tanto social como político.
Ceuta, junto con Melilla, son dos puntos calientes de la geopolítica de la región y, a la vez, dos puntos vulnerables para la seguridad nacional.
Ceuta y Melilla son dos ciudades autónomas que pertenecen al Estado español (desde 1640 y 1497, respectivamente), desde mucho antes de la independencia del Reino de Marruecos en 1956, que anteriormente había sido, durante cuarenta y cuatro años, una división colonial bajo protectorados europeos, principalmente el francés y el español.
Pero hete aquí que, desde el reinado de Hassan II y ahora de su hijo Mohamed VI, son reclamadas como parte de Marruecos en su afán expansionista.
Y si ya en tiempos de Hassan era compleja la relación política, ahora, con el reinado de su hijo Mohamed, es más que política: es amenazante.
Se da, por otro lado, la circunstancia de que el Gobierno español ha condenado las actuaciones genocidas del Estado de Israel sobre Gaza y, por otro lado, su negativa a permitir la utilización de las bases norteamericanas en nuestro país para la guerra ilegal de EE. UU. contra Irán.
Esto ha puesto a sus dos líderes, Benjamín Netanyahu y Donald Trump, manifiestamente en contra del Gobierno español y, por lo tanto, a favor del sátrapa marroquí, no sin contemplar la posibilidad de controlar el estrecho de Gibraltar si sus pretensiones prosperan…
Con todo esto, a finales del mes de julio se produjo una entrada masiva de inmigrantes desde Marruecos a la ciudad autónoma.
Se habla de entre 70 000 y 80 000 inmigrantes que, con la «indolencia» de las autoridades marroquíes y la posible colaboración de los servicios secretos de Israel y EE. UU., cruzaron la frontera de forma irregular.
Con una rápida y eficaz gestión, se logró que unos 60 000 o 70 000 volvieran a Marruecos en los días siguientes, mientras que del orden de 8000 o 10 000 permanecen aún en la ciudad autónoma.
(Todas las cifras anteriores son aproximadas, puesto que no hay cifras oficiales).
Y aquí es donde entran en juego el resto de los elementos de esta compleja situación.
Por un lado, tenemos a Trump y Netanyahu, que han sembrado la semilla del enfrentamiento esperando recoger un fruto geopolítico y deshacerse de un Gobierno incómodo para su ideología y sus intereses.
Por otro lado, está el monarca alauita, un sátrapa en toda regla que abre y cierra su frontera a la migración utilizando a su propio pueblo como ganado, como medida de presión y chantaje manifiesto hacia el Estado español y, por ende, a la Unión Europea; utilizando a inmigrantes subsaharianos y a su propio pueblo como munición humana para socavar la seguridad y la integridad del Estado español con el único fin de conseguir sus objetivos.
Y, desde dentro de nuestro país, tenemos a lo más deleznable del panorama político de la patria: la derecha y la ultraderecha que, apoyando directa o indirectamente a grupos y agitadores de la vida social y de ideología neofascista, están creando un clima de crispación, inseguridad y miedo, generando así un sentimiento de odio con el único fin de utilizar a la población ceutí en contra del Gobierno de la nación.
Sin ir más lejos, tenemos a Juan Jesús Vivas, presidente de la ciudad autónoma, que si bien en un primer momento tuvo palabras de elogio para la colaboración con el Gobierno central, a raíz de la visita de «ilustres» miembros de su partido solo ha sabido descalificar, cuestionar y poner palos en las ruedas a cualquier iniciativa, quedando como un pelele a las órdenes de jerifantes muy por encima de las buenas intenciones y la solución del problema.
Y en el punto de mira de todo esto está el Gobierno de la nación, objetivo indiscutible de todos los elementos anteriores.
A saber: genocidas invasores, fascistas ególatras neoliberales, una derecha española reaccionaria y soberbia, una ultraderecha oportunista y rastrera que solo actúa en su propio interés y, por desgracia, una población ceutí agobiada, inducida y sobrepasada por los acontecimientos, que en parte manifiesta su miedo a través del odio hacia el más débil.
Cada uno de ellos, desde sus despachos, desde sus torres de marfil, solo está esperando que el fruto del odio madure y caiga con todo su peso para recoger la cosecha y utilizarla en su beneficio.
Algo que realmente me ha sorprendido estos días de atrás ha sido una manifestación de patriotas inmundos que, como ya sucedió en el paso de Rafah, en Gaza, han impedido la entrada de un convoy de la Cruz Roja con ayuda humanitaria y alimentos para los inmigrantes, mientras otro grupo de impresentables bestias fascistas (porque esto es fascismo) se adentraba en la playa a destruir y quemar las pocas pertenencias de esta gente.
El laboratorio social está servido; de sus resultados depende, en gran medida, nuestra calidad de vida como personas o, quién sabe, si nos convertiremos en otra cosa.
No puedo seguir, es imposible que pueda definir a estas bestias si no es con un sentimiento de profundo asco.
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