Me hierve la sangre
He sopesado mucho perpetrar esta columna, por respetar el dolor de las víctimas y por dejar que la rabia tome ventaja y se aleje con el paso de las horas, si al final me siento para aporrear teclas es porque me puede el nivel de vileza, de <<hijoputismo>> desvergonzado y bestialismo que estoy viviendo a mi alrededor. Sigo conmovido, no obstante, por la terrible tragedia ferroviaria que se ha cobrado la vida de 69, de mis compatriotas, gentes a las que no conocía, pero que no tenían por qué morir, y me jode que hayan muerto.
El accidente de Urda pone de manifiesto, diga lo que diga el ministro del ramo, asevere lo que asevere el presidente del Gobierno y a pesar de que sea real la excepcionalidad de ambos accidentes, que dos tragedias tan graves como la de Adamuz y esta a la que me refiero, en efecto, son demasiado para España; que esa red de alta velocidad ferroviaria que es la envidia de Europa se ha descuidado por este y los gobiernos anteriores; que el nivel de inversión es realmente insuficiente para mantener una línea sobrepasada a consecuencia de la liberalización del sector, con tres compañías operando con un sistema diseñado y establecido para el funcionamiento de una, nimio detalle en el que pensó nadie en la Europa que nos impuso la liberalización, ni en el Ejecutivo que traga con la imposición, ni la madre que a todos me los parió.
Parece obvia la necesaria revisión de todo el entramado ferroviario español, con líneas que han desaparecido porque no son rentables, aunque sí necesarias; con trayectos en los que, para ir del punto A al punto B, te pasean por todo el abecedario; con regiones todas conectadas con Madrid, pero desconectadas entre sí, etc. Parece urgente una profunda y pormenorizada inspección de las líneas y sus sistemas de seguridad, aunque eso signifique paralizar el servicio varios días. Es evidente que algo falla.
El accidente de Urda ha puesto de manifiesto, una vez más, lo mejor de España: sus gentes, solidarias, valientes, comprometidas en la tragedia, donde no hay zurdos ni diestros y todos somos españoles arrimando el hombro para ayudar a seres humanos sin pedir pasaporte. El personal sanitario en huelga, que deja sus reivindicaciones a un lado y acude a sus puestos de trabajo dispuesto a dar lo mejor de sí para ayudar a los demás; los maestros en huelga, que dejan a un lado sus reivindicaciones para correr a donar sangre; los vecinos de los pueblos de alrededor del lugar del accidente, que dejan a un lado lo que están haciendo y acuden rápidamente con sus coches particulares para apoyar en lo que puedan a unos servicios de emergencia que llegan desde toda España para auxiliar a las víctimas; la solidaridad del resto del Estado, aportando sangre, agua, alimentos; Iberia, copando precios, mientras las multinacionales del <<rent a car>> los dispara…
El accidente de Urda, por desgracia, ha dejado una vez más al descubierto lo peor de España: una clase política ruin, inculta, amancebados en gañanía, necrófila y carroñera, que no ha dudado ni un segundo en darse a la pitanza política con los muertos aún esparcidos por un terraplén; gente corrupta, indecente, miserable e indeseable, malnacidos sin la más mínima dignidad, que han rentabilizado electoralmente el dolor de muchas familias. Hienas a las que, por corresponder, nadie debería votar, pero que se han visto -y se van a ver- secundadas en su vileza por una legión de fanáticos, bestias torpes, desmemoriadas e imposibilitadas para el razonamiento, que no han dudado en salir en estampida, arrollando cualquier cosa que no fuese lo suyo y que no se han cortado a la hora de embestir a cualquiera que les haya afeado su falta de empatía, tacto y sentido común. Una horda de bárbaros dispuestos a linchar a cualquiera que no grite << ¡Viva Cristo rey! >> porque ellos, y solo ellos que llevan una pulsera con los colores de la bandera en su muñeca y una estampita del Sagrado Corazón en la cartera, tienen derecho a llamarse patriotas, aunque les importen un sestercio sus compatriotas, una troupe de palurdos inaccesibles a la inteligencia que son los primeros en palmar de hambre cuando los suyos alcanzan el poder.
El accidente de Urda ha puesto, una vez más, de manifiesto el repugnante y desvergonzado servilismo de una piara de medios de comunicación que, arrodillados y con llagas en la boca, se postran ante un señor que los alimenta y engorda con el pienso de todos, para que luzcan lustrosos a la hora de salir en televisión y alabar el buen gusto del señor a la hora de vestir. Y es que, con el amo, nunca ocurrirá un accidente y, si ocurre, siempre será culpa de otro.
El accidente de Urda y sus posteriores repercusiones dejan clara a la ciudadanía la naturaleza disparatada del discurso populista que pregonan los pastores de la salvación, prometiendo bajadas de impuestos al mismo tiempo que mejoras y ampliaciones de los servicios públicos. O nos toca la lotería o nos están mintiendo, porque los milagros no se dan en un país presuntamente aconfesional como España. Y digo lo de presuntamente porque ya verá usted cómo, al final, por algún lado, en el funeral de Estado, en la misa, en el acto de homenaje…, se cuela algún cura a darnos el sempiterno sermón sobre que en la otra vida ya no hay penas y que, por eso, en esta no pasa nada si se pena un poquito, y hay que dejar las cosas como están, que la pasta hace falta para curas, para toreros, para campeonatos de bólidos, para trasladar dictadores o para comprar chismes para matar al <<amigo>> americano, y que lo del tren es secundario, porque primero es España y después los españoles. Sin decir que los servicios de emergencia que tan rápidamente acudieron a salvar las vidas de nuestros conciudadanos, los hospitales donde curan sus heridas, los profesionales que atienden a sus familias, los recursos de todo tipo movilizados por el Estado en el auxilio de las víctimas se financian con los impuestos, y que para darse cuenta del disparate al que nos conducen los pastores, basta solo con imaginar una tragedia como la de Urda gestionada por empresas privadas que primero pasan la factura y después, si eso…
El accidente de Urda me hace reflexionar sobre lo extraña que es esta capacidad mía para mantener la cabeza fría, a pesar de que me hierve la sangre, y no colar en todo el escrito ni un solo exabrupto de los que se me acumulan en los dedos, debe ser verdad que me estoy haciendo viejo.
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