He Tenido un Sueño


Josemi Montalbán.

Agosto/26.

 

"no soy tan ingenuo. No voy a soñar con un país unido, que camine hacia un ideal común de civilización y progreso, con compatriotas <<sentados a la mesa de la fraternidad>>"

Fue un día como hoy, mi estimado Buenaventura, en 1963, en un acto desarrollado en el Lincoln Memorial de Washington, cuando Martin Luther King intervino ante una multitud de más de 250.000 personas que se manifestaron para exigir derechos civiles durante la llamada Marcha sobre Washington por el Trabajo y la Libertad, una movilización que buscaba presionar al Gobierno federal para que garantizara, de una vez por todas, los derechos civiles de la población afroamericana, asediada por el imperante racismo de los supremacistas blancos. Aquella jornada quedó inscrita en la historia como el día en que Martin Luther King Jr., un pastor, activista y ya entonces figura central del movimiento por los derechos civiles, pronunció uno de los discursos más decisivos del siglo XX.

King tomó la palabra ante una multitud que desbordaba la explanada. Su intervención comenzó con una descripción del país como un territorio dividido entre <<el lugar de las penumbras y del desolado valle de la segregación>< y <<el camino iluminado por el sol de la justicia racial>>. Era una metáfora precisa del conflicto moral que atravesaba Estados Unidos -en realidad, todo Occidente-, una nación que proclamaba la igualdad, pero que seguía sosteniendo estructuras de discriminación y recelo, odio y, a la par, miedo, profundamente arraigadas.

El momento culminante llegó cuando King, dejando a un lado el texto escrito, se lanzó a la improvisación que haría inmortal su mensaje: <<Tengo un sueño…>>. Con esa simple frase articuló una visión de futuro que desbordaba el discurso político: <<Mi sueño es que un día esta nación resurja y viva según el verdadero sentido de su credo>>, afirmó, recordando que la promesa fundacional estadounidense -la igualdad de todos los seres humanos- seguía incumplida. Evocó las <<amarillentas colinas de Georgia>>, donde imaginaba a los descendientes de esclavos y de propietarios sentados juntos <<en la mesa de la fraternidad>>.Aquel discurso no solo cautivó a quienes lo escucharon en directo. Aquella marcha aceleró el impulso político que desembocaría, un año después, en la Ley de Derechos Civiles de 1964 y, en 1965, en la Ley de Derecho al Voto.

King habló de la necesidad de caminar juntos, como nación, hacia un objetivo común de paz, progreso y civilización. Pero Martin era un iluso y pagó su abrazo a la utopía con la vida.

Yo, mi estimado Buenaventura, no soy tan ingenuo. No voy a soñar con un país unido, que camine hacia un ideal común de civilización y progreso, con compatriotas <<sentados a la mesa de la fraternidad>>, que se paren a medir sus acciones y reacciones; con españoles que respeten los derechos humanos, que entiendan la desesperación de quien se juega la vida para intentar tener un futuro, no ya mejor, simplemente futuro; no voy a soñar con un país en el que los políticos no hagan trampas ni cambalaches electorales jugando con la vida de la gente, con su futuro, ni hagan demagogia con el dolor ajeno.

No voy a soñar con un país en el que escuadrones de fascistas no salgan a destruir mobiliario público con la excusa de combatir a un enemigo inexistente, ni patrullas de asesinos en potencia que recorren las calles a la <<caza>> de seres humanos, dando rienda suelta a su instinto criminal con la excusa de proteger el virgo de su abuela, una jauría de hienas azuzada contra el débil por políticos miserables. No llega a tanto mi ceguera.

No. Mire usted, mi estimado Buenaventura, yo solo he tenido un sueño: he soñado que vivía en un país en el que los ciudadanos y los políticos cumplían una Constitución a la que nadie mira, ni tiene en cuenta nadie, salvo para usarla como escopeta.

Ese ha sido mi sueño


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