¿Volverán las Golondrinas?


Fernando Alés.

Julio/26.

 

 

Volverán las oscuras golondrinas. 

Con esta rima, Bécquer quiso explicar que la vida y el amor siempre vuelven de forma cíclica. De la misma forma, pero haciendo una interpretación un tanto sui generis, me permito adaptar la rima a la situación actual, a nuestra realidad, sustituyendo las románticas golondrinas por inquietantes y amenazadores buitres y otras alimañas no menos oscuras. 

Vivimos tiempos social y políticamente convulsos, con la amenaza constante de lo más reaccionario de nuestra sociedad. El fascismo campa por la democracia como Pedro por su casa, de pensamiento, palabra y obra (que no de omisión). 

Nuestra sociedad, tolerante y adormecida, se ha convertido en una ficticia burguesía acomodada, empobrecida, con deudas y falta de valores. Permite que los poderes fácticos se hayan afianzado en las instituciones como un cáncer que nunca debió estar aquí. Incluso diría que ve con buenos ojos que estén y que acosen constantemente los valores democráticos. 

Eso, unido a la gran cantidad de analfabetos políticos seducidos por discursos populistas, fáciles de entender por quienes poco comprenden las consecuencias de lo que aplauden; y por quienes, creyendo que tienen algo, temen perderlo, cuando lo que realmente puede pasar es que pierdan aquello que un Estado del bienestar —que quieren destruir— les ha permitido conseguir. 

En una democracia, el pueblo vota y elige a quien debe gobernar sus destinos, sus vidas y sus economías. Pero el resultado de esas votaciones es un contrato cerrado de cuatro años, donde apostamos todo nuestro bienestar en una papeleta. 

España es un país peculiar, donde la derecha, al contrario que en otros países en los que luchó contra el fascismo, es la heredera directa de ese fascismo; donde tenemos en casa al perro rabioso, ciego de soberbia porque no puede decidir nuestros destinos como le gustaría. 

Tenemos ejemplos notables de ese fascismo (o neoliberalismo, llámalo como quieras) en países como EE. UU. o Argentina, donde el pueblo soberano eligió ponerse la soga al cuello, dejando en manos de sus dirigentes la decisión de apretarla cuanto quisieran. 

Palabras como «comunismo» y «dictadura» son mensajes fáciles para asustar a los ignorantes con aquello de que viene el coco. 

Vamos, el típico asustaviejas. 

El fascista necesita individualismo para llevar a cabo su obra. El egoísmo y la miseria moral son el pan con el que alimentan a sus acólitos. La patria y la bandera son sus señuelos, y el pobre botarate de a pie se alimenta de ello como si fuera una droga, sin ver nada más. 

Circula por las redes una frase atribuida a Machado (aunque dudo mucho que sea suya): 

«En tiempos duros, los señoritos invocan a la patria y la venden...» 

Y continúa diciendo: 

«El pueblo ni siquiera la nombra, pero la compra con su sangre y la salva.» 

Con esto quiero decir que las clases altas nunca han salvado al país de nada; solo se han aprovechado de las mentes incautas que se han creído sus discursos. 

En este sentido, hay una cita atribuida a Sócrates, hace unos 2.400 años: 

«Una democracia sin educación crítica caerá inexorablemente en manos de demagogos capaces de explotar deseos, temores y la necesidad de respuestas fáciles.» 

Volviendo al título de este mes, me pregunto si volverán esas negras aves (en este caso, no las golondrinas, sino los buitres y demás carroñeros) de mal agüero a volar sobre nuestras cabezas. 

Ya lo hicieron hace noventa años, cuando una república floreciente, a pesar de sus dificultades y sus carencias, y precisamente por culpa de ellas, fue víctima de terratenientes, Iglesia y militares, acabando con un sueño antes de poder consolidarse. 

Hoy en día todo es más sutil, pero no menos preocupante. 

El fascista utiliza las herramientas que tiene a su alcance y lo hace con maestría, a saber: 

Medios de comunicación afines al régimen, previa suculenta subvención. Gran parte de la judicatura, educada en el franquismo como clase privilegiada y defensora de esa clase y de su statu quo. 

Las fuerzas de seguridad del Estado, que, al igual que los anteriores, cuentan con mandos educados en la defensa de las clases privilegiadas. 

Y después están los agitadores profesionales y los influencers políticos, fascistas ellos, de nuevo cuño. 

Que, como buenos oportunistas, aprovechan el «río revuelto ideológico» para sacar los mayores beneficios. 

Y con esto lo tienen todo a su alcance, con muy bajo coste. 

Todo menos el voto del pueblo; ese les sale gratis. 

Así es España, al menos media España. Damos la llave de nuestro bienestar a cambio de nada o, peor aún, a cambio de una involución palpable, que nos va a hacer volver a tiempos en los que, si se estropeaba la tele, tenías que esperar meses para comprar otra o pedir un préstamo a ese director de banco tan majete que te sacaba los ojos con una sonrisa. 

De los nuevos iPhone 17, 18 y siguientes ya os podéis ir olvidando o empeñaros, si es que no estáis ya empeñados hasta las cejas. 

(Digo esto a modo de ejemplo, para que os hagáis una idea; a ver si con un poco de suerte remuevo conciencias). 

Recortes o, directamente, supresión de derechos y libertades. 

Toros, caza, procesiones, ferias, pan y circo vais a tener de sobra, pero olvidaos de una beca de comedor, un pediatra, una cita médica o quirúrgica, etc.; vamos, cosas fundamentales en la vida de cualquiera. 

La prueba la tenéis en muchas comunidades autónomas, como preludio de lo que viene. 

En fin; yo, como Martin Luther King, también tengo un sueño. 

Espero que no se vuelva una pesadilla. 

Quizás haya sido muy catastrofista, pero, viendo, escuchando y leyendo lo que leo, no es mala cosa ponerse en lo peor y después decir, aliviado, que no era para tanto. 

Y con esto doy por finalizada mi columna de este mes, con una frase de cuño propio: 

El que sepa leer, que lea. 


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