Me hagan el favor


Josemi Montalbán.

Octubre/26

 

Mientras la ciudad dormía, el insomnio me hacía pensar en un pueblo indolente, adocenado, embrutecido, profundamente estúpido, que camina con paso firme hacia un abismo político, social y económico del que le será imposible recuperarse, si es que se recupera alguna vez, antes del próximo milenio.

 

Un pueblo estrechamente abrazado al dogmatismo y a la locura populista de la más grotesca extrema derecha del planeta, que hace que el fascismo que avanza en Europa, alimentado por el nazismo MAGA y sus discursos autoritarios, parezca una arenga lanzada a la tripulación en el acorazado Potemkin.

En España de siempre hemos sido muy particulares, fieles amantes del verdugo y leales servidores de insanos y farisaicos gañanes feudales. Por eso, mientras el fascismo más impresentable del mundo -que ya hay que ser impresentable- gana espacio en las instituciones, en las redes sociales y en el debate público, no exigimos a nuestros representantes de presunta izquierda que se pongan de acuerdo sí o sí para presentar una alternativa seria capaz de frenar al monstruo, y les permitimos continuar atrapados en una batalla interminable de egos.

Lo de nuestra presunta izquierda no es una cuestión de profundas diferencias ideológicas ni de incompatibilidades programáticas insalvables. Es, simplemente, una lucha por el liderazgo, por estar al frente de un proyecto que, precisamente por estar enfrascados en la lucha por liderarlo, nace condenado y no va a servir de nada. Y el monstruo fascista se va a merendar, uno por uno, a esos aspirantes al liderazgo y, con ellos, al resto de los españoles.

Resulta difícil explicar a un ciudadano progresista por qué fuerzas que comparten gran parte de sus propuestas son incapaces de construir un proyecto común sólido y duradero. Cada desacuerdo táctico se convierte en una ruptura del proyecto de izquierda y en una victoria para el autoritarismo y la autocracia, para la privatización, la desigualdad y la injusticia que vienen, fieles compañeras, del brazo del fascismo liberal.

Cada discrepancia organizativa de esa presunta izquierda deriva en una escisión. Cada proceso de negociación se convierte en un campo de batalla donde el adversario principal no está enfrente, sino sentado en el escaño contiguo. La izquierda española no sabe lo que es el pragmatismo, pero se ha estudiado muy bien el manual del liderazgo.

La consecuencia de este comportamiento es dejar al pueblo a los pies de la bestia fascista que va creciendo mientras la izquierda se entrega en cuerpo e ideal a dirimir conflictos internos. La derecha y la extrema derecha consolidan sus espacios de poder y presentan una imagen de cohesión estratégica con el acercamiento de la presunta derecha constitucionalista a los postulados de la extrema derecha involucionista, ofreciendo al ciudadano la fantasía de un proyecto de país donde no hay más que un vacío cósmico, en mitad del cual flota el interés por mantener y aumentar cuanto les sea posible el privilegio de los privilegiados, a costa del sacrificio de ese pueblo del que le hablaba al principio.

Los ciudadanos que no nos hemos dejado engañar por el <<España es un desastre>> con el que miente Aznar asistimos, con creciente frustración, al lamentable espectáculo de ver cómo quienes dicen defender los servicios públicos, los derechos laborales o la justicia social son incapaces incluso de ponerse de acuerdo para la defensa de todo eso que dicen defender.

La historia demuestra que las grandes transformaciones sociales han necesitado de amplias alianzas, de encarnizada lucha, donde la unión política ha sido fundamental. Sin embargo, una parte de la izquierda española sigue actuando como si la pureza ideológica, el ADN <<rojo>>, fuera más importante que la eficacia política en la defensa de nuestros derechos y libertades.

El resultado de ese enfrentamiento fraticida es un mosaico de organizaciones fragmentadas que compiten por el mismo electorado, debilitándose mutuamente y alimentando la desmovilización ciudadana en favor de un monstruo que cuenta con un colchón permanente y seguro de votos inasequibles a la razón.

Nadie les exige unanimidad a nuestros representantes de presunta izquierda; nos basta con la unidad. En democracia, las discrepancias son inevitables y, además, saludables. Lo que resulta catastrófico es la incapacidad de la izquierda <<morserguera>> para comprender que un rival político puede ser, sin embargo, un compañero de espacio ideológico que fortalece ese espacio ante la embestida de la bestia fascista.

Si la izquierda no es capaz de superar sus rencillas y construir una alternativa esperanzadora, seguirá regalando el poder a quienes cuestionan principios básicos para los pueblos, como la igualdad, el pluralismo y la convivencia democrática, los servicios públicos...

La amenaza autoritaria no se combate con fuego cruzado; es una táctica absurda. Se combate con unidad, inteligencia, humildad y una voluntad real de anteponer el interés colectivo a las ambiciones particulares y/o partidistas.

Si no son ustedes capaces de ponerse de acuerdo, señoras y señores <<zurdos>>, para presentar un bloque sólido, capaz de confrontar con el sólido bloque que presentan los fascistas, ¿para qué coño los queremos? ¿De qué nos va a servir a los españoles que nos masacren individualmente, todos con nuestra dignidad a salvo, eso sí?

No les pido. Les exijo que se pongan de acuerdo, porque es necesario que, en esta ocasión, quienes nos quedamos en casa en las citas electorales porque no nos sentimos representados por ningún partido tengamos una opción que, aunque no nos represente, podamos votar porque, al menos, nos abrigue de cierta esperanza en un futuro de progreso frente al nefasto feudalismo bárbaro que nos traen los involucionistas.

Sumen, no resten.

Me hagan el favor.


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