Juan Martín Díez, “El Empecinado”: un guerrillero que incomodó a todos.
Jaime Tenorio.
Septiembre/26.
Tras el levantamiento contra la invasión napoleónica, un vallisoletano, Juan Martín Díez, conocido como “El Empecinado” -aquel sobrenombre le venía debido al color de las aguas del río Botijas, que teñía de “pecina” a los habitantes su pueblo, Castrillo de Duero- organizó una de las guerrillas más eficaces que combatieron al francés, basándose en un conocimiento absoluto del terreno y una movilidad excepcional, hostigó convoyes franceses, cortó comunicaciones y obligó a los mariscales de Napoleón a destinar importantes fuerzas para combatirlo. Sus acciones fueron tan constantes que el propio Napoleón ordenó capturarlo “a cualquier precio”. El Empecinado llegó a reunir más de 5.000 hombres, y su figura se convirtió en símbolo de resistencia popular y de guerra irregular, anticipando tácticas que hoy se estudian en academias militares.
El Empecinado convirtió la comarca de Aranda en un verdadero matadero para las columnas francesas. Aquellos campesinos, la mayoría sin experiencia militar -no era el caso del Empecinado, que ya había combatido a los franceses en la Guerra contra la Convención- no presentaban batalla sino llevaban a cabo acciones aisladas y de improviso, llegaban, atacaban, y huían, apoyados en una red de informadores que suministraban informes sobre los movimientos gabachos en una campaña de hostigamiento continuo que desesperó a los mariscales imperiales que no estaban acostumbrados ni sabían como enfrentar a una guerrilla. A finales de 1808, Juan Martín Díez organizó un sistema de guerrilla tan eficaz que los franceses no podían mover un convoy sin perder hombres y en numerosas ocasiones también pertrechos.
En enero de 1809, una columna francesa salió de Aranda con víveres, munición y correspondencia militar. El Empecinado, con apenas 300 hombres, la siguió durante horas sin ser detectado hasta llegar al desfiladero de La Ventosilla, un lugar estrecho y boscoso, donde lanzó el golpe: Cortó la retaguardia con un ataque fulminante, mientras descargaba fuego desde las laderas, obligando a los franceses a dispersarse.
Capturó el convoy completo: armas, caballos, documentos y prisioneros, y se retiró antes de que llegaran refuerzos, dejando el camino sembrado de carros volcados y soldados desorientados.
Tras el golpe, el mariscal Bessières -más por disculparse con el emperador que por verdadero enojo- escribió furioso a París que “la comarca de Aranda está infestada de bandidos”. Napoleón respondió ordenando capturar al Empecinado “a cualquier precio”.
El Empecinado demostró que con métodos guerrilleros se podía detener al mejor ejército de la época, algo que ningún ejército regular en Europa había logrado, simplemente paralizando su logística.
Los éxitos militares de Martín Díez alzaron al Empecinado a la categoría de enemigo personal del Imperio, pero lo más importante es que inspiró a otras partidas guerrilleras, que copiaron su modelo de combatir y se levantaron por todo el territorio español.
Tras la expulsión francesa, apoyó el regreso de Fernando VII, convencido de que el monarca restauraría las libertades prometidas y respetaría la Pepa gaditana. Sin embargo, el rey, Fernando VII -otro Borbón- nos salió felón y reinstauró el absolutismo y persiguiendo a quienes defendían la Constitución de 1812. Díez, que había sido nombrado brigadier, se negó a secundar la represión y defendió el orden constitucional durante el Trienio Liberal (1820‑1823). Su coherencia política le costó caro: tras la invasión de los Cien Mil Hijos de San Luis y la restauración absolutista, fue perseguido, encarcelado y finalmente ejecutado el 20 de agosto de 1825, en Roa, donde fue ahorcado tras un proceso irregular. Su carisma quedo patente cuando se negó a arrodillarse ante el verdugo y pronunció su célebre frase: “A los españoles no se les ahorca”. Su muerte simbolizó la violencia del absolutismo fernandino y convirtió al guerrillero en un mártir liberal.
La figura del Empecinado ocupa un lugar singular en la historia española: su vida resume las tensiones de una España que buscaba modernizarse entre invasores y traidores. Su legado, más allá de la épica guerrillera, es el de un hombre que luchó por la libertad incluso cuando el poder que había ayudado a restaurar se volvió contra él.
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