El Proceso
Impertinente.
Septiembre/26.
Aunque el motor de arranque de “Il processo” necesite de todo el primer episodio para encontrar su punto de aceleración, merece la pena esperar pues la paciencia del espectador se verá, en este caso, justamente recompensada.
Diabólicamemte retorcida, esta miniserie italiana de ocho episodios contiene todos los ingredientes que, con toda probabilidad, harán las delicias de los amantes del género de investigación policíaca y procesos judiciales.
Se apoya en un guión muy bien escrito por Alessandro Fabbri -también director de la serie- imprimiendo al relato un ritmo frenético amén de constantes y sorprendentes giros argumentales que hacen indescifrable no sólo su desenlace sino la evolución de la siguiente escena, condenando al equívoco cualquier hipótesis, incluso la del espectador más avispado.
Tal como su título indica, asistimos a un juicio que trata de desentrañar el asesinato de una joven adolescente dando lugar a un intenso y emocionante duelo interpretativo entre la fiscal Elena Guerra y el abogado Ruggero Barone, soberbiamente interpretados por la bellísima actriz Vittoria Puccini y un convincente Francesco Scianna en sus respectivos papeles.
En paralelo y alrededor del asunto principal de la historia, Fabbri fisgonea en la vida privada de estos dos personajes, en sus contradicciones y problemas personales, en sus dudas, flaquezas e inseguridades, en las motivaciones -no siempre honorables- que impulsan sus correspondientes carreras y, finalmente, en los extraños vínculos que con la víctima y el principal sospechoso mantiene cada uno de ellos.
“Il processo” denuncia y pone de manifiesto las muchas irregularidades, subterfugios, triquiñuelas, fallos protocolarios y de administración que vulneran el espíritu mismo del sistema y quebrantan la imparcialidad jurídica.
Y no sería justo terminar sin destacar la deslumbrante fotografía de Benjamin Maier. La monumental ciudad de Mantua -en italiano Montova- cuna del Renacimiento, dueña de una espléndida herencia arquitectónica y declarada capital de la cultura italiana en 2016, sirve de fastuoso escenario para el lucimiento de Maier.
Seguramente a Verdi le hubiera gustado contemplar las regias e imponentes localizaciones, tanto en interiores como en exteriores, en las que, como en su “Rigolleto”, se sitúa la acción de esta apasionante realización.
Y puede que, bajo los arcos del Palacio Ducal, oigamos los lamentos del desdichado Orfeo y la brisa del atardecer nos traiga el son armónico de alguno de los madrigales que Monteverdi compuso bajo el mecenazgo del duque de Mantua hace ahora 400 años.
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