El monstruo de las ochenta y ocho teclas
En casa de mis padres había un piano. Lo tocaba mi hermana mayor. Era algo bastante clásico en los años sesenta: tener un piano en casa y que alguna de las hijas aprendiera a tocarlo, una manera de tener a las chicas ocupadas, aparte de la Sección Femenina y de aquella educación que se daba, casi como una obligación, a las familias de clase media. El piano formaba parte de aquella normalidad. Estaba allí, como un mueble más, aunque para mí nunca fue solamente un mueble. Mi hermana se sentaba delante de él y llenaba la casa de unas notas que entonces me resultaban familiares, aunque yo no sabía todavía qué significaban.
Nunca se me olvidará el día en que un amigo de mis padres se sentó al piano y empezó a interpretar When the Saints Go Marching In, de Louis Armstrong. Recuerdo perfectamente la sensación que me produjeron aquellos acordes. Transmitían una alegría diferente, mucho más libre y contagiosa. Aquello era muy distinto de las canciones y obras que interpretaba mi hermana, como El canto del gondolero o la ya entonces trillada Para Elisa, del afamado Beethoven. Beethoven, por cierto, fue un nombre que durante mucho tiempo me costó escribir correctamente.
Pero aquel día descubrí, sin saberlo, que un piano podía sonar de muchas maneras. Yo tendría unos quince años. Estaba en mi mundo juvenil, reivindicativo de los años setenta, estrenando el cambio de colegio al instituto y, con él, el contacto con un mundo nuevo: un instituto mixto, el descubrimiento de las chicas, nuevas amistades y unos años en los que prácticamente todo parecía suceder por primera vez. La música todavía no había calado en mí. Tardaría unos cinco años más en hacerlo.
Entre los quince y los veinte años se fue formando, casi sin darme cuenta, mi afición por la música. Me llegaba de muchos sitios, pero principalmente de mi trabajo en un pub que se llamaba Free. El Free fue realmente la semilla de lo que vendría después en mi vida. Su historia, como la de otros lugares y personas que aparecen en esta remembranza, merece un capítulo propio.
Pero durante mucho tiempo me tomé la música como un soporte más para salir en la noche. Estudiaba Psicología y estábamos a finales de los setenta. Venían cosas muy interesantes, había mucha música alrededor, pero yo no tenía el piano en mente. Además, tenía una idea bastante clara: el piano era un instrumento que había que aprender desde pequeño, no ponerse con veinte años.
Aun así, cada vez que me sentaba delante de él intentaba tocar aquellos tres acordes básicos de blues y darles vueltas y más vueltas, esperando que de aquellas teclas saliera algo que se pareciera a música. Y allí estaba yo, dale que te pego, hasta que aparecía mi padre desde cualquier rincón de la casa:¡Deja de tocar esa mierda!
En fin… son historias que uno va dejando atrás, pero que siguen ahí. Y cuando uno mira hacia atrás descubre que, sin proponérselo, ha ido dejando un recorrido. Siempre me quedó esa espinita de no haber estudiado piano clásico. Ser autodidacta tiene sus más y sus menos. Puedes aprender mucho a base de oído, insistencia y equivocaciones, pero la técnica es otra historia. Yo pensaba que bastaba con sentarse, soltar las manos sobre el teclado y esperar a que vinieran las musas.
Las musas venían, sí, pero lo justito para que no abandonara del todo a aquel monstruo de ochenta y ocho teclas. El piano que había en casa de mis padres era un Chassaigne Frère, una marca francesa. Y mientras escribo esto me viene otro recuerdo que tenía casi escondido.
Una vez llevé a casa a un catalán que había conocido en las Alpujarras. Todos hemos tenido una época hippy, ¿no? Aquel hombre era un joven luthier y afinador de pianos. No recuerdo su nombre, pero sí recuerdo perfectamente la escena que vino después. Creo recordar que aquel Chassaigne lo habían comprado a los padres de Leones, toda una institución en Granada en esto de los pianos. José María se había formado en Barcelona y, junto a su sobrino Manuel, eran —y siguen siendo en mi recuerdo— referentes de este mundo en nuestra ciudad.
Pero volvamos al catalán. Tengo grabada la imagen de aquel Chassaigne completamente destripado encima de la mesa de la cocina de casa de mis padres. Un piano desmontado, con sus entrañas al aire, como si hubiéramos decidido operar a un monstruo de ochenta y ocho teclas en mitad de la casa.
Aquella noche fue inolvidable. Junto a mi “primacho”, pasamos más de doce horas desmontando el piano, sacando las teclas, poniendo plomo en los contrapesos, aprendiendo a colocar correctamente las “cucharas” y descubriendo que aquel instrumento escondía en su interior todo un mundo de mecanismos.
Desde las seis de la tarde hasta las seis de la madrugada. Y aunque hayan pasado tantos años, todavía puedo verme allí, rodeado de piezas, teclas y herramientas, intentando entender las tripas de aquel piano. Quizá aquella noche fue más importante de lo que entonces podía imaginar.
Porque, sin saberlo, estaba empezando a conocer el piano desde dentro. A principios de los ochenta mantuve contacto con otros “músicos locos” a los que les gustaba esa cosa llamada jazz, que empezaba a penetrar en nuestros oídos como una nueva aventura.
Y para aquello, el rey de entonces era el piano eléctrico Fender Rhodes. Ese iba a ser mi primer piano. Por entonces ya estábamos tocando en locales. No llevaba ni dos meses con el grupo que teníamos, Jazzta, y ya había decisiones bastante radicales que tomar: dejar la carrera de Psicología, estaba en tercero, o intentar compaginarla con la música.
Buscar actuaciones se me daba bien: hacer pasillos, hablar con funcionarios de Cultura y concejales, llamadas telefónicas sin parar, moverme y conseguir que nos llamaran. Pero una cosa era conseguir los bolos y otra muy distinta estar preparado para tocarlos. Había que ensayar y, sobre todo, estudiarse los temas.
Por entonces tirábamos de aquel libro de partituras del cancionero americano que se había convertido en una especie de Biblia para nosotros: el afamado Real Book. Y también estaban los casetes. Aquello sí que tenía su ciencia: marcha atrás, marcha adelante, escuchar una y otra vez un pasaje, volver a ponerlo, intentar sacar una frase… y, cuando la cinta no quería colaborar, allí estaba el lápiz introducido en la abertura del casete para rebobinarlo a mano.
Eran tiempos nuevos para España. El PSOE ganó las elecciones y la cultura parecía desparramarse por todas partes. El Ayuntamiento también era de izquierdas, al igual que la Diputación, y existía una voluntad de llevar la cultura a todos los rincones.
Fender Rhodes
Nosotros lo vivimos desde dentro. Llegamos a hacer dobletes y hasta tripletes. Tocábamos aquí, después allí y, si se terciaba, acabábamos en otro sitio. Y eso, naturalmente, se notaba en nuestros bolsillos. Durante varias décadas se pudo vivir de la música.
Y volviendo al monstruo de las ochenta y ocho teclas, recuerdo una anécdota que ocurrió al acabar un concierto con motivo del 1 de Mayo. Tenía por entonces una formación latina llamada Salsa de Granadilla y nos contrató la Unión Provincial de Comisiones Obreras para actuar el 1 de Mayo en la Plaza Bib-Rambla. Fue en 1983.
Casi ná… hace cuarenta y tres años, y todavía lo tengo en la mente como si hubiera ocurrido ayer. Al acabar la actuación llevé a una amiga a su casa. Después de tomar algo, apenas una hora, salí y me dirigí hacia el coche.
Al principio observé que había ropa tirada en la acera. A medida que avanzaba empecé a reconocerla. Era mía. Era la ropa que había utilizado durante la actuación. Cuando llegué al coche vi los cristales en el suelo. Me habían roto la ventanilla y se habían llevado de la parte de atrás el monstruo de las ochenta y ocho teclas: mi Fender Rhodes.
Aquel cacharro pesaba una barbaridad. Uno se queda ido ante un susto así. Y más cuando todavía no había acabado de pagárselo a Musical Callejas. No solamente me habían robado un instrumento; me habían dejado sin una herramienta fundamental para poder seguir trabajando.
Estuve hasta el amanecer dando vueltas por la zona por si lo encontraba. Al final, el sueño pudo conmigo y me fui a casa. Al día siguiente fui por la tarde a casa de mis padres. Y allí me esperaba una noticia que transformó aquel nudo en una alegría tremenda.
Aquella misma mañana, sobre las seis, unos estudiantes se habían encontrado el Fender en el portal donde vivían cuando salían a comprar unas tortas. Quienes fueran los que lo robaron lo dejaron rápidamente en aquel portal. Y tuvieron, además, la suerte —para mí— de dejar dentro las partituras. Entre ellas estaba el contrato de aquella actuación. Y en el contrato aparecía la dirección de la casa de mis padres. Yo ya no vivía allí, pero seguía poniendo aquella dirección en los contratos. Una casualidad detrás de otra. Una de esas carambolas que la vida te regala cuando menos lo esperas.
Conservo aquel contrato como una auténtica bendición. Todavía se pueden observar las pisadas sobre el papel y la dirección que aquellos encantadores estudiantes dejaron a mis padres para que pudieran localizarme. Chapeau por ellos.
El Fender Rhodes Stage de 88 notas, junto con su tapa de madera protectora —donde además iban las patas—, pesaba alrededor de 90 kilos. Noventa kilos de piano eléctrico que alguien, o varios, tuvieron que cargar, mover varias calles y dejar después en un portal. Y pensar que todo aquello terminó devolviéndome el instrumento gracias a que unos estudiantes madrugadores salieron a comprar unas tortas y se lo encontraron allí. Naturalmente, fui a recogerlo. Y, como correspondía, no podía dejar pasar la ocasión de invitar a aquellos estudiantes a una buena sesión de cervezas.
Kawai EP
El Fender Rhodes pasó a otras manos cuando tuve que invertir en un nuevo teclado.
Esta vez ya eran palabras mayores, tanto por el dinero como por el peso. Se trataba de un piano eléctrico Kawai, el famoso Kawai EP, un instrumento que por entonces había muy pocos en España. Algunos cantantes famosos, como Alberto Cortez, Raphael o Luis Llach, ya contaban en sus giras con músicos que aportaban tanto el Kawai como el CP-80 de Yamaha, ante la falta de pianos de cola en muchos teatros de los años ochenta.
Por entonces estaba a punto de entrar a formar parte del grupo de Carlos Cano, y él pedía precisamente esa condición: contar con un instrumento de aquellas características. Y uno, que no sabía nada —pero nada— de lo que podía venir en el futuro, se tiró al barro y decidió comprarlo.
Lo hice en la tienda Ángelus, que estaba en Reyes Católicos y que posteriormente se trasladaría a la calle Mariana Pineda. Aquella compra fue, vista desde hoy, una auténtica apuesta.
Yo todavía no podía imaginar la cantidad de kilómetros, escenarios, teatros, ensayos, viajes y horas de música que iban a pasar por aquel instrumento. Solo sabía que necesitaba un piano. El Kawai EP-308 era un monstruo. No. Lo siguiente.
Tenía la peculiaridad de que se podía doblar la cola para facilitar, en teoría, su transporte. Digo “en teoría” porque para moverlo hacía falta una legión de manos. Para subirlo, por ejemplo, a aquellos carromatos que había en Gran Capitán para transportar muebles, aquello era toda una operación logística.
Fueron dos años recorriendo teatros y escenarios, incluso por todo Marruecos. Hicimos una gira de un mes tocando en varias ciudades y los ensayos los hacíamos en los bajos de un local llamado La Recacha, en la calle Elvira.
El sonido era precioso, eso sí. Pero era un auténtico rompebrazos y rompecuellos. El Kawai se hizo famoso en la calle Elvira porque cada vez que había que moverlo tenía que tirar de jóvenes para que echaran una mano, además de las que ya me echaban mis compañeros de la banda, a los que siempre estaré agradecido.
Aquel “muerto de ochenta y ocho teclas” tuve la suerte de quitármelo pronto de encima. Se lo vendí a mi estimado amigo Manolo Rainer y él sí supo rentabilizarlo, sobre todo desde el punto de vista de la logística. Lo dejó en el Hotel Victoria, donde ya tocaba con sus teclados, y aquel piano le daba un caché añadido sin tener que estar cargándolo de un lado para otro.
Y así terminó mi aventura con aquel Kawai. De aquellos cuatro años con Carlos Cano pasé de nuevo a los teclados portátiles. Y más todavía cuando tuvimos que afrontar largas giras con La Guardia.
DX-7 YAMAHA
Aquele um ⬇️ sonidos del DX-7
Con esta formación, junto con otras, tuve que aportar un piano eléctrico Roland y un DX-7 YAMAHA, inolvidable y que ya me había comprado a primeros de los ochenta. Fue el primero que se vendió en Granada y fue el sintetizador analógico más vendido de la historia.
el Nord Stage
Con aquellos dos cacharros lidié durante los cinco años que estuve con ellos. Y aquí apareció una de las grandes ventajas de los teclados portátiles: seguían siendo pesados, sí, pero esta vez había unos aliados fundamentales para hacerlos viajar y sobre todo montar:Los pipas. Aquello merece una remembranza aparte.https://www.alternativamediterraneo.com/lospipas-julio25-soniquete Porque si
hubo alguien que consiguió que los músicos pudiéramos preocuparnos de tocar mientras otros se ocupaban de cargar, montar, desmontar y transportar, fueron ellos.
A partir del siglo XXI y por 2005 , ya en formaciones propias, estrené el primer modelo de piano acústico eléctrico contrapesado que sacó la casa sueca CLAVIA : el Nord Stage. Y con él comenzaría la última etapa de mi relación con las ochenta y ocho teclas.
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