El Extranjero
Impertinente.
Junio/26.
Me parece normal que no guste en los tiempos modernos acostumbrados a superficialidad y vacío existencial, constituyendo este hecho una paradoja pues es precisamente lo que Camus trata de representar con Meursault.
La versión cinematográfica de El extranjero (2025), basada en la obra de Albert Camus, consigue algo poco frecuente: no traicionar al libro y, al mismo tiempo, hacerlo respirar en imágenes. En muchos momentos parece que estuviéramos leyendo la novela en la pantalla, y lejos de resultar pesado, ese respeto al texto se vuelve una virtud. La palabra se transforma en silencio, en luz, en gestos mínimos.
La película muy digna y , repito, fiel a la trama principal de la novela de Albert Camus y que no se entiende si no se analiza en el contexto de la obra completa de Camus, la cual, gira en torno al absurdo y su ensayo "El mito de Sísifo".
Muchas son los posibles enfoques y perspectivas para analizar esta película. Me parece normal que no guste en los tiempos modernos acostumbrados a superficialidad y vacío existencial, constituyendo este hecho una paradoja pues es precisamente lo que Camus trata de representar con Meursault. Su obra general puede resumirse en cuatro personajes arquetípicos: Meursault, el sacerdote, Calígula y Rieux. Los dos últimos pertenecientes a libros distintos del autor, uno de teatro y el último sobre la que es mi novela favorita sin duda: "La Peste".
Meursault se sabe culpable y condenado al absurdo, vive por ello una vida vacía de sentido y significado, eso sí, rodeado de una sociedad hipócrita que le juzga por su exceso de sinceridad mientras a nadie importa la causa principal del juicio más que a la familiar de la víctima. Es melancólico, pusilánime y superficial, precisamente en lo que ha derivado la sociedad moderna fruto de la alienación consumista y tecnológica (y lo escribe un treintañero que también se reconoce culpable). En definitiva, es alguien que acepta el absurdo y lo consiente en su vida, apagando su parte espiritual y ciñéndose a lo superficial, eso sí, dejándose llevar.
Calígula representa otra forma arquetípica similar a Meursault integrando el absurdo, pero mediante la ira, en vez de la mera indiferencia y falta de pertenencia de nuestro protagonista. El sacerdote es la negación del absurdo, lo que llama Camus "suicidio filosófico" y que tan bien queda reflejado en la escena en la que conversan, sin duda, la mejor de toda la película.
Por último, estaría la figura de Rieux, alguien que se sabe condenado a muerte y que acepta el absurdo de su existencia, pero a diferencia de todos los demás no lo consiente y SE REBELA (guiño a "El Hombre Rebelde" del mismo Camus). Meursault es lo que no hay que hacer una vez ves con claridad que la vida es vacío existencial y que lleva como consecución lógica un vacío aún mayor por ser definitivo e irreversible: la muerte. A Meursault solo le faltaba un sentido de pertenencia que le permitiera llenar el vacío existencial, pero para ello no basta con aceptar el absurdo, es necesario rebelarse contra él. Muchos lo encuentran viajando, otros siendo padres, otros haciendo voluntariado y algunos leyendo, entre otros grandes escritores, a Albert Camus.
La fotografía y la puesta en escena son extraordinarias. El Mediterráneo aparece no como postal, sino como atmósfera vital: el sol, el polvo, el mar, los espacios abiertos y cerrados construyen una Argelia colonial que se siente real. Es imposible no percibir el contexto histórico de desigualdad, ese “apartheid” implícito donde los autóctonos eran llamados indígenas, como un telón de fondo tan presente como incómodo.
El protagonista incomoda. Su sinceridad, su manera directa y desnuda de sentir, provoca rechazo en los personajes que lo rodean como perturba al propio espectador. El juicio no se centra solo en un acto, sino en su forma de amar, de llorar, de no llorar, de no fingir. El fiscal no busca justicia: busca castigar una diferencia. Y nosotros, como público, llegamos a preguntarnos si hay en él una carencia de empatía, si algo falla en su interior.
Pero poco a poco los acontecimientos revelan lo contrario: su pureza no es ausencia, sino exceso de honestidad. Su incapacidad para mentir lo convierte en un espejo incómodo para una sociedad que vive de convenciones. Y entonces aparece una emoción inesperada: una cierta envidia. Envidiamos no poder vivir con esa ligereza brutal, con esa coherencia entre lo que se siente y lo que se muestra.
La escena con el capellán marca un punto de inflexión. Ese último intento de domesticar su conciencia le provoca por primera vez una explosión de rabia, de incredulidad ante tanta incomprensión. Es ahí donde comprendemos hasta qué punto los poderes, religiosos, judiciales, sociales, necesitan que todos encajen en un molde reconocible y controlable. Esa escena es devastadora y luminosa a la vez.
El final, lejos de ser oscuro, deja una grieta de esperanza. Quienes han sabido ver la nobleza de su forma de estar en el mundo no lo abandonan. Y él, vivo o muerto, logra ver algo esencial: la vida no tiene ningún sentido, pero las emociones compartidas son lo que nos por lo menos hacen disfrutarla.
La película nos recuerda que la ligereza de la vida no es superficialidad, sino una forma profunda y sincera de habitarla. Esa contradicción, ligereza y hondura al mismo tiempo, es una de las bellezas del relato. Una obra incómoda, hermosa y necesaria.
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