El Corsario
Alberto Granados.
Octubre/
Hubo un tiempo, antes de que aparecieran las mil empresas de paquetería, en que, en cualquier pueblo de nuestra geografía, incluidos los que distaban muchas leguas del mar, había al menos un “corsario”. No es que estas personas se hubieran dedicado al corso, ni tenían un bajel llamado por su bravura “El Temido”, ni conocían las artes del filibusterismo, ni alcanzaban las cotas líricas de los piratas de Serrat. Eran simples taxistas que habían establecido una ilegal línea fija de transporte, haciendo una competencia desleal a las líneas regulares de autobuses, que tenían reconocidos sus derechos de exclusividad y pagaban sus impuestos por ello. También se les conocía como “taxis piratas”.
La denominación errónea de “corsarios” proviene de una analogía que produjo la palabra “cosario”, que el Diccionario de la Real Academia define en su tercera acepción como “Hombre que conduce personas o cosas de un pueblo a otro”. Estos cosarios con sus traqueteados taxis viajaban a diario entre los pueblos y las ciudades y todos conocían el horario y los puntos de salida y llegada.
Yo viajé cientos de veces de mi pueblo a Granada con Domingo, “el Corsario”. Allá por los sesenta y setenta, este buen hombre transportó a todos los estudiantes del pueblo matriculados en las distintas Facultades y Escuelas Superiores de la Universidad de Granada y, a fuerza de conversar con unos y con otros, llegó a ser un compendio de las vicisitudes de nuestra universidad.
En la esquina de la Plaza donde aparcaban los taxis te subías al viejo coche, un Fiat asmático con olor destilado a vómitos, chorizos y gasolina mal quemada y, sin demasiada puntualidad, salíamos a la carretera veinte minutos después de la hora prevista: había que esperar a los rezagados o por si a última hora llegaba alguien que le llenara alguna de las plazas vacantes. Ya en ruta, se podía comprobar que no llevábamos el menor riesgo de exceso de velocidad y que íbamos a tener tiempo suficiente para la conversación pausada y tranquila.
Las antiguas curvas o la subida al puerto, hoy desaparecidas con el nuevo trazado de la carretera, las pasábamos, calculo que a 30 km/h como mucho y solo cuando la ruta transcurría por un llano despejado alcanzábamos los sesenta por hora. Si protestábamos, él no se alteraba y seguía con su conducción parsimoniosa y su conversación distendida. Nos preguntaba cómo llevábamos las más difíciles de cada especialidad, nos contaba el amplio anecdotario de tal o cual profesor, hablaba de “los tacos” para referirse a las prácticas de Cristalografía de los que estudiaban Geológicas o te informaba del número y el estado de los cadáveres disponibles en la sala de disección de la Facultad de Medicina. Era, realmente, un conversador ameno y documentadísimo.
Con todo, su mejor faceta era la de filósofo de la vida. No había escrito un libro esencial para la Humanidad, pero soltaba unas frases que eran auténticos tratados de metafísica de bolsillo. Tenía algunos clientes que llevaban sin pagarle varios viajes, algo que le tenía muy contrariado. Nos preguntaba si debía hablar con el padre o madre del moroso o esperar a que este acabara una improbable carrera, cada vez más próxima al abandono que a la titulación. “Este lo que está estudiando en Granada es a ver con qué tonta de la Vega pega el braguetazo”, sentenciaba. O si hablaba de los pretextos que el aludido le ponía y de las promesas destinadas a quedar incumplidas, afirmaba: “Yo ya sé que todo lo que me cuenta es una sarta de embustes, pero no quiero discutir, así que: ¿qué trabajo me cuesta creérmelo?”. También había algunos habituales dados a la exageración. Especialmente, en materia de ligues y de leyendas amatorias, que era otro de los temas de conversación cuando no nos acompañaba ninguna señora ni ninguna joven universitaria. “El Corsario”, con su enorme capacidad de síntesis, decía: “Me cuenta cosas que pueden ser verdad, pero no haber pasado”.
Fueron muchos viajes con la vieja maleta y la caja de embutidos de la matanza a estudiar en aquella Granada de pensiones e internados. Muchos kilómetros de conversación, muchas llamadas para reservar plaza de viajero cuando se aproximaban las vacaciones o un puente. Y como pasan estas cosas de la vida, llegó el momento de trabajar y a mí me tocó hacerlo en Jaén y dejar de necesitar sus servicios. También tocó comprarme mi primer coche con el que venir de cuando en cuando a Granada. Y Domingo “el Corsario” desapareció de mi esfera vital, como fue desapareciendo su función cuando en aquellos lejanos setenta todo el mundo tenía ya su utilitario. Pero esa marea baja que es la memoria, de cuando en cuando deja un recuerdo de aquel tiempo definitivamente perdido y recuerdo su voz pausada, su pacífica conversación, el olor de las cajas de embutido y del vómito retestinado y me pregunto si Domingo no ejercerá ahora de cosario en el más allá, si llevará y traerá los paquetes que intercambian los vivos con los muertos, si se hará llamar Caronte “el Pirata” para toda la eternidad
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