El barrio de la Alegría


Josemi Montalbán

Junio/26

 

"Los matarifes nos necesitan sumisos, callados, caminando en fila de a cuatro y con la cabeza inclinada, mirando con recelo al borrego de al lado. Nos necesitan irracionales, amnésicos e inmorales. Bárbaros."

 

Un día tras otro, la constante es la misma: despertamos y nos encontramos con que el reloj ha funcionado en sentido inverso, y la actualidad nos arrastra hacia un pasado del que nunca llegamos a librarnos del todo. Estamos involucionando, mi querido Pelayo, a pasos agigantados en busca de un tiempo pretérito que, sin duda, fue peor. Nos hemos arrojado voluntariamente a la sima de una amnesia colectiva y absurda con la que pretendemos olvidar el camino recorrido y el punto de la historia del que procedemos.

En lugar de avanzar hacia una sociedad más igualitaria, más justa, más diversa, más culta, más libre y solidaria, retrocedemos a velocidad de vértigo hacia un mundo más insolidario, más injusto, más cerril y más prisionero de viejos conceptos que, no hace tanto, acumulaban polvo en el cajón del olvido. Desandamos el camino de la civilización para regresar a aquel momento de la historia en el que la barbarie se impuso a la razón y condujo a la humanidad al borde de la extinción.

Nos hemos desprendido voluntariamente de nuestro sentido de la moral. Hemos optado por dejar de preguntarnos qué está bien y qué está mal, qué es justo y qué es injusto. Nos hemos despojado libremente de nuestra capacidad de raciocinio para echarnos en brazos de un puñado de predicadores del odio, la sinrazón y la violencia; para dejarnos pastorear por una élite de privilegiados, por mesías de la barbarie, anunciadores de muerte, populistas y lunáticos que nos conducen, una vez más, al caos y a derramar hasta la última gota de nuestra sangre, con el único propósito de conservar hasta la última gota de la sangre de ellos y hasta el último de sus privilegios.

Somos borregos porque así lo hemos querido. Indefensos y estúpidos carneros que, sin ser conscientes de lo que nos espera, nos dejamos conducir al matadero por unos matarifes que harán su agosto negociando con nuestra carne, completamente desgajada de cualquier sentido remotamente próximo al sentido común, a la razón o a la moral.

Los matarifes nos necesitan sumisos, callados, caminando en fila de a cuatro y con la cabeza inclinada, mirando con recelo al borrego de al lado. Nos necesitan irracionales, amnésicos e inmorales. Bárbaros. A los matarifes no les compete nuestro bienestar, ni están ahí para proporcionarnos sustento o hacernos más cómodo el camino. Están ahí para hacer su agosto negociando con nuestra carne, desprovista de cualquier asomo de humanidad.

La visita del papa León XIV ha servido a unos para marcar goles al rival y al rival para marcar goles a los hunos; pero ni los hunos ni los de enfrente han escuchado el verdadero mensaje de Su Santidad. Solo han retenido aquellas palabras que los reafirman sus posiciones ideológicas, desechando el resto. Los contrarios al aborto han aplaudido durante siete minutos el discurso antiabortista del Papa, porque únicamente han escuchado eso; los partidarios de la inmigración han aplaudido durante siete minutos el llamamiento del Pontífice a la solidaridad, porque tampoco han escuchado el resto de la intervención papal.

Ninguno de ellos, pese a mostrarse encantado con el mensaje de León XIV, ha entendido realmente lo que León XIV ha venido a decirnos. Su verdadero mensaje no es otro que el de que dejemos de ser borregos que caminan sumisos hacia el matadero y volvamos a ser seres humanos racionales, individuos que piensan, razonan y conservan la memoria.

Que dejemos atrás el odio y el miedo. Que busquemos la senda del diálogo, abandonando la autopista de la confrontación. Que comprendamos que siempre es preferible un mal acuerdo a liarse a garrotazos. Que dejemos de temer —y, por tanto, de odiar— a quien piensa de manera diferente. Que entendamos que las ideas son solo eso: ideas.

Que empecemos a preocuparnos por los problemas reales —la injusticia, la necesidad y el sufrimiento— y olvidemos las consignas y los mantras de los matarifes. Que abandonemos el arrabal del fanatismo para mudarnos al barrio de la alegría.


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