El deber de sostener la vida
Carmen Prieto Gómez.
Octubre/26.
Hay muertes que terminan con una vida y hay muertes que, además, nos obligan a preguntarnos qué clase de sociedad hemos construido. La de Mari Carmen pertenece a esas segundas.
No quisiera hablar de ella únicamente desde la indignación, porque la indignación, aunque necesaria, puede ser demasiado breve. Se enciende ante la injusticia y después se apaga.
Prefiero hablar desde una pregunta más incómoda y más profunda: ¿qué le debemos a una persona cuando ya no puede sostenerse por sí misma?
Quizá una sociedad se define, precisamente, por la manera en que trata a quienes han dejado de ser útiles para ella.
Cuando somos jóvenes, fuertes, productivos y capaces de valernos por nosotros mismos, resulta sencillo hablar de libertad, de esfuerzo y de responsabilidad individual. Pero la vida tiene la mala costumbre de recordarnos que ninguno de nosotros es autosuficiente para siempre.
Nacemos dependiendo de otros. Crecemos gracias a otros. Envejecer nos vuelve a colocar, inevitablemente, en manos ajenas.
Por eso los cuidados no deberían entenderse como una cuestión privada, casi doméstica, que cada familia resuelve como puede. Los cuidados son una cuestión profundamente política, porque tienen que ver con la forma en que una comunidad decide repartir la responsabilidad de sostener la vida.
Y ahí es donde la historia de Mari Carmen duele especialmente.
Porque una anciana no debería tener que convertirse en un problema para que su sufrimiento sea considerado importante. No debería ser necesario que una persona llegue al límite para que alguien se pregunte quién la está cuidando, dónde vive, qué necesita o qué recursos tiene.
Una sociedad verdaderamente humana no debería medir el valor de una vida por su productividad, por su capacidad económica ni por la cantidad de personas que todavía puede tener a su alrededor.
Hay algo injusto en una sociedad que puede llegar a contemplar la soledad de una persona mayor como si fuera una circunstancia privada, cuando tantas veces esa soledad es también el resultado de un fracaso colectivo.
La realidad es más compleja. Las vidas están hechas de circunstancias, decisiones, ausencias, vínculos rotos, azar y también de responsabilidades personales.
Pero reconocer esa complejidad no significa renunciar a la responsabilidad colectiva.
Al contrario.
Significa entender que una sociedad justa no es aquella en la que nunca ocurre una desgracia. Eso sería imposible. Una sociedad justa es aquella que dispone de mecanismos para que, cuando la desgracia llega, nadie quede completamente solo frente a ella.
Por eso la historia de Mari Carmen debería hacernos pensar más allá de su nombre.
No utilizar su muerte como argumento, sino para escuchar lo que su muerte nos está diciendo.
Nos habla de una vejez que muchas veces escondemos porque nos recuerda nuestra propia fragilidad. Nos habla de una sociedad que ha aprendido a hablar mucho de independencia y muy poco de interdependencia. Nos habla de familias que, en ocasiones, hacen todo lo que pueden y aun así no llegan. Y nos habla de unos servicios públicos que deberían ser la red que impide que una persona caiga hasta desaparecer de la mirada de los demás.
El sistema en el que vivimos no debería limitarse a garantizar derechos sobre el papel. También debería procurar las condiciones materiales para que esos derechos puedan ser vividos con dignidad.
La dignidad no consiste únicamente en tener un techo. Consiste en poder envejecer sin miedo.
En poder enfermar sin convertirse en una carga imposible para quienes nos quieren.
En poder necesitar ayuda sin sentir que hemos perdido nuestro valor. En saber que, cuando nuestras fuerzas disminuyan, seguirá existiendo una comunidad capaz de sostenernos.
Quizá ese sea uno de los grandes errores de nuestro tiempo: hemos construido una sociedad extraordinariamente preocupada por producir, pero no siempre suficientemente preocupada por cuidar.
Y, al final, cuidar es una de las formas más profundas de reconocer que la vida de otro importa.
Porque una sociedad puede ser muy avanzada tecnológicamente, muy rica económicamente y muy moderna en sus discursos y, al mismo tiempo, fracasar en algo tan elemental como acompañar a una anciana cuando más lo necesita.
Y entonces quizá el verdadero progreso no consista en cuánto somos capaces de acumular, sino en cuánto somos capaces de cuidar.
Mari Carmen ya no está.
Pero una vida que termina también puede dejarnos una responsabilidad: conseguir que su ausencia no sea solamente una pérdida, sino una pregunta que permanezca.
Una pregunta sobre qué entendemos por comunidad.
Sobre qué significa vivir dignamente.
Y, sobre todo, sobre qué clase de sociedad queremos cuando algún día seamos nosotros quienes necesitemos que alguien no mire hacia otro lado.
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