Cuando el dolor de los demás se convierte en paisaje.


Carmen prieto.

Septiembre/26.

 

Hay algo extraño en nuestra época: nunca habíamos estado tan cerca del sufrimiento de los demás y, sin embargo, quizá nunca habíamos estado tan lejos de él.

Cada mañana abrimos el teléfono y el mundo entra en nuestras casas sin pedir permiso.

Una guerra. Un niño muerto. Una mujer asesinada. Una patera naufragada. Personas cruzando una frontera. Familias huyendo de sus hogares. Un atentado. Un suicidio. Hambre. Desahucios. Violencia.

Lo vemos todo.

Y después deslizamos el dedo.

La siguiente noticia habla de fútbol. Después aparece una oferta de vacaciones. Alguien enseña su casa. Alguien celebra su cumpleaños. Alguien nos cuenta qué ha desayunado.

La vida continúa.

Quizá esa sea una de las grandes contradicciones de nuestro tiempo: hemos conseguido convertir el sufrimiento humano en algo cotidiano.

Hace unos días, Ceuta volvió a recordarnos que las fronteras no son solo líneas dibujadas sobre un mapa. Son lugares donde la desigualdad adquiere forma física.

Donde unos nacen a un lado y otros, a otro. Donde unos pueden cruzar continentes con un pasaporte y otros arriesgan su vida para atravesar unos metros de agua.

Y cuando alguien muere intentando alcanzar una vida que considera mejor, corremos el riesgo de convertir su muerte en una cifra.

Uno. Diez. Cincuenta. Cien. Pero detrás de cada número había alguien.

Alguien tenía un nombre. Alguien tenía una madre. Alguien había sido niño. Alguien tenía miedo.

Alguien soñaba. Alguien dejó una casa atrás. Alguien quizá imaginó que al otro lado de aquella frontera empezaba una vida diferente.

Eso es lo que las cifras esconden: la humanidad.

Porque decir «han muerto tantos inmigrantes» es muy diferente de imaginar a una persona concreta mirando el mar antes de lanzarse al agua.

Y quizá ahí comienza nuestra responsabilidad.

No se trata de vivir permanentemente horrorizados.

Nadie puede soportar emocionalmente todo el dolor del mundo. Pero sí deberíamos preguntarnos qué ocurre dentro de nosotros cuando una tragedia deja de provocarnos preguntas.

Cuando dejamos de sentir.

Cuando escuchamos que alguien ha muerto en el Mediterráneo y pensamos simplemente: «Otra vez».

Cuando una guerra ocupa durante semanas las portadas y después desaparece de nuestra conciencia porque ha aparecido otra noticia.

Cuando la pobreza deja de parecernos una injusticia y empieza a parecernos parte del paisaje.

Cuando una persona sin hogar se convierte en alguien a quien esquivamos por la calle.

Cuando hablamos de inmigración y dejamos de hablar de personas.

Quizá la verdadera tragedia no sea únicamente que existan fronteras.

Quizá también sea que hemos construido fronteras dentro de nosotros.

Entre «ellos» y «nosotros».

Entre quienes merecen oportunidades y quienes deben conformarse con sobrevivir.

Entre quienes tienen derecho a ser escuchados y quienes solo aparecen en las noticias cuando mueren.

Y entonces aparece una pregunta incómoda: ¿cuánto vale una vida?

Nos gusta pensar que todas las vidas tienen el mismo valor. Lo repetimos porque queremos creer que vivimos en sociedades construidas sobre la igualdad.

Pero después observamos el mundo y descubrimos que no todas las vidas reciben la misma atención, la misma protección ni el mismo duelo.

Hay muertes que paralizan países.

Hay otras que apenas ocupan treinta segundos de un informativo.

Hay personas cuyo dolor se convierte en debate político antes incluso de que sus cuerpos hayan recibido sepultura.

Y quizá deberíamos detenernos ahí.

Porque una persona no deja de ser persona porque haya nacido al otro lado de la frontera. No pierde su dignidad porque sea pobre. No tiene menos derecho a vivir porque haya nacido en un lugar donde nosotros tuvimos la suerte de no nacer.

La izquierda ha hablado durante mucho tiempo de igualdad, justicia social y derechos humanos. Pero esas palabras solo tienen sentido si somos capaces de aplicarlas también cuando la persona que necesita esos derechos no se parece a nosotros.

Es fácil defender la solidaridad cuando quien sufre tiene nuestro idioma, nuestra cultura o nuestro rostro.

Lo verdaderamente difícil es reconocer humanidad en quien sentimos como diferente.

Por eso quizá deberíamos recuperar algo que parece sencillo, pero que en realidad es revolucionario: mirar.

Mirar de verdad.

No mirar una imagen durante tres segundos antes de continuar deslizando el dedo.

Mirar.

Preguntarnos quién era esa persona. Qué vida tenía. Qué la llevó hasta allí. Qué injusticias hicieron que tuviera que arriesgarlo todo.

Porque acostumbrarnos al sufrimiento de los demás tiene un peligro enorme: que terminemos creyendo que algunas vidas son sacrificables.

Y una sociedad empieza a perder su humanidad precisamente ahí.

No cuando deja de llorar ante todas las tragedias.

Sino cuando deja de preguntarse por qué suceden.

Quizá no podamos salvar a todas las personas que sufren.

Quizá tampoco podamos cambiar el mundo entero.

Pero sí podemos negarnos a convertir el dolor ajeno en una estadística.

Podemos recordar que detrás de cada cifra había un rostro.

Detrás de cada frontera, una historia.

Y detrás de cada persona que muere intentando vivir, una pregunta que debería perseguirnos mucho más tiempo del que dura una noticia.

Tal vez la frontera más peligrosa no sea la que separa a dos países.

Tal vez sea la que hemos construido dentro de nosotros.

Esa que nos permite mirar al otro lado y pensar: «No es de los nuestros».

Porque mientras sigamos pensando así, quizá las vallas más difíciles de derribar no sean las de Ceuta.

Serán las nuestras.


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