Discapacidad no significa incapacidad
Carmen Prieto.
Octubre/26.
Hay una palabra que utilizamos con demasiada facilidad: incapaz.
Yo no nací con discapacidad y, desde entonces, miro desde una perspectiva muy diferente. Discapacidad no significa ser incapaz de todo. Y necesitar protección no significa haber perdido el derecho a decidir.
La utilizamos para hablar de personas con discapacidad intelectual, de personas con discapacidad física, de personas que necesitan ayuda para determinadas cosas. Y, sin darnos cuenta, podemos acabar convirtiendo una dificultad concreta en una definición completa de la persona.
Una persona puede necesitar una silla de ruedas y, sin embargo, tomar perfectamente sus propias decisiones. Puede necesitar ayuda para ducharse, vestirse o desplazarse y tener muy claro qué quiere hacer con su vida. Puede tener una discapacidad intelectual y necesitar apoyo para comprender determinados documentos, pero eso tampoco significa que no tenga deseos, preferencias, emociones o la capacidad para decidir sobre muchas cuestiones de su vida.
Creo que el problema aparece cuando confundimos apoyar con sustituir.
Hay una diferencia enorme entre decirle a alguien: «Te ayudo a hacerlo» y decirle: «Como tú no puedes, lo haré yo y, además, decidiré por ti».
La primera actitud acompaña. La segunda puede terminar anulando.
Y aquí aparece una contradicción incómoda: muchas veces creemos que estamos protegiendo a una persona con discapacidad cuando, en realidad, estamos protegiéndonos nosotros mismos de la responsabilidad de permitirle vivir con libertad.
Porque dejar que alguien decida implica aceptar que también puede equivocarse.
Y parece que a las personas con discapacidad no siempre se nos concede ese derecho tan humano.
A los demás, la sociedad les permite equivocarse de pareja, de trabajo y de casa… Se les permite tomar decisiones absurdas, pero a una persona con discapacidad, a veces, se pretende construir alrededor de ella una vida completamente segura, controlada y sin riesgos.
¿Y qué clase de vida es esa?
Claro que proteger es necesario. Hay personas que, por sus circunstancias, necesitan una protección mayor frente a abusos, engaños o decisiones que no pueden comprender por sí mismas. Negarlo sería ingenuo y también peligroso.
Pero proteger no debería significar eliminar toda autonomía.
La verdadera protección debería intentar que una persona pueda hacer por sí misma todo aquello que sea capaz de hacer, proporcionándole apoyo precisamente donde lo necesite.
No se trata de exigirle independencia absoluta a quien necesita ayuda. Tampoco de fingir que todas las discapacidades son iguales, porque no lo son.
Una persona con discapacidad física puede necesitar ayuda para las actividades cotidianas y conservar intacta su capacidad para decidir.
A veces, el límite no está en el cuerpo ni en la mente de la persona. Está en una sociedad que no adapta los espacios, que no ofrece apoyos suficientes, que no facilita la comunicación o que decide por ella antes siquiera de preguntarle qué quiere.
Hay algo importante que me gustaría escribir como persona discapacitada: la discapacidad puede formar parte de una persona, pero no debería convertirse en toda su identidad.
Quizá una sociedad verdaderamente inclusiva no sea aquella que promete proteger a las personas con discapacidad de absolutamente todo.
Cuidar de alguien no debería significar vivir su vida por él o ella.
Añadir comentario
Comentarios