De la des-nazificación a la des-sionización


Luis Poyatos.

Octubre/26.

 

La reflexión de este mes se orienta hacia los valores éticos y la dignidad que todo ser humano debería plantearse. A lo largo de la historia, la humanidad ha perpetrado numerosas matanzas; sin embargo, nos hemos ido humanizando gracias a la creación de tribunales internacionales diseñados para evitar guerras y resolver conflictos. Uno de los episodios más desgarradores fue el Holocausto, el cual se pensó que sería el último de nuestra historia. Lamentablemente, le siguieron otros como el genocidio de los Jemeres Rojos y, hoy en día, el que se vive en Palestina. Ante esta realidad, los organismos de poder económico —y, por ende, cultural, deportivo y artístico— intentan blanquear la imagen de Israel para garantizar su participación en los principales eventos de Occidente.

Desde el atentado del 27 de octubre, perpetrado por miembros de Hamás, que dio paso a esta brutal represión, calificada por numerosos sectores como genocida, por parte del Gobierno de ultraderecha de Netanyahu, los países occidentales se han visto obligados a posicionarse. Sin embargo, ese posicionamiento no ha calado de la misma manera en todas las estructuras del sistema.
Ante esta situación, son muchos los ciudadanos que se plantean hasta qué punto es posible —o legítimo— separar la actividad artística de la dimensión política de quienes la desarrollan o de las instituciones que la sostienen.
Para abordar este debate, quisiera recordar la función que desempeñaron los procesos de desnazificación llevados a cabo por los Aliados tras la Segunda Guerra Mundial, en los que también participaron organizaciones y sectores de la comunidad judía. Aquellos procesos plantearon, entre otras cuestiones, la necesidad de revisar la responsabilidad y la colaboración de determinadas instituciones culturales y figuras públicas con el régimen nazi.
La cuestión que se nos plantea hoy, por tanto, no es necesariamente si el arte debe dejar de ser arte por razones políticas, sino hasta qué punto la cultura, sus instituciones y sus protagonistas pueden desvincularse de las responsabilidades políticas y éticas del contexto en el que actúan.
Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, en 1945, los artistas y profesionales de la cultura que habían mantenido vínculos con el régimen nazi tuvieron que enfrentarse, en mayor o menor medida, a los procesos de desnazificación impulsados por las potencias aliadas.
La desnazificación no fue un único proceso ni tuvo las mismas características en todas las zonas de ocupación. En la Alemania occidental se establecieron procedimientos destinados a determinar el grado de responsabilidad de millones de personas vinculadas al régimen, mediante una clasificación que iba desde los “principales culpables” (Hauptschuldige) hasta quienes eran considerados “exonerados” (Entlastete). Entre ambas categorías se encontraban los “culpables” y los llamados “compañeros de viaje” (Mitläufer).
El resultado fue desigual. Algunos responsables de la propaganda nazi fueron condenados y sufrieron penas o restricciones profesionales; otros fueron absueltos o clasificados en categorías de responsabilidad menor. En numerosos casos, después de un periodo de exclusión, pudieron reincorporarse a la vida cultural de la Alemania de posguerra. El debate sobre la responsabilidad individual de quienes habían trabajado para el régimen —y, especialmente, sobre dónde terminaba la actividad artística y dónde comenzaba la colaboración política— acompañaría durante décadas a la cultura alemana.

Algunos casos resultan especialmente ilustrativos:

Cineastas y directores como :

Leni Riefenstahl. La directora de *El triunfo de la voluntad*, una de las obras cinematográficas más conocidas de la propaganda nazi, fue sometida a cuatro procedimientos de desnazificación. Finalmente fue clasificada como Mitläufer, es decir, “compañera de viaje” o simpatizante del nazismo. No fue condenada penalmente, pero su vinculación con el régimen tuvo consecuencias duraderas sobre su carrera cinematográfica. Después de la guerra se dedicó fundamentalmente a la fotografía y a otros proyectos audiovisuales. El Museo Conmemorativo del Holocausto de Estados Unidos señala que nunca consiguió recuperar plenamente su posición anterior en el cine alemán.
Veit Harlan. Director de *Jud Süß*, una de las películas antisemitas más importantes de la propaganda cinematográfica nazi. Después de la guerra fue procesado por su responsabilidad en la difusión de propaganda antisemita y llegó a ser acusado de crímenes contra la humanidad. Harlan sostuvo en su defensa que había actuado bajo la presión del ministro de Propaganda Joseph Goebbels. Fue finalmente absuelto, y en los años cincuenta regresó a la dirección cinematográfica en Alemania Occidental, aunque su rehabilitación profesional estuvo acompañada de una fuerte controversia pública.

Escultores y arquitectos como:

Arno Breker. Considerado uno de los escultores oficiales del Tercer Reich, realizó obras monumentales estrechamente vinculadas a la estética promovida por el régimen. Después de la guerra fue sometido a los procesos de desnazificación y pudo continuar trabajando posteriormente en Alemania Occidental. Su caso constituye otro ejemplo de cómo la trayectoria profesional de determinados artistas pudo sobrevivir a su estrecha relación con el aparato cultural del nazismo.

 

la Volkshalle ("Sala del Pueblo"), también llamada Große Halle ("Gran Sala"), un gigantesco edificio proyectado por el arquitecto Albert Speer para el plan de transformación de Berlín en la capital imperial denominada Germania.

Josef Thorak. Otro de los grandes escultores monumentales favorecidos por el régimen, participó en algunos de sus proyectos arquitectónicos y propagandísticos. Tras la guerra quedó apartado de determinados ámbitos oficiales, pero continuó desarrollando su actividad artística hasta su muerte en 1952.

Albert Speer. Su caso fue sustancialmente diferente. No se trataba únicamente de un arquitecto asociado al régimen, sino de uno de sus principales dirigentes: fue ministro de Armamento y Producción de Guerra. Por ello fue juzgado en los Juicios de Núremberg, donde recibió una condena de 20 años de prisión por su responsabilidad relacionada con el empleo de trabajo forzoso. Tras cumplir la condena, fue liberado en 1966 y posteriormente construyó una exitosa carrera editorial a través de sus memorias.

Músicos y directores  como:

Herbert von Karajan. Mantuvo una relación estrecha con el régimen y fue miembro del Partido Nazi. Tras la guerra sufrió una prohibición temporal para dirigir, pero posteriormente fue exonerado en los procedimientos de desnazificación y retomó su carrera internacional. Con el tiempo se convirtió en uno de los directores de orquesta más influyentes del siglo XX.
Wilhelm Furtwängler. Nunca perteneció al Partido Nazi, pero permaneció en Alemania durante el régimen y continuó dirigiendo, incluyendo actuaciones ante dirigentes nazis. Su relación con el régimen fue objeto de un intenso debate durante el proceso de desnazificación. Finalmente fue declarado libre de cargos y pudo retomar su actividad profesional.

Escritores:

Ernst Jünger. Su trayectoria es especialmente compleja. Algunas de sus primeras obras habían ejercido influencia sobre sectores del nacionalismo alemán, pero posteriormente mantuvo una relación crítica y distante con el nazismo. Durante la guerra publicó *Sobre los acantilados de mármol*, una obra que fue interpretada como una crítica indirecta al régimen. Después de 1945 se negó inicialmente a completar el cuestionario de desnazificación impuesto por las autoridades británicas, lo que contribuyó a una prohibición temporal de publicación que terminó en 1949.

Estos casos muestran que la relación entre arte, responsabilidad política y contexto histórico no se resolvió de una única manera después de 1945. Algunos artistas fueron castigados, otros fueron absueltos y otros pudieron reconstruir sus carreras después de un periodo de exclusión.
La cuestión fundamental no era únicamente determinar si una obra podía considerarse artísticamente valiosa, sino también establecer qué responsabilidad correspondía a quienes habían puesto su talento al servicio de un régimen criminal, de su propaganda o de su aparato cultural.

Y precisamente ahí reside el interés de estos precedentes históricos: la experiencia de la desnazificación demuestra que la sociedad puede llegar a debatir, e incluso a cuestionar institucionalmente, la separación entre la obra artística y la responsabilidad de quienes la producen o de las estructuras que la promueven. 

La cuestión de hasta dónde debe llegar esa separación —y cuándo deja de ser suficiente decir que “el arte es solo arte”— continúa siendo objeto de debate.Ahora mismo nos estamos encontrando con esta situación a raíz del genocidio cometido hacia el pueblo palestino por parte del estado genocida de Israel.Es un dilema muy difícil pero hay que tomar partido. 
Hoy en día estamos viendo la cantidad de ejemplos que hay . 

En los últimos días, la Universidad de Granada se ha visto envuelta en una polémica tras la retirada de la invitación a la escritora Ariana Harwicz del Festival CULTUR-ALH. La dirección del festival tomó la decisión después de las críticas planteadas desde sectores de la comunidad universitaria, mientras que el equipo de gobierno de la UGR se desmarcó públicamente de ella y reivindicó la libertad de expresión y el pluralismo.
El caso ha sido presentado por algunos sectores como un episodio de «censura» y «antisemitismo». Sin embargo, quienes defendieron la retirada sostienen que la controversia no gira en torno al origen o la religión de Harwicz, sino a sus posiciones públicas sobre el boicot cultural a Israel y sobre la situación en Gaza.
Y aquí aparece la cuestión de fondo: ¿pueden las instituciones culturales y académicas limitarse a invocar la neutralidad cuando sus propios espacios sirven para dar visibilidad a determinadas posiciones políticas?
La pregunta adquiere especial relevancia en el caso de la UGR, que en mayo de 2024 aprobó por unanimidad medidas relativas a sus convenios con instituciones israelíes. Al mismo tiempo, la Corte Internacional de Justicia adoptó en 2024 medidas provisionales en el caso iniciado por Sudáfrica contra Israel bajo la Convención sobre el Genocidio, ordenando, entre otras cuestiones, medidas para prevenir actos comprendidos en dicha Convención.

Por tanto, lo ocurrido en CULTUR-ALH no debería reducirse únicamente a una discusión sobre libertad de expresión. También plantea un debate sobre coherencia institucional, responsabilidad cultural y los límites de la supuesta neutralidad cuando están en juego graves denuncias de violaciones del derecho internacional.
Es desde este contexto desde el que entiendo la decisión del festival y desde el que quiero plantear mi propia reflexión sobre el boicot cultural, el papel de los intelectuales y las contradicciones que, a mi juicio, existen en la respuesta de buena parte del mundo cultural occidental ante lo que está sucediendo en Palestina.
Por cierto, quisiera recordar cómo en 2014 se produjo la polémica participación en el Festival Rototom de un cantante judío y prosionista de origen estadounidense, que posteriormente visitó en Israel a un colono de extrema derecha señalado por su vinculación con un ataque en el que una familia palestina fue asesinada tras el incendio de su vivienda. Aquella visita también generó controversia y, en España, salió en su defensa un escritor muy admirado.

Posicionarse también es un acto de dignidad. Ante determinadas situaciones, permanecer en silencio o refugiarse en una supuesta neutralidad institucional no es necesariamente una posición neutral.
Sabemos que nuestro querido rector, el año pasado, ordenó retirar la bandera palestina de un acto de presentación académica. Ahora, la Universidad de Granada se desvincula de lo ocurrido con la escritora Ariana Harwicz y reivindica su supuesta neutralidad así como ,lo que le ha costado sacar adelante un simple comunicado el Instituto de Migraciones sobre loas acontecimientos  sucedidos en Ceuta .
Y así, poco a poco, se acumulan decisiones que, a mi juicio, están alejando a la Universidad de Granada de lo que debería representar: una institución ilustrada, comprometida con los derechos humanos y capaz de tomar posición ante las injusticias, no una institución que confunde la neutralidad con la ausencia de responsabilidad.

Una universidad pública no debería limitarse a administrar el conocimiento. También debería preguntarse qué valores está legitimando con sus decisiones, a quién concede sus espacios y cuándo el silencio deja de ser neutralidad para convertirse en complicidad.
No estamos ante un caso aislado. En los últimos años se han producido protestas y campañas contra la participación de Israel en acontecimientos culturales y deportivos, como Eurovisión 2024 y 2025, las protestas contra el equipo Israel-Premier Tech en la Vuelta a España 2025 o el debate sobre su participación en el Eurobasket 2025.
A estos ejemplos se suma el caso reciente de Nacho Duato, que ha pedido cancelar las actuaciones de la Batsheva Dance Company, compañía israelí con sede en Tel Aviv, previstas en los Teatros del Canal de Madrid en octubre de 2026. Duato cuestiona su financiación pública israelí y ha anunciado su intención de manifestarse ante el teatro si las funciones siguen adelante.
Por eso y parafraseando a Antonio Gramsci...

 

“Odio a los indiferentes. Creo que vivir es tomar partido. Quien verdaderamente vive no puede dejar de ser ciudadano ni de tomar posición. La indiferencia es abulia, es parasitismo, es cobardía, no es vida. Por eso, odio a los indiferentes. La indiferencia es el peso muerto de la historia. Es la bola de plomo para el innovador y la materia inerte en la cual frecuentemente se ahogan los entusiasmos más esplendorosos.”


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