Derechos y Libertades

Josemi Montalbán.

Julio/26.

 

Si algo debe preocuparnos no es una supuesta “orgía de derechos”, sino la persistente tentación de determinados sectores políticos de normalizar la intolerancia, convirtiéndola en ley, en dogma político, moral y social, a pesar del retroceso democrático que ello implica, con un envenenado proyecto de involución social

 

Que en la banda Vox no gustan los avances sociales y sienten aversión hacia los derechos humanos es algo que ya sabíamos, mi estimado Leovigildo. Si algo bueno tiene el rebaño de Abascal es que nunca ha ocultado su profundo miedo a todo aquello que se sale del feudal concepto de España que alimentan en sus mentes primitivas.  

No obstante, me está resultando muy revelador que algunos dirigentes de Vox hayan decidido convertir los derechos humanos en blanco de su absurda y pueblerina crítica, describiendo los avances sociales de las últimas décadas como una “orgía de derechos”, según las manifestaciones de Cristina Grueso, legítima representante ciudadana que ejerce el noble cargo —que le viene enorme— de concejala de Vox en Torrelodones, provincia de Madrid. La expresión no solo es desafortunada; también encierra una concepción profundamente reaccionaria de la democracia, además de constituir toda una declaración de intenciones. Porque, cuando alguien considera excesivos los derechos ajenos, lo que realmente está cuestionando es la igualdad de las personas ante la ley, uno de los pilares de la democracia. 

Durante años, la sociedad española ha avanzado en el reconocimiento de libertades, derechos y garantías para colectivos históricamente discriminados: mujeres, personas migrantes, personas con discapacidad y colectivos LGTBI. No se trata de privilegios ni de concesiones caprichosas de ningún gobierno. Se trata del reconocimiento de derechos fundamentales destinados a proteger la dignidad humana y a garantizar que nadie sea perseguido, humillado o marginado por su condición personal. 

Resulta, mi estimado Leovigildo, ciertamente inquietante escuchar a representantes públicos como el legítimo representante ciudadano Antonio Martínez Nieto, que ejerce el noble cargo —que le viene enorme— de diputado de Vox en la Asamblea Regional de Murcia, aseverar que: "El mayor logro del comunismo ha sido sacar estas conductas —las conductas LGTBI— del catálogo de los trastornos y meterlas en el catálogo de los derechos humanos". Insinuando que los derechos LGTBI no forman parte de los derechos humanos o que su reconocimiento constituye una suerte de extravagancia ideológica de "zurdos" y "desviados". 

"Porque los derechos nunca sobran; lo que sobra es el desprecio hacia quienes los necesitan para vivir en igualdad, por mucho que les pese a quienes aún caminan con taparrabos mental, braquiando por la política."

Ilustraciones: IA Alternativa Mediterráneo. Uso libre, citando la fuente.

Sin embargo, mi estimado Leovigildo, los derechos humanos no son un club exclusivo ni una mercancía que pueda repartirse según las preferencias morales de un grupo concreto. Son universales o no son nada. Porque cuando una persona no tiene derecho a vivir sin ser discriminada por su orientación sexual, su identidad de género o cualquier otra circunstancia personal, no se están cumpliendo los fundamentos democráticos, además de estar fracasando como especie. El hecho de que un ser humano viva de acuerdo con sus principios, correspondiendo a sus sentimientos y mostrándose ante los demás sin miedo al rechazo o a la agresión social, no es un privilegio, ni está participando de la "orgía" de ningún derecho; simplemente está siendo amparado por el manto legal que abriga a cualquier ciudadano. 

La retorcida y falaz retórica de Vox pretende presentar la igualdad como una amenaza y la diversidad como una agresión al "como Dios manda". Es una estrategia tan vieja como eficaz: señalar a una minoría para movilizar prejuicios y alimentar agravios ficticios que les llenen los bolsillos. Sin embargo, mi estimado Leovigildo, la historia demuestra que las sociedades más libres y más justas son aquellas que amplían derechos, no las que los restringen. 

Si algo debe preocuparnos no es una supuesta “orgía de derechos”, sino la persistente tentación de determinados sectores políticos de normalizar la intolerancia, convirtiéndola en ley, en dogma político, moral y social, a pesar del retroceso democrático que ello implica, con un envenenado proyecto de involución social. Porque los derechos nunca sobran; lo que sobra es el desprecio hacia quienes los necesitan para vivir en igualdad, por mucho que les pese a quienes aún caminan con taparrabos mental, braquiando por la política.


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