La Democracia bajo Asedio.


Junio/26.

Specula.

 

La democracia bajo asedio y el que pueda hacer, que haga. La democracia no se destruye únicamente con golpes abruptos. También puede erosionarse poco a poco cual gota malaya, mediante campañas permanentes de descrédito institucional, mediante el uso partidista de resortes del Estado y mediante la fabricación constante de un clima de excepcionalidad política.

A veces se pronuncian frases que envejecen mal porque revelan demasiado. Cuando José María Aznar pronunció aquello de “el que pueda hacer, que haga”, probablemente no imaginó que terminaría convertido en una especie de consigna involuntaria de una época marcada por la erosión sistemática de la confianza democrática, o tal vez sí, quizás trajo a la mesa su sueño húmedo. Porque lo que estamos viendo desde hace años en España no es únicamente una confrontación política dura —algo perfectamente legítimo en democracia—, sino una estrategia continuada de desgaste institucional contra un gobierno elegido en democracia y en las urnas.

Hace tiempo que la ofensiva ya no se limita al Parlamento. Se despliega simultáneamente desde determinados ámbitos judiciales, mediáticos y políticos con una sincronización que resulta difícil atribuir al azar. Cada movimiento judicial coincide con campañas de amplificación mediática; cada titular se convierte automáticamente en arma parlamentaria; cada sospecha adquiere rango de sentencia antes incluso de que exista prueba alguna. El objetivo no parece ser tanto esclarecer hechos como instalar un clima permanente de ilegitimidad sobre el Ejecutivo y, especialmente, sobre el PSOE que, atención, es partido de gobierno y pilar de la democracia.

Siempre la justicia, en una democracia sólida, debería actuar con independencia y serenidad. Pero cuando ciertas resoluciones parecen filtrarse antes a determinados platós que a las partes implicadas; cuando algunas investigaciones se anuncian casi como avances de campaña electoral; cuando el ruido sustituye sistemáticamente a las garantías procesales, la percepción pública comienza a deteriorarse peligrosamente. Y en política, las percepciones acaban teniendo consecuencias reales y en ocasiones funestas.

Preocupa y mucho que lo más inquietante no es únicamente el deterioro institucional, sino la normalización de ese deterioro. Se ha instalado la idea de que todo vale contra el adversario político: insinuaciones sin pruebas, acusaciones construidas sobre recortes interesados, titulares diseñados para alimentar indignación antes que información. La lógica democrática —basada en la alternancia, el respeto institucional y la legitimidad de las urnas— está siendo sustituida por una lógica de excepción permanente donde el rival político pasa a ser presentado poco menos que como un enemigo del Estado.

En ese ecosistema, ciertos medios de comunicación han abandonado cualquier pretensión de neutralidad para convertirse en actores políticos de primer orden. No informan: militan. No contrastan: señalan. Alimentan diariamente un clima de sospecha y crispación que termina impregnando toda la conversación pública. La indignación se ha convertido en un modelo de negocio y la polarización en una herramienta de acceso al poder.

En paralelo, una parte creciente de la ciudadanía empieza a experimentar algo mucho más profundo que el simple cansancio político: miedo. Miedo a que las reglas democráticas estén dejando de ser suficientes para garantizar la convivencia. Miedo a que determinados poderes actúen sin controles reales y efectivos. Miedo a que la voluntad popular expresada en las urnas pueda ser condicionada desde estructuras oscuras que nadie vota. Y, sobre todo, miedo a que las libertades democráticas retrocedan lentamente bajo la apariencia de una supuesta defensa del sistema. Esta fórmula es ya vieja y se repite para mal.

La democracia no se destruye únicamente con golpes abruptos. También puede erosionarse poco a poco cual gota malaya, mediante campañas permanentes de descrédito institucional, mediante el uso partidista de resortes del Estado y mediante la fabricación constante de un clima de excepcionalidad política. Cuando se convence a una sociedad de que el adversario elegido democráticamente no merece gobernar bajo ninguna circunstancia, el problema deja de ser partidista. El problema pasa a ser de higiene democrática.

Y quizá ahí reside el verdadero peligro de este tiempo sin norte opositor leal: en que algunos parecen haber decidido que ganar elecciones ya no es suficiente para el acceder al poder. Vivimos un permanente atentado a la democracia, histriónico pero sin sangre. ¿Será esto el golpismo del siglo XXI?


Añadir comentario

Comentarios

Todavía no hay comentarios