Democracia, un bien escaso.

Daniel Martín.

Noviembre/26.

 

Las elecciones celebradas en los últimos días en Brasil, Serbia e Israel han producido tres resultados aparentemente muy diferentes, pero unidos por una cuestión fundamental: la profunda crisis de los sistemas políticos tradicionales y la creciente dificultad de las democracias para convertir la voluntad expresada en las urnas en gobiernos estables y capaces de responder a sociedades cada vez más polarizadas.

 

En Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva ha conseguido la reelección. En Serbia, un movimiento nacido de las protestas estudiantiles ha puesto fin a la hegemonía política de Aleksandar Vučić. En Israel, Benjamin Netanyahu ha vuelto a comprobar que ser el partido más votado no equivale necesariamente a poder gobernar.

Tres países, tres realidades y tres avisos sobre el futuro inmediato de la política internacional.

Brasil.

Lula se impuso a Bolsonaro en la segunda vuelta de las elecciones en Brasil. Foto: AP

La victoria de Lula da Silva constituye uno de los acontecimientos políticos más importantes de América Latina. El presidente brasileño obtuvo el 51,8 % de los votos frente al 48,2 % de Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, con una diferencia cercana a los 4,4 millones de votos. Lula iniciará así, en enero de 2027, su cuarto mandato presidencial.

Sin embargo, el resultado difícilmente puede interpretarse como una victoria cómoda. Brasil continúa siendo un país profundamente dividido. La diferencia porcentual entre ambos candidatos fue reducida y el bolsonarismo ha demostrado que conserva una enorme capacidad electoral y social.

Además, Lula deberá gobernar frente a un Congreso considerablemente más inclinado hacia la derecha. El Partido Liberal de los Bolsonaro y otras fuerzas conservadoras dispondrán de una posición reforzada en las dos cámaras, lo que limitará la capacidad del presidente para desarrollar reformas económicas y sociales ambiciosas.

El problema brasileño, por tanto, no termina con el recuento electoral. Flávio Bolsonaro cuestionó inicialmente el resultado y alegó irregularidades relacionadas con la ampliación del horario de votación. Sin embargo, la diferencia final fue de millones de votos, muy superior a las decenas de miles de sufragios emitidos durante ese periodo extraordinario.

La estrategia resulta conocida: cuando el resultado electoral no favorece a determinados sectores, no se discute el programa político ni se acepta la derrota; se pone en cuestión la legitimidad del sistema.

Brasil ya vivió esta experiencia tras las elecciones de 2022. El peligro no reside únicamente en que un candidato pierda unas elecciones, sino en que millones de ciudadanos puedan ser convencidos de que solo existe democracia cuando ganan los suyos.

En el plano internacional, la victoria de Lula mantiene a Brasil como una potencia que pretende conservar una política exterior autónoma. El Gobierno brasileño seguirá apostando por el multilateralismo, los BRICS y una relación estratégica con China, su principal socio comercial, sin renunciar por ello a mantener relaciones con Estados Unidos.

Pero Lula tendrá que resolver también sus propios problemas: crecimiento moderado, elevada deuda, fuertes costes financieros y un Congreso poco dispuesto a facilitar su agenda. Ganar las elecciones no le garantiza, ni mucho menos, poder gobernar con comodidad.

Foto: AFP


Serbia.

El caso serbio es probablemente el más sorprendente de los tres.

La llamada Lista Estudiantil ha logrado una victoria aplastante en las elecciones parlamentarias anticipadas, poniendo fin a la hegemonía política de Aleksandar Vučić. Los resultados preliminares de la Comisión Electoral de la República situaron a la candidatura estudiantil por encima del 52 % de los votos y le otorgaron alrededor de 140 escaños de los 250 que componen la Asamblea Nacional, una mayoría suficiente para formar Gobierno.

El origen de esta victoria hay que buscarlo en una tragedia.

El derrumbe de la marquesina de la estación ferroviaria de Novi Sad, en noviembre de 2024, causó la muerte de 16 personas. La indignación por lo sucedido se transformó rápidamente en una movilización contra la corrupción, la falta de transparencia y la ausencia de responsabilidades políticas.

Los estudiantes consiguieron algo que muchas oposiciones tradicionales no habían logrado durante años: transformar la protesta en organización política y la indignación en votos.

La participación, cercana al 70 %, fue una de las más elevadas de la historia reciente del país.

Pero la victoria plantea ahora una pregunta decisiva: ¿es más fácil derrotar a un sistema que sustituirlo?

La Lista Estudiantil ha construido buena parte de su éxito alrededor de conceptos como la lucha contra la corrupción, la independencia judicial, la libertad de prensa y la regeneración democrática. Sin embargo, Serbia continúa enfrentándose a cuestiones extremadamente complejas: su relación con la Unión Europea, donde se ha recibido el resultado como una oportunidad para acercar de nuevo a Serbia al proyecto europeo. Pero Bruselas también tendrá que aprender una lección: no basta con celebrar una victoria electoral. La reconstrucción institucional requiere tiempo, reformas profundas y protección frente a quienes todavía conservan parcelas de poder dentro del aparato del Estado.

Serbia representa, quizá mejor que ningún otro país, la posibilidad de que una generación movilizada convierta la protesta en una alternativa electoral. Su futuro dependerá de que sea capaz de demostrar que también puede convertir esa alternativa en un Gobierno eficaz.


Israel.

Si Brasil representa la resistencia de la polarización y Serbia el derrumbe de un sistema político consolidado, Israel representa el bloqueo.

Benjamin Netanyahu y sus aliados han obtenido 53 de los 120 escaños de la Knéset. El bloque opositor encabezado por Gadi Eisenkot ha conseguido 48. Ninguno alcanza los 61 diputados necesarios para disponer de una mayoría parlamentaria.

La gran novedad ha sido el espectacular avance de las fuerzas árabes, que han alcanzado conjuntamente 19 escaños, convirtiéndose en una fuerza potencialmente decisiva para determinar quién podrá gobernar. La participación electoral alcanzó el 77,9 %, una cifra extraordinariamente elevada.

Y ahí se encuentra la gran contradicción de la política israelí.

La oposición a Netanyahu dispone, matemáticamente, de una posible alternativa si acepta la cooperación con representantes árabes. Sin embargo, buena parte de la política israelí continúa considerando esa posibilidad como una línea roja.

El resultado es paradójico: millones de ciudadanos participan en unas elecciones, eligen a sus representantes y pueden convertirse en decisivos, pero determinados partidos siguen dudando sobre si aceptar su participación plena en la construcción del Gobierno.

Mientras tanto, Netanyahu continúa siendo una figura central pese a no disponer de mayoría. Su supervivencia política dependerá de las negociaciones, de posibles cambios de alianzas y de la capacidad de sus adversarios para superar sus propias divisiones.

Foto: EFE

Israel podría enfrentarse a un Gobierno de minoría, a una gran coalición improbable o, una vez más, a la convocatoria de nuevas elecciones. El país ya conoce las consecuencias de la inestabilidad parlamentaria: entre 2019 y 2022 celebró cinco elecciones como consecuencia de sucesivos bloqueos políticos.

La cuestión es especialmente grave porque el país continúa marcado por las consecuencias de los atentados del 7 de octubre de 2023, la guerra en Gaza y una profunda fractura social e institucional.

Brasil, Serbia e Israel han demostrado que las elecciones siguen siendo capaces de producir cambios. Pero también han demostrado que votar no resuelve por sí solo las crisis políticas.

En Brasil, Lula ha ganado, pero deberá gobernar en un país prácticamente dividido por la mitad y con un Parlamento hostil.

En Serbia, los estudiantes han derrotado electoralmente a un sistema político construido durante más de una década, pero ahora deberán demostrar que saben reconstruir las instituciones.

En Israel, las urnas han debilitado a Netanyahu, pero tampoco han entregado a sus adversarios una alternativa clara de gobierno.

Existe, además, otro elemento común: la legitimidad electoral vuelve a convertirse en un campo de batalla.

En Brasil, el candidato derrotado cuestiona el proceso. En Israel han surgido acusaciones de interferencia y fraude sin que las autoridades electorales hayan encontrado pruebas de irregularidades sistemáticas capaces de alterar el resultado. En Serbia, el nuevo poder tendrá que enfrentarse a estructuras e instituciones todavía vinculadas al anterior sistema político.

La democracia no está amenazada únicamente cuando desaparecen las elecciones. También lo está cuando se acepta la idea de que los resultados solo son legítimos si coinciden con nuestros deseos.

El futuro de estos tres países dependerá, precisamente, de lo que ocurra después de votar.

Brasil tendrá que demostrar que la convivencia democrática es posible en una sociedad radicalmente polarizada. Serbia deberá comprobar si la protesta puede transformarse en instituciones. Israel tendrá que decidir si es capaz de romper sus vetos políticos y reconocer que una democracia no puede funcionar excluyendo permanentemente a una parte decisiva de sus ciudadanos.

Las urnas ya han hablado.

Ahora comienza la parte más difícil: escuchar lo que han dicho.


Añadir comentario

Comentarios

Todavía no hay comentarios