Cosa está que arde


Fernando Alés.

Agosto/26

 

La cosa está que arde, y peor se va a poner.

 

Tratándose del tema que voy a abordar, esta sería la frase fácil y ocurrente. Sería un chascarrillo oportuno para iniciar un monólogo, pero esto va de algo mucho más serio y preocupante.

Porque de lo que va esto es de que se está quemando un país, como todos los años, aunque nunca de la misma manera. Cada verano los incendios son más extensos, más violentos y más difíciles de controlar.

El cambio climático es un hecho que viene anunciándose desde hace más de 200 años desde el ámbito científico. Los políticos, anclados en sus propias verdades, tardaron mucho más en reconocerlo: cincuenta años, para ser exactos, y aun así lo hicieron con una timidez vergonzosa. Tan tímidamente que todavía hoy existen auténticos negacionistas de este fenómeno entre la clase política.

Curiosamente, entre políticos muy vinculados al capitalismo o, mejor dicho, al gran capitalismo: la derecha, la ultraderecha, el movimiento MAGA y otras tropas de esta calaña.

Su dogma consiste en explotar todo aquello que pueda generar beneficios hasta sus últimas consecuencias. Sean personas —incluidos niños, si es necesario—, animales, ríos, selvas o mares. Todo significa absolutamente todo.

Para ellos, el planeta es la gallina de los huevos de oro y la explotan sin compasión para conseguir su preciado premio. Incluso matarían a la «gallina» si fuera necesario.

No hay matices, ni moral, ni conciencia. Solo beneficios.

Arden países enteros, otros se inundan y terribles huracanes o terremotos devastan comunidades enteras.

Pero para ellos el cambio climático no existe; es un invento de la izquierda, de los zurdos comunistas.

Y esa mentira la repiten sistemáticamente políticos afines a estas ideologías, comunicadores vendidos al mejor postor y oportunistas que han encontrado un filón en negar la evidencia, sembrando miedo e inseguridad.

Y los peores de todos son los ciudadanos de a pie que se creen a pies juntillas toda esta serie de asquerosas patrañas, señalando incluso a quienes intentan hacerles ver una realidad que tienen delante de sus propias narices. Una realidad que ya padecen y que, si nada cambia, solo irá a peor.

Los ignorantes son el primer freno a las soluciones.

Hay dos clases de ignorantes: el tonto y el estúpido.

El tonto puede ignorar por desconocimiento, pero, una vez informado, puede aprender y rectificar.

Luego está el estúpido. Ese no reconocerá jamás la realidad, aunque la tenga delante de los ojos.

El estúpido es capaz de ahogarse mientras insulta al que llenó la piscina, a la corriente del río o a las olas del mar.

En él se unen la ignorancia y la soberbia; de esa mezcla nace la estupidez.

Ese es el sujeto perfecto para convertirse en caja de resonancia de manipulaciones, medias verdades, tergiversaciones y bulos. Yo prefiero llamarlos por su nombre: mentiras.

(Eufemismos, los justos y solo cuando sean necesarios).

En nuestro país —patria, para quienes se sienten más españoles que nadie— se junta el hambre con las ganas de comer. Al negacionismo se suma una ineptitud manifiesta que desvía responsabilidades hacia otras instituciones cuando la competencia corresponde exclusivamente a los organismos que ellos gobiernan.

El inútil siempre buscará un culpable para justificar su propia inacción.

El hambre, las ganas de comer y la miserable cobardía de no asumir responsabilidades, ya sea por incompetencia, por interés o por ambas cosas.

Aquí entra en escena la horda de estúpidos. Como auténticos pirómanos, incendian las redes sociales, envenenan la opinión pública y repiten como loros los mismos bulos y tergiversaciones o, peor aún, aportan estupideces de su propia cosecha.

Se convierten así en los voceros perfectos de los incompetentes y de quienes solo defienden los intereses del gran capital.

Cada país tendrá sus particularidades y las políticas para afrontarlas serán distintas, pero el problema es global.

Nosotros, en nuestra bella tierra —así lo digo, mal que les pese a quienes creen que esta tierra solo les pertenece por la gracia de Dios, de Don Pelayo, de los Reyes Católicos, de la Armada Invencible o de la madre que los parió—, sufrimos un problema añadido. Ya no es únicamente el negacionismo, sino la defensa fanática de determinados intereses económicos por parte de una derecha que ha dejado de ejercer como una fuerza política conservadora para convertirse en guardiana del pensamiento ultraconservador.

La gallina de los huevos de oro hay que seguir exprimiéndola, aunque acabe muriendo.

Frente a ello tenemos un Gobierno progresista que, con sus luces y sus sombras, plantea al menos la necesidad de alcanzar un Pacto de Estado entre todas las administraciones e instituciones responsables para unificar criterios de actuación ante incendios cada vez más devastadores.

Y aquí aparecen las matemáticas electorales. La derecha no está dispuesta a ceder un milímetro si eso puede beneficiar políticamente a sus adversarios. Su obsesión llega al extremo de anteponer el interés partidista al interés general. No es nada nuevo. Lo han hecho siempre y, mucho me temo, seguirán haciéndolo.

Siempre he dicho —y aquí lo he repetido en más de una ocasión— que a la derecha solo le interesa el votante el día de la votación.

Este Gobierno también impulsa las propuestas de la ONU recogidas en la Agenda 2030, aprobada en 2015, cuyo objetivo es, en líneas generales, erradicar la pobreza, proteger el planeta y favorecer un desarrollo más sostenible.

Son diecisiete objetivos plenamente razonables, aunque algunos puedan parecer utópicos. Pero si nunca se da el primer paso, las utopías seguirán siéndolo para siempre.

Aquí chocamos de frente con el líder ultraderechista Santiago Abascal, que, como un perro rabioso, echa espuma por la boca cada vez que oye hablar de ello, porque sus intereses —o los de quienes representa— chocan frontalmente con cualquier medida que limite los privilegios del gran capital.

Le secunda en esa labor el pelele que lidera la derecha, quien, sin rubor alguno, aplaude y respalda a quien lo tiene cogido por las gónadas.

Y visto todo esto, y comprobando que me estoy extendiendo por encima de mis posibilidades, os dejo hoy una reflexión:

¿Si no hacemos nada, adónde vamos a llegar?

Yo prefiero quedarme con aquella frase que repetíamos de chavales quienes teníamos algo de conciencia:

«Que se pare el mundo, que me quiero bajar».


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