Cine


Alberto Granados.

Septiembre/26.

 

<<Cine, cine, cine, cine, más cine por favor>>

(Luis Eduardo Aute)

 

«¡Oigaaaaa! Esta noche en el Cine Imperio…». Todos los días, dos chavales junto a un encargado paseaban por el pueblo una especie de andas en las que claveteaban los cartelones y varios fotogramas de la película. El encargado memorizaba lo que tenía que decir y lo gritaba en forma de pregón a través de un embudo amplificador: nombre de la película, director, actores…, todo pronunciado con una fonética chapucera. La gente, al oírlos, salía a la puerta y les hacía parar aquella especie de procesión laica, escrutaba el aspecto de la película y decidía si valía la pena.

Si los de mi pandilla decidíamos ir, teníamos que pedir permiso en casa y llegarnos al cancel de la parroquia, donde el cura clavaba unas fichas con la clasificación moral de la película. Solo después de este trámite, absolutamente imprescindible, nos daban o nos negaban el permiso. La clasificación era algo así como: 1. Todos los públicos; 2. Jóvenes; 3. Personas mayores formadas; 3R. Mayores, con reparos; y 4. Moralmente peligrosa. Si nos saltábamos esta clasificación y nos metíamos en una 3R o 4, se podía liar en casa, pues siempre había un conocido que daba el chivatazo.

Pero sábados y domingos nos resarcíamos de estas restricciones, pues eran las sesiones de matinée. Allí nos plantábamos toda la pandilla, provistos de nuestros chicles y nuestros cartuchos de pipas para ver el peliculón de aventuras, el peplum, el western, cine religioso (impagable Molokai, sobre el Padre Damián, apóstol de los leprosos), comedietas ligeras, grandes producciones de los años 60 (¿cómo olvidar Los diez mandamientos, donde Charlton Heston cambiaba su rifle por las Tablas de la Ley, o Ben-Hur, en la que otra vez Heston emulaba a Fernando Alonso, pero en cuadriga?).

El verano tenía un saborcillo especial, pues había una competencia muy marcada, casi un pique, entre los dos exhibidores del pueblo. Se quitaban las películas uno a otro, bajaban los precios, ofrecían programas dobles… El caso es que íbamos todas las tardes al cine. Uno de los exhibidores llegó a tener dos terrazas de verano y exhibía la película en el cine bueno (Cine Los Zagales) y a la noche siguiente la pasaba al malo (Cine La Atarazana) a mitad de precio. El malo era, en realidad, un corral donde las vacas se hacían notar por sus mugidos y olores. Allí había una pantalla pequeña y el mobiliario eran las sillas más desvencijadas. Pero tenía tal encanto y teníamos tan poco dinero…

En este corralón vimos Trapecio, con una rivalidad amorosa entre los dos astros del circo (Tony Curtis y Burt Lancaster), que se disputaban en el suelo y en los aires el amor de Gina Lollobrigida. El problema era que la pantalla era tan pequeña para el formato scope, que los trapecistas iban continuamente de una parra a una higuera que había a los lados y nosotros nos mondábamos de la risa coreando: «¡A la parra! ¡A la higuera! ¡A la parra! ¡A la higuera!», lo que convirtió la película en un verdadero éxito de público.

Nos divertíamos con los nombres de los artistas (entonces se llamaban genéricamente artistas) y sus nombres anglófonos o italianos, que nos permitían hacer juegos de palabras: Gregory Pee y Orson Huele. O Gina Chochofrígida. ¿Qué decir de la cantidad de sugerencias colchoneras que daba el nombre de Lana Turner? Y qué extraño que un tío se pudiera llamar Dana (Andrews).

En 1964, cuando yo tenía 15 años, se proyectó con motivo de los «25 años de Paz» una película llamada Franco, ese hombre, un canto al franquismo que estuvo en el cine casi una semana, yo creo que subvencionada. Hubo alguna pintada en las paredes del pueblo, algún chiste en los bares y a la Guardia Civil se le escapó alguna bofetada, o eso se contó.

Total, que matinée a matinée, vi todas las de los hermanos Marx, Cantinflas, la mula Francis, Rin Tin Tin, Joselito (entonces llamado «el pequeño ruiseñor»), Locura de amor, todo el ciclo de Tarzán, muchas de amores, John Ford, y muchas «policiacas» (así se llamaba por entonces a lo que hoy día se llama thrillers), de espías, de espadeo… (estos eran los subgéneros que establecíamos nosotros). Si teníamos dudas sobre si valdría la pena una película o no, solo teníamos que preguntar a alguno de los que estudiaban en Jaén o Granada, que creíamos que contaban con serias y rigurosas posibilidades de informar. Aún no existían foros de internet, pero esas conversaciones y sus documentadísimos informantes eran toda una fuente de rigurosa información gracias a la cual nos vimos más de un tostón infumable. Todo un prodigio documental.

Cine Imperio, Cine Los Zagales, Cine La Atarazana, el Florida Park (este con bar, y de distinto exhibidor), viejos cines de pueblo de los 50 y 60, hoy desaparecidos. Viejos actores y actrices, directores y películas que metieron en mi alma la magia del suspense, la emoción, la rabia, la venganza, la pasión… Todo eso que conformó mi educación estética y sentimental, como en el niño de Cinema Paradiso, más o menos el mismo niño que tengo guardado en mi interior y que, tozudo siempre, se empeña en no abandonarme nunca.


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