La remembranza del Cassette y...
Luis Poyatos.
Noviembre/26
La creación del Compact Cassette esconde una historia de disciplina que roza lo cómico
No es fácil hablar de un soporte sonoro que nos ha dado tanta felicidad como el disco de vinilo. Aquellos maravillosos elepés, con sus rituales pausados, el sutil crujido de la aguja al posarse sobre los surcos y esas espectaculares carátulas artísticas que transformaban la música en algo que podías manosear y sentir, nos educaron el oído y el corazón. El vinilo nos enseñó a escuchar sin prisas, a disfrutar del álbum como una obra completa. Sin embargo, en aquellos románticos años setenta y ochenta, los melómanos nos enfrentábamos a una gran barrera: el vinilo era un rey estático, confinado al calor del hogar. Era físicamente imposible salir a pasear con un tocadiscos bajo el brazo o llevar nuestras canciones favoritas en el coche. La música, para ser verdaderamente libre y pedagógica, necesitaba emanciparse del salón y moverse con nosotros. Y fue en esa búsqueda de portabilidad donde descubrimos que la magia también podía encerrarse en un espacio diminuto.
Para entender el impacto del casete, primero debemos viajar a principios de los años sesenta. En aquella época, escuchar o grabar música en casa mediante sistemas magnéticos requería unos aparatos llamados magnetófonos de carrete abierto. Eran enormes, carísimos y, sobre todo, frustrantes de utilizar: el usuario tenía que enhebrar manualmente la cinta de un carrete a otro a través de un complejo sistema de guías, como si intentara enhebrar una aguja gigante. Si la cinta se soltaba, todo el rollo podía acabar desparramado por el suelo.
En 1962, el ingeniero holandés Lou Ottens, al frente del equipo de desarrollo de Philips, se propuso simplificar aquel caos. Su objetivo era puramente práctico: introducir los dos carretes en una pequeña caja de plástico cerrada y protegida para que cualquier persona, desde un niño hasta un anciano, pudiera utilizarla sin miedo y sin necesidad de conocimientos técnicos. Solo había que hacer clic e introducir el cartucho en el reproductor.
La creación del Compact Cassette esconde una historia de disciplina que roza lo cómico. Ottens tenía una obsesión absoluta: el nuevo invento debía ser radicalmente portátil. No le bastaba con que fuera más pequeño que los magnetófonos; tenía que convertirse en un objeto cotidiano.
Para asegurarse de que su equipo no se desviara del objetivo, Ottens cortó un trozo de madera rígido y lo llevaba en el bolsillo de su chaqueta. En cada reunión de diseño, cuando los ingenieros le mostraban planos de engranajes o circuitos que consideraban «suficientemente pequeños», Ottens sacaba el bloque de madera del bolsillo, lo ponía sobre la mesa y sentenciaba: «Tiene que caber exactamente aquí dentro, ni un milímetro más».
Aquel tosco trozo de madera determinó las dimensiones del prototipo del casete, que acabarían dando lugar a un formato de aproximadamente 10 × 6 centímetros. Aunque el prototipo original de madera se perdió años después, esa sencilla pieza representa una de las anécdotas más conocidas del nacimiento del invento.
¿Por qué el casete de Philips se convirtió en el estándar mundial y no otros formatos de la competencia, como el cartucho de ocho pistas (8-track)? La respuesta es una magnífica lección de estrategia empresarial. Al principio, el casete nació pensado principalmente para grabar y reproducir dictados y mensajes de voz. Cuando la tecnología mejoró y demostró su enorme potencial para la reproducción musical, gigantes de la electrónica como Sony se interesaron por el formato. En lugar de iniciar una guerra comercial de estándares, Philips tomó una decisión fundamental: poner las especificaciones y las licencias de su tecnología a disposición de otros fabricantes en condiciones muy favorables, lo que facilitó su expansión internacional.
El razonamiento comercial de Philips fue brillante: era mejor favorecer un mercado gigantesco y unificado que intentar controlar en exclusiva un mercado fragmentado. Gracias a ello, una cinta fabricada en cualquier rincón del mundo podía funcionar en el radiocasete de un coche en Granada o en un Walkman en Tokio.
Nunca olvidaré los mecanismos humanos que utilizábamos para hacer funcionar aquel pequeño objeto. Uno de ellos tenía como protagonista al bolígrafo Bic.
El casete no solo democratizó la música y permitió la aparición de los primeros mixtapes —las listas de reproducción caseras de la época—, sino que también obligó a toda una generación a desarrollar nociones básicas de mecánica y física aplicada a través de dos trucos universales:
El engranaje perfecto del bolígrafo Bic. Las cintas magnéticas de los casetes se desplazan gracias a dos carretes situados en su interior. Cuando un reproductor antiguo «masticaba» la cinta o queríamos ahorrar las valiosas pilas del Walkman, descubrimos que la punta hexagonal de algunos bolígrafos Bic encajaba perfectamente en el orificio del carrete. Hacerlo girar como un molinillo para rebobinar la cinta manualmente se convirtió en uno de los rituales más famosos de los años ochenta y noventa.
La pestaña de seguridad y el «mecanismo del celo». En la parte superior de cada casete había dos pequeñas pestañas de plástico. Los fabricantes las diseñaron como un sistema de seguridad mecánica: si rompías una de ellas, el reproductor detectaba el hueco mediante una palanca interna y bloqueaba físicamente la posibilidad de grabar, impidiendo que borraras tu disco favorito por error. Sin embargo, los usuarios inventaron un contraataque de ingeniería casera: tapar el hueco con un trozo de cinta adhesiva o una bolita de papel permitía engañar al aparato y volver a grabar encima una y otra vez.
El casete demostró que la gran tecnología no siempre es la más compleja, sino la que consigue adaptarse de forma más humana y cercana a la vida cotidiana de las personas.
Las primeras cintas vírgenes llegaron al mercado en 1964, cuando Philips comenzó a comercializar masivamente el invento de Lou Ottens. Los primeros casetes que llegaron a las tiendas eran cintas completamente en blanco. El producto se vendía junto al célebre reproductor portátil Philips EL 3300 y su propósito comercial inicial era grabar voz, notas de campo y dictados profesionales.
El primer recopilatorio musical. Uno de los primeros productos musicales que los consumidores pudieron adquirir en este formato fue un casete recopilatorio con canciones de diferentes artistas de los sellos discográficos vinculados a Philips. Poco después, grupos como The Shadows, con su álbum The Sound of the Shadows, y otros artistas comenzaron a publicar sus trabajos en este nuevo soporte, que poco a poco fue conquistando las estanterías de las tiendas de discos.
La llegada del disco compacto: el nuevo rey digital
Si el casete logró hacerle daño al vinilo gracias a su portabilidad, el CD (Compact Disc) fue el formato que terminó por destronarlo durante los años noventa, prometiendo algo inaudito para la época: sonido digital, sin el ruido de fritura de la aguja ni cintas magnéticas que se enredaran en el reproductor. El CD fue fruto de un desarrollo conjunto —y, en ocasiones, de una competición feroz— entre Philips y Sony, y llegó oficialmente al mercado en 1982. Al igual que ocurrió con Lou Ottens en la era analógica, el paso al mundo digital nos dejó una de las leyendas más conocidas de la historia de la tecnología musical.
La anécdota: ¿por qué los CD duran exactamente 74 minutos?
Cuando las dos compañías se sentaron a definir el tamaño estándar que debía tener el nuevo disco digital, Philips proponía un diámetro de 11,5 centímetros, lo que permitía almacenar unos 60 minutos de audio. Era una medida práctica que encajaba con los planteamientos iniciales del proyecto.
Sin embargo, el vicepresidente de Sony en aquel momento, Norio Ohga, se opuso a esa propuesta. Ohga no era solo un ejecutivo: también era un refinado cantante de ópera y un apasionado de la música clásica. Su argumento para modificar el tamaño del disco fue que el nuevo soporte debía permitir escuchar completa y sin interrupciones la Novena Sinfonía de Beethoven.
Para cumplir con aquella exigencia, los ingenieros tomaron como referencia una de las grabaciones más largas de la obra que se conservaban en los archivos de Polygram. Se trataba de la mítica interpretación dirigida por el maestro Wilhelm Furtwängler en el Festival de Bayreuth de 1951, cuya duración se acercaba a los 74 minutos.
Debido a ello, Philips y Sony acabaron adoptando un disco de 12 centímetros de diámetro, capaz de almacenar más información y satisfacer las exigencias de duración del nuevo estándar. Así, gracias a la insistencia de un melómano apasionado por Beethoven, quedó establecido el tamaño de un soporte que dominaría el mercado musical durante las siguientes décadas.
El padrino comercial del CD: Dire Straits.
Aunque uno de los primeros álbumes pop publicados en CD fue The Visitors, de ABBA, en 1982, el formato tardó un par de años en despegar debido al elevado precio de los reproductores domésticos. Uno de los grandes puntos de inflexión llegó en 1985 con el lanzamiento de Brothers in Arms, de Dire Straits. La banda de Mark Knopfler grabó el disco utilizando tecnologías digitales de vanguardia y la discográfica lo promocionó intensamente en el nuevo formato. Fue el primer álbum en superar el millón de copias vendidas en CD, superando ampliamente sus ventas en vinilo. De la noche a la mañana, el CD pasó de ser un lujo futurista a convertirse en un objeto de deseo masivo.
El ritual que perdimos: el arte del libreto.
Al igual que el vinilo había convertido sus carátulas artísticas en una parte esencial de la experiencia musical, el CD intentó mantener vivo ese romanticismo a menor escala mediante los libretos (booklets).
Abrir la mítica caja de plástico (jewel case), sacar con cuidado el cuadernillo y leer las letras de las canciones, impresas en caracteres diminutos, mientras escuchábamos el disco por primera vez se convirtió en uno de los grandes rituales de los melómanos de los noventa. Era una experiencia que permitía disfrutar de la música con más calma y conectar de una manera muy humana con el trabajo de los artistas, antes de que los algoritmos convirtieran la música en algo intangible.
Quisiera finalizar esta remembranza mirando atrás. Al repasar la historia de estos soportes, resulta inevitable reflexionar sobre todo lo que hemos perdido al alejarnos del mundo analógico. Aquellos formatos nos obligaban a participar, a tocar la música, a cuidarla y, sobre todo, a tener paciencia.
Hoy, en cambio, vivimos en la era de la inmediatez absoluta, donde el esfuerzo físico ha desaparecido por completo. Nos basta con lanzar un comando al aire, en mitad del salón, y decir, por ejemplo: «Alexa, pon a Cu-Bop», para que, en apenas unos segundos, cualquier canción empiece a sonar.
Hemos ganado en comodidad y en un acceso prácticamente infinito a la música, es verdad, pero en ese intercambio hemos perdido el hermoso ritual del tacto, la pausa y el respeto por el orden de los álbumes. La música ha dejado de ser un objeto que teníamos que sostener entre las manos para convertirse en algo intangible que se activa con la voz; un eco instantáneo que, a veces, consumimos tan deprisa que olvidamos saborearlo con la intensidad de antaño.
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