Carteles que cuentan: la memoria de UniversiJazz
Luis Poyatos.
Mayo/26.
Quisiera dejar constancia del papel que asumió —y que, de algún modo, sigue asumiendo— la publicidad en aquellos años en los que el “cartel” era mucho más que un soporte visual: era una ventana abierta a la vida cultural de la ciudad. Pegado en muros, farolas y rincones cotidianos, el cartel anunciaba encuentros, conciertos y manifestaciones que daban pulso a las calles y alimentaban la curiosidad de quienes pasaban.
Antes de que la memoria empiece a desdibujarse, y en el contexto de la ilusionante aspiración de que Granada sea reconocida como Capital Europea de la Cultura en 2031, bajo el lema “Granada 2031”, quiero detenerme en una remembranza muy personal. Este mes deseo mirar hacia los carteles que dieron identidad visual a UniversiJazz, un evento organizado por la Universidad junto a diversas entidades colaboradoras, y en el que tuve la fortuna de participar como mentor durante tres décadas, entre 1992 y 2023.
Hoy que UniversiJazz ya no forma parte de la oferta cultural de nuestra ciudad, siento que le debo este homenaje. Porque durante treinta años, sus carteles no solo anunciaron conciertos: construyeron memoria, generaron expectativas y acompañaron a generaciones enteras en su descubrimiento del jazz y de la cultura compartida.
El cartel publicitario ha sido, desde sus orígenes, una de las formas de comunicación visual más poderosas. Su capacidad para sintetizar un mensaje en una imagen lo convierte en un lenguaje directo, casi visceral. Esa fuerza comenzó a consolidarse en el siglo XIX, tras la invención de la litografía por Alois Senefelder en 1796, que permitió reproducir imágenes con una calidad y difusión inéditas hasta entonces. En ciudades como París, durante la Belle Époque, artistas como Jules Chéret elevaron el cartel a la categoría de arte urbano, acercándolo a todos.
Desde entonces, el cartel ha sabido adaptarse a cada época sin perder su esencia: comunicar de forma inmediata, emocionar y dejar huella. Hoy convive con los medios digitales, pero sigue siendo un testimonio tangible de la cultura de un tiempo.
Y quizá por eso, al recordar los carteles de UniversiJazz, no solo evocamos imágenes: recuperamos instantes, sonidos y emociones que siguen latiendo en la memoria de la ciudad, como un eco suave que se resiste a apagarse y que, de alguna manera, sigue convocándonos.
Tengo que reconocer, con humildad, que esta parte tan importante de un festival —la publicitaria— nunca fue la más fuerte. Todo estaba más volcado en lo esencial: en la música, en el encuentro, en sostener la parte artística y en la búsqueda casi constante de apoyos para que el evento pudiera respirar y seguir vivo. UniversiJazz llegó a mí también desde ese espíritu solidario, tras la suspensión de los grupos que actuaban como teloneros en el Festival Internacional de Jazz de Granada, y desde entonces se convirtió en algo más que un proyecto: en una responsabilidad emocional.
Siempre recordaré aquella paciencia casi infinita: visitar a técnicos culturales, a responsables políticos, a personas que, a lo largo de treinta años, pasaron por distintas entidades académicas y empresariales. Cada conversación era una puerta entreabierta, cada encuentro una pequeña apuesta por la continuidad. Las llamadas telefónicas, las visitas personales —ese arte tan nuestro de “hacer pasillos”—, las reuniones interminables… todo formaba parte de una coreografía silenciosa que sostenía el festival desde detrás del escenario.
Y luego estaba la cercanía: la empatía con los artistas, con sus necesidades, sus ilusiones, sus incertidumbres; y también con las instituciones, con sus tiempos, sus límites y sus propias lógicas. En el fondo, era un ejercicio constante de equilibrio. Muchas veces, lo hice como un lobo solitario, cargando con los carteles, recorriendo calles, entrando en locales culturales, pubs y bares de nuestra querida ciudad. No se imaginan la cantidad de rostros conocidos que nacían de esas visitas, de ese gesto repetido de llegar con un montón de carteles, el celo, la cinta adhesiva… y los dientes, siempre listos para cortar con precisión improvisada.
Había algo profundamente humano en todo aquello, algo que hoy casi parece lejano: el contacto directo, la mirada cómplice, el “claro que sí, déjalo aquí”. Como se suele decir, en aquella época todo se hacía por un deseo sincero de crear y compartir cultura, sin atajos, sin filtros, con una mezcla de intuición y empeño.
Hoy todo es más rápido, más fácil, más práctico. Pero quizá también más fugaz.
Come-Together⬇️
Susurrando⬇️
Something⬇️
Nuestra ciudad ha tenido —y sigue teniendo— festivales que han dejado huella también desde lo visual, con carteles que eran auténticas obras de arte: los del Corpus, el Festival de Música y Danza, diferentes festivales, etc. Imágenes que no solo anunciaban, sino que narraban, que sugerían, que invitaban a soñar.
Y por eso quisiera compartir, desde esta remembranza, algunos de los carteles que acompañaron a UniversiJazz durante aquellos treinta años: no solo como piezas gráficas, sino como fragmentos de vida, como testigos silenciosos de una historia construida entre muchos… y sentida, muy profundamente, por todos.
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