El fascismo nunca es la solución
Josemi Montalbán.
Abril/26.
Llega vestido de patria, con su vieja camisa nueva y el eterno puro en la boca, con su imperecedera peste a naftalina, con sus aíres de matón, sus porras extensibles, su repugnante impunidad, y otra vez diciendo: “yo soy el futuro”.
De nuevo pregona entre sus víctimas lo que se debe hacer para salvar una nación que no necesita ser salvada, aplicando el viejo manual del acérrimo patriota, arruinándola primero: “dejen que se hunda que ya la levantaremos nosotros", mientras la roba a sacas llenas, edición ampliada y corregida por los mismos que ya la hundieron alguna que otra vez.
Llega prometiendo limpiar las calles de todo aquello que no entiende, que le da miedo, que no encaja en su mente estrecha, que no tiene capítulo en su manual de patriota. La razón, aquel quien tiene un color distinto de piel, el disidente, quién razona, el que denuncia, el que reza a un Dios distinto, cualquier matiz de dignidad... la Libertad.
El público lo aplaude, no por convicción, ni siquiera por ideal, solo porque el populismo, la soberbia o la incongruencia, son maná para la estupidez, alimento para la manada, y agua de mayo para el desconocimiento.
El autócrata está encantado viendo al rebaño, tan dócil, tan bien pastoreado, caminando en perfecto orden, con el paso de la oca bien sincronizado, en dirección al matadero. Allí está él, el perfecto inútil, el que nunca trabajó, el autócrata que tilda de autócratas a los demócratas, rebuznando soluciones mágicas a problemas inexistentes, y la cabaña borrega aclamándolo... ¡Beeeeevaspaña! ¡Beeeeevaspaña!
Los borregos en connivencia con los trepas, pelotas y aprovechados proponen ya levantarle estatuas, una en cada una de las plazas en la que luego el autócrata tiene pensado levantar cadalsos, en los que ajusticiar a quienes no supieron ver que el autócrata confunde Estado con ego, y el gobierno con el culto a su persona.
La libertad anda haciendo las maletas, en silencio, siendo consciente de que sus hijos van a ser asesinados, resignada, porque nada puede hacer ante la voluntad de las víctimas, ellas eligen su destino. El matadero.
El autócrata está incendiando el país, protegido, mimado por un puñado de sinvergüenzas que con tal de continuar “administrando” para seguir robando a sacas llenas, le han vendido al autócrata el cortijo al precio de la vida de los borregos, y el tirano se ha crecido, y ya no disimula, ni busca excusas y va aplicando la cerilla por todos los rincones, aprovechando la cantidad de paja que prende de la cabeza de los borregos.
Luego, cuando el autócrata alcance el poder, todo serán lamentaciones, “pordioeses” y crudas exclamaciones, mientras los borregos, caminando sin pastor por una tierra calcinada, sin tener qué comer, balando de amargura por la muerte de sus hijos, se preguntarán cómo fue que ocurrió, y, mientras con sacrificio, sangre y sudor borrego reconstruyen el cortijo, exigirán explicación a su padecer, y entonces aparecerá otro autócrata, enarbolando nuevamente la bandera de la libertad, y señalará al distinto, al de fuera, al que no piensa igual; a los que contra el tirano advierten, y los señalará con el dedo populista, y los difamará a las portadas de sus diarios... y todo volverá a empezar.
Beeeeevaspaña.
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