La singularidad de Ayuso


Alberto Granados.

Marzo/26.

 

"Ayuso (mi madre me enseñó que debía decir «señora Ayuso», pero me viene grande atribuirle un ápice de señorío a esta secundaria de sainete castizo) ha distinguido a personajes tan atrabiliarios como, Milei o Donald Trump. Tan privatizadora para asuntos importantes y tan generosa para estos gestos inexplicables."

 

Cualquier campo de la actividad humana genera individuos que se salen de los márgenes socialmente aceptados y dan lugar a conductas rechazables. Se les ha llamado «versos sueltos», «caso aparte», «caso singular», «rareza», «particularidad», «caso aislado»…, expresiones todas que conducen a la idea de excepcionalidad, de algo insólito, que a veces puede aparecer teñido de carga semántica positiva, pero que en otros casos es sinónimo de impresentable, disfuncional, inadmisible o intolerable y que constituyen una situación siempre embarazosa para la colectividad en que se mueven estos individuos.

En esta línea de lo excepcional, de lo bizarro y atrevido, destaca la extraña personalidad de Isabel Díaz Ayuso, la polémica Presidenta de la Comunidad de Madrid, que genera siempre titulares arriesgados e inexplicables, revestidos de argumentos escasamente defendibles.

No voy a hablar de los innumerables casos en los que este personaje ha bordeado el delito, que son situaciones de todos conocidas, especialmente los ancianos muertos en las residencias o los contratos presuntamente irregulares con la sanidad privada. Son temas que han generado miles de artículos y no quiero ser redundante. Voy a centrarme, por el contrario, en otros aspectos de su personalidad y de su peculiar forma de hacer política.

La madrileña usa habitualmente un tono arrogante y chulesco, como de alumna choni de un instituto suburbial (con perdón de las chonis de dichos institutos, que, evidentemente salen perdiendo al ser usadas como término de esta comparación). El aire hosco, el gesto de perdonavidas que todo lo domina, su actitud de atreverse con todo, de no cortarse ni intentar moderar su agresividad, son el reflejo del más sangrante trumpismo. Ella tiene claro que su función no es organizar un gobierno para facilitar la vida de los madrileños, sino que está para quedar por encima, al menos dialécticamente, de sus oponentes políticos, en los que no ve oponentes, sino enemigos a batir.

El tono de sus intervenciones es siempre una impertinencia, un insulto latente para quien la haya precedido en el uso de la palabra, que sin duda sabe que le espera un torrente de palabrería muy diferente de lo que siempre se llamó cortesía parlamentaria. La difusión de sus intervenciones debería estar vedada en horario infantil, pues son un ejemplo de todo lo que los educadores consideran malas influencias. Además, usa unos argumentos que no consigo explicarme cómo cuelan y por qué el electorado vuelve a votarla. Ha ido sembrando estos años de ideas tales como que el sanchismo es una dictadura, afirmación que ha repetido miles de veces, exactamente una dictadura bolivariana, concepto este que ni ella misma sabría delimitar, pero que le sirve para calentar a su parroquia de votantes, que parecen carecer del más elemental sentido crítico y tragarse lo que se les eche, por burdo que sea.

También suele usar la idea de que Sánchez está dando vida a ETA por haber pactado con Bildu, cuando el Bildu actual tiene poco que ver con aquella ETA asesina y terrorista y cuando su cara más visible, Oskar Matute, es uno de los más correctos y moderados miembros del Congreso.

Ante cualquier divergencia, lógica en un parlamento plural, recurre a la descalificación insultante. Los que no están de acuerdo con ella, son unos comunistas, unos vendidos, o, recientemente, unos tristes. Lo de «Repetid conmigo: Son unos tristes» y ver a sus corifeos repetir la consigna, como los críos de Primaria, fue, realmente, bochornoso.

¿Qué decir de las piruetas dialécticas que ha intentado hacer para exculpar a su pareja, González Amador, cuando el abogado de este ya había aceptado su culpabilidad? Ese victimismo desplegado y la correspondiente inculpación del contrario, la eterna referencia al contubernio en su contra me recuerda aquel mantra del franquismo, según el cual, las críticas que se le hacían desde el extranjero, eran simples síntomas de envidia porque el régimen había derrotado al comunismo. Ayuso hace igual: todas las voces críticas sienten envidia de ese Madrid tan estupendo que ella ha conseguido, aunque en lo positivo tal vez tenga algo que ver el hecho de ser la capital de España y aunque la ciudad, pese a su belleza, sea cada vez más inhabitable.

Fotos: EFE

Ayuso (mi madre me enseñó que debía decir «señora Ayuso», pero me viene grande atribuirle un ápice de señorío a esta secundaria de sainete castizo) ha distinguido a personajes tan atrabiliarios como, Milei o Donald Trump. Tan privatizadora para asuntos importantes y tan generosa para estos gestos inexplicables. Ayuso ha ido afirmándose poco a poco y ha llegado al punto que espero sea el cenit de su trayectoria política (si llegara más alto, sería para exiliarse a Laponia) y yo espero, sin más disimulo, verla caer, especialmente ahora que los suyos han empezado a dar muestras de hartazgo y ha habido varias dimisiones y deserciones. La permanencia en el poder de esta mujer me parece una patada al sistema democrático.  Solo falta que su electorado se aburra del espectáculo de altanería que nos ofrece cada día, esa especie de charlotada incomestible, ese culebrón de ínfima categoría que nos degrada a todos.


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